Mundo ficciónIniciar sesiónMargaret Smith siempre ha sido una mujer impecable: profesora, psicóloga, disciplinada hasta el alma. Su vida es un mapa ordenado… hasta que Ethan Pirs irrumpe en ella. Él, el hombre que nunca pide permiso: un playboy de mirada peligrosa, dueño de una sensualidad que incendia cada lugar que pisa. Acostumbrado a noches sin límites, cuerpos sin nombre y placeres que solo sirven para tapar el vacío que dejó la muerte de su madre… y la traición que le destrozó el corazón. Desde el primer cruce de miradas, la tensión entre ellos es una chispa que exige convertirse en fuego. Margaret intenta resistirse: sabe que Ethan es todo lo que debe evitar… pero también todo lo que su cuerpo anhela. Él despierta en ella una hambre desconocida, un deseo que la desarma, la empuja a cruzar líneas que jamás imaginó atreverse a tocar. Y Ethan, que siempre tuvo el control, descubre que con Margaret nada es suficiente: ni una noche, ni un beso, ni un suspiro robado. Pronto su deseo se convierte en necesidad… y su necesidad, en obsesión. Lo que inicia como un juego de provocaciones y límites difusos se convierte en un vendaval de pasión prohibida, dependencia, placer y entrega.
Leer másLa tarde avanzaba con una calma engañosa. En su despacho lleno de carpetas apiladas y papeles subrayados, Joel permanecía de pie frente a su escritorio, sosteniendo un expediente que ya había leído demasiadas veces. El nombre de Catalina aparecía una y otra vez.—Esto no fue un secuestro al azar —murmuró para sí.Joel salió de su despacho, y salió directo a su auto. No podía seguir esperando a que la policía uniera puntos que él veía cada vez más claros. Si Catalina había desaparecido, alguien quería callarla. Y solo una persona tenía tanto que perder.Toco el timbre, Blanca abrió casi al instante.—Joel… —dijo, sorprendida—. ¿Qué haces aquí?—Necesito hablar contigo, es urgente. Sobre Catalina.—Pasa —dijo, Blanca, mirándolo con un poco de recelo—.Dime todo, lo que tengas por decir de una vez —pidió ella—. No estoy para rodeos.Joel levantó la mirada, directo a los ojos de Blanca.—¿Recuerdas la investigación que ella y yo estábamos haciendo?—Si, respondió ella, frunciendo el ceño.
Ethan empujó la puerta de su habitación con el hombro, sosteniendo a Willy dormido contra su pecho. El niño murmuraba algo inentendible en sueños, ajeno al caos que rugía dentro de su padre. Ethan lo depositó con cuidado en la cama ,arropándolo con la manta ligera que olía a hotel impersonal. Se dejó caer en el suelo alfombrado, la espalda contra la pared, y enterró la cara en las manos. ¿Qué era esto que le quemaba el pecho? Amor, sí, ese amor que había enterrado con cenizas falsas. Confusión, porque ella lo miró como a un extraño, como si sus noches compartidas nunca hubieran existido. Y terror, un terror puro que le atenazaba el estómago, porque si Margaret estaba viva, ¿qué significaba eso para todo lo que había creído? ¿Para el duelo que lo había reconstruido?Se levantó de golpe, el corazón latiéndole como un tambor descontrolado. No podía quedarse quieto. Sacó el teléfono del bolsillo y marcó el número de Alan sin pensarlo dos veces. El tono sonó una, dos veces, y luego la voz f
Ethan regresó directamente al penthouse que una vez había sido su refugio y luego su prisión. El edificio seguía igual: el mismo ascensor que subía en silencio perfecto. Adentro, lo esperaban Alan, Marcus y Marcia, quien cargaba al pequeño Willy.La puerta se abrió antes de que Ethan tocara.—Mi muchacho… —dijo Alan, con la voz contenida—. Bienvenido a casa.Ethan asintió, sin poder hablar todavía. Apenas cruzó el umbral, sus ojos se dirigieron al centro de la sala. Marcus estaba de pie junto al sofá, serio, respetuoso. A su lado, Marcia sostenía en brazos a Willy.El pequeño tenía el cabello oscuro y suave, los ojos grandes, atentos, y una expresión tranquila. observó a Ethan con curiosidad, como si lo reconociera sin entender por qué.Ethan, caminó despacio, como si temiera que un movimiento brusco rompiera ese instante.—Dámelo —susurró, con la voz quebrada.Marcia se acercó sin decir una palabra. Cuando puso al niño en sus brazos, Ethan lo sostuvo con una mezcla de torpeza y devoc
Pasaron varios días desde aquella audiencia que lo cambió todo. Días lentos, pesados, donde el tiempo parecía avanzar con cautela, como si también dudara de la verdad. El caso de Ethan fue revisado con lupa. Cada informe, cada mensaje, cada contradicción salió a la superficie. Lo que antes parecía incuestionable empezó a desmoronarse con una precisión casi cruel. La versión de Alison ya no se sostenía por sí sola. Había vacíos, errores, tiempos imposibles de justificar.La resolución llegó sin público ni espectáculo.—El señor Ethan Pirs queda en libertad inmediata —dictaminó el juez—. La acusación carece de sustento válido.Ethan escuchó las palabras como si no fueran dirigidas a él. No sintió euforia. Tampoco alivio inmediato. Sintió desgaste. Un cansancio que no se iba con una orden judicial. Cuando el guardia retiró las esposas, sus muñecas ardieron, pero el dolor físico era insignificante comparado con todo lo que había tenido que soportar para llegar a ese punto.Cruzó la puerta
Habían pasado dos meses desde el arresto de Víctor, y el tiempo no había sanado nada. Al contrario, cada día había añadido una capa más de desgaste, de silencio y de dudas. Para el mundo exterior, el caso parecía claro. Alison había mantenido su versión intacta, pulida, sin fisuras. Era la víctima perfecta. Vulnerable, frágil, coherente. Nadie cuestionaba su relato. Nadie, excepto Julián.La sala del tribunal estaba llena. El murmullo constante se apagó cuando el juez tomó asiento. Víctor permanecía sentado junto a su abogado, con el rostro más delgado, los ojos hundidos, pero la espalda recta. Dos meses tras las rejas le habían enseñado a resistir sin derrumbarse, aunque por dentro cada minuto era una lucha silenciosa.Alison entró segundos después. Vestía de colores claros, el cabello recogido con sencillez, el rostro serio. No miró a Víctor. Nunca lo hacía. Caminó con paso firme hasta el lugar designado, como si cada gesto hubiera sido ensayado frente al espejo.—Se reanuda la audie
La mañana siguiente llegó llena de matices grises a las afueras del hospital. Todo continuaba igual, pero en las habitaciones de Alison y Víctor las historias eran diferentes.El reloj marcaba las diez de la mañana. Alison no dejaba de revisar su celular.—¡Maldición! ¿Cuándo llamarás? —murmuró para sí misma, mordiéndose los labios, y de repente su teléfono vibró.—¿Ya está todo listo? ¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —preguntó Bruno, en voz baja, casi un susurro cargado de temor.Alison respondió sin titubear:—Sí, Bruno. Haré lo que sea necesario para salvarlo. Y si eso significa sacrificar a Víctor... que así sea —replicó, con una frialdad que helaba la sangre, como un viento ártico cortando el alma.—Está bien, como tú lo quieras. Pero espero que no me involucres en esto. Sé capaz de asumir la responsabilidad. Recuerda: tarde o temprano, todo cae por su propio peso —advirtió Bruno, su voz temblando con un filo de advertencia.Alison colgó el teléfono de golpe. Víctor er





Último capítulo