Todos tenemos un límite, una frágil barrera que, tarde o temprano, se quiebra bajo la presión. La templanza que sostenemos con tanto esfuerzo termina por desmoronarse, y en un instante, el deseo o la locura toman el control.
En plena madrugada, Margaret fue sobresaltada por unos golpes insistentes en su ventana. Desvelada y nerviosa, se levantó; contra todo sentido común, decidió abrirla.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste a mi jardín? —preguntó, incapaz de creer hasta dónde era capaz de llegar E