El otoño había llegado con un silencio que hablaba por sí mismo. Las olas golpeaban la costa con suavidad, y el viento traía consigo el aroma de las hojas secas y del café recién hecho que se filtraba desde la cocina de la mansión. La Isla, aquella joya escondida del mundo, seguía siendo tan perfecta como el primer día que Mikhail Baranov la vio con los ojos de un hombre que había dejado atrás el infierno.
El mar, ese testigo inmutable de sus decisiones, se extendía ante la ventana de su despac