La isla estaba sumida en el murmullo de la noche veraniega. El aire cálido traía consigo la fragancia del mar mezclada con el aroma de los jardines que rodeaban la mansión. La luna se alzaba majestuosa sobre el horizonte, reflejando un hilo plateado en la superficie del océano. Mikhail Baranov, vestido con un traje oscuro impecable, se apoyaba en el ventanal de su despacho, con la vista fija en el agua que se mecía bajo la brisa.
Habían pasado nueve meses desde que él y Alexandra habían consoli