El aroma a café recién hecho llenaba la cocina. La luz de la mañana entraba por los ventanales, suave, tibia, como si también quisiera empezar de nuevo.
Alonso estaba de pie frente a la estufa, con una camiseta blanca y el cabello aún desordenado. Sostenía una espátula en la mano mientras intentaba voltear una tortilla que parecía más grande de lo necesario.
—¡Se va a quemar! —avisó Estrella, subida en una silla, con el ceño fruncido.
—Confía en mí —respondió él, concentrado—. Soy un experto.
La