El amanecer se alzaba sobre la isla con un resplandor dorado, filtrándose entre las nubes suaves que aún guardaban restos de la lluvia nocturna. El aire olía a sal, a flores frescas y a promesas nuevas. Desde el acantilado, podía verse la iglesia blanca que dominaba el horizonte: una construcción antigua, de piedra clara, con vitrales que atrapaban la luz como si fueran fragmentos de un amanecer eterno. Era el día de la boda de Mikhail Baranov y Alexandra Morgan, el día en que las almas cansada