La luz del amanecer entró cruel, sin piedad. Carol estaba sentada al borde de la cama, apretándose las manos hasta dejar los nudillos blancos. La palabra “amo” aún le quemaba los oídos.
Se sentía sucia. No por lo que pasó, sino por haber olvidado —aunque fuera un rato— las cadenas que llevaba puestas.
—Fue un error —susurró. Una lágrima cayó sola—. Los lobos no se vuelven corderos.
Se levantó de golpe, se lavó la cara con agua helada, borrando besos y recuerdos. Tenía que ser fuerte. Por Estrell