Estrella apretaba los puños contra la ventana de su habitación. Desde el segundo piso podía oír los gritos de Carol abajo, en la sala. Eran gritos ahogados, de miedo puro. La niña empujaba el vidrio con todas sus fuerzas, pero la ventana estaba trabada con seguro. Golpeó el marco una y otra vez, las lágrimas le corrían por la cara.
—¡Por favor, abre! —gritaba con la voz rota—. ¡Por favor!
Abajo, Dante tenía a Carol inmovilizada contra el sofá. Le sujetaba las muñecas con una mano y con la otra l