Mundo ficciónIniciar sesiónSINOPSIS: Dana Rojas, una joven latina necesita dejar su casa y alejarse de su familia. El destino le presenta la oportunidad de ir a trabajar al otro lado del planeta, a Corea del Sur, más específicamente a Seúl. Así que sin dudar, toma la oportunidad y se embarca en una aventura insospechada para ella. Park Geon-ki, es el ídolo de un grupo de Kpop e hijo de Park Kang-jae, el CEO de la más importante empresa de la industria del entretenimiento. Su vida trascurre sin demasiados cambios desde que es un niño, hasta que llega Dana y lo trastorna todo. ¿Podrán estos jóvenes sortear la diferencia cultural?, seguramente podrán de cabeza el mundo del otro… ¿qué puede salir mal?
Leer másNarrador:
Dana sabía que esa conversación no tenía salida, pero aun así no pensaba retroceder.
—Dana, no es algo a lo que te puedas negar —dijo su padre con voz firme, de esas que no admitían réplica.
—Claro que puedo —respondió ella de inmediato—. Y lo haré.
—No estás en posición de elegir.
—Pero voy a hacerlo de todas formas, te guste o no, papá —la joven hizo una pausa. Sabía que lo que iba a decir a continuación iba a desatar un conflicto aún mayor, pero aun así no se detuvo—. Mamá estaría decepcionada de ti.
El hombre apretó la mandíbula.
—No metas a tu difunta madre en esto —replicó, y su tono dejó en evidencia la incomodidad que esa mención le provocaba—. Ella era una soñadora sin remedio, y eso fue lo que la llevó a la tumba.
Se obligó a serenarse, respiró hondo y continuó con una firmeza casi cruel:
—No voy a permitir que tú también arruines tu vida como ella lo hizo.
Dana lo miró incrédula, la rabia subiéndole desde el pecho.
—¿Arruinar su vida? —repitió, ahora claramente ofuscada—. ¿De verdad llamas arruinar su vida al hecho de ser una médica tan humana que literalmente dejó la suya en esa profesión?
—Sí —respondió él sin titubear—. Le ofrecí una y mil veces instalarle un consultorio aquí, con todas las comodidades. Pacientes de primer nivel, seguridad, estabilidad… —comenzó a caminar por la habitación, agitando las manos con frustración—. Pero no, para la señora no era suficiente. Tenía que ser una santa. Tenía que irse a África a enfermarse ayudando a Médicos sin Fronteras.
Se detuvo frente a ella y la miró con un pesar que parecía ensayado.
—Si me hubiera hecho caso, no habría enfermado. Seguiría aquí, con nosotros —sus ojos se nublaron—. Nunca voy a perdonarle lo que nos hizo.
—Pues fíjate que yo estoy muy orgullosa de mi mamá —contestó Dana sin bajar la mirada.
Al notar que el rostro de su padre volvía a endurecerse, agregó, ya sin freno:
—Y si pudiera decirnos de qué se arrepiente, seguro diría que de haberse casado contigo, aunque eso hubiera significado no tenerme.
Se lo gritó. Y sin esperar respuesta, se dio media vuelta y se dirigió a la puerta.
—Dana, vuelve aquí. No he terminado.
—Pero yo sí, padre —respondió, con la voz quebrada pero firme—. Así que dile a ese imbécil que me casaré con él solo en sus sueños.
Salió dando un portazo que resonó en todo el salón, dejando a su padre solo, inmóvil, en medio de la habitación.
El hombre se había vuelto a casar con una de las tantas niñeras que habían pasado por la casa. Aquella mujer nunca aceptó a Dana y se encargó de hacérselo sentir cada día. La convivencia se volvió insoportable. Así que él no encontró mejor solución que obligar a su hija a casarse con el hijo de un exitoso industrial, asegurando de paso el futuro de sus empresas.
La única persona que podría haberla protegido de ese destino había sido su madre. Pero ya no estaba.
Había muerto cuando Dana tenía apenas diez años, tras contraer malaria en África, mientras colaboraba con la ONG Médicos sin Fronteras. Ni siquiera pudieron despedirse de ella como correspondía. El ataúd fue sellado en plomo; no se permitió abrirlo. Su padre logró reconocerla en la morgue a través de un vidrio grueso y, luego de eso, tuvo que someterse a un largo proceso de desinfección.
Dana ni siquiera eso tuvo.
El último recuerdo de su madre era la despedida en el aeropuerto. El abrazo fuerte. La promesa de volver en un par de meses. Una promesa que nunca se cumplió.
Por eso, después de aquella discusión y al ver con claridad el futuro nefasto que la esperaba, Dana tomó una decisión: buscar trabajo y huir. Independizarse. Desaparecer.
Para su sorpresa, encontró una solicitud de personal para trabajar en Corea del Sur, específicamente en Seúl. Sin nada que perder, se presentó. Y contra todo pronóstico, fue seleccionada.
Viajó casi de inmediato.
Park Geon-ki era un prodigio. No había nada relacionado con la música que no pudiera hacer bien. Cantaba, bailaba, componía. Todo le resultaba natural. Todo lo hacía con una excelencia que rozaba lo inalcanzable.
Pero para su padre, nunca era suficiente.
Cuando su madre los abandonó, Geon-ki tenía apenas cinco años. Durante mucho tiempo se culpó por ello. Creció cargando una culpa que no le pertenecía, sufriendo más de lo que un niño debería. Con los años, esa culpa se transformó en resentimiento hacia su padre.
Eso fue lo que lo llevó a irse de casa.
Poco después, logró ingresar como aprendiz en una pequeña empresa de entretenimiento. Creía haber escapado de la sombra paterna. Creía haber sido libre. Pero la libertad le duró poco.
Park Kang-jae dio con su paradero.
Y al negarse Geon-ki a regresar, su padre tomó una decisión: compró la empresa. La transformó en una de las más importantes del rubro del entretenimiento.
Durante más de diez años, Geon-ki trabajó sin descanso junto a los otros siete miembros de su grupo. Ocho jóvenes. Ocho historias distintas. Ocho pasados marcados. Pero un mismo futuro que querían construir juntos.
—¿Por qué esa cara larga, Geon-ki? —preguntó su padre, con falsa calma.
—¿Y me lo preguntas? —explotó él—. Toda la vida intentaste gobernarme. Cuando por fin me creí libre, compraste mi libertad para encerrarme otra vez. Y ahora presentaste una solicitud para dilatar la entrada al servicio militar de todos… menos el mío. Para mí pediste exoneración.
—Creí que no querías ir.
—Y no quiero —respondió, tratando de controlarse, sin éxito—. Pero no querer es una cosa. Deber hacerlo es otra. No somos solo un grupo de música. Somos una familia. No quiero privilegios por encima de ellos.
—Yo solo puedo gestionar tu exoneración —se defendió Kang-jae—. Me deben favores, pero no tantos como para arreglarlo todo.
—Lo que no sabes —replicó Geon-ki— es que ya me llegó la carta. El pedido fue rechazado. Así que, como verás, hay cosas que ni el gran Park Kang-jae puede comprar con su dinero.
—Pero, Geon-ki…
—No —lo cortó—. Yo no te pedí que hicieras algo así. Y si me preguntas, estoy feliz de que lo hayan rechazado. No, no quiero alistarme. Pero debo hacerlo. Y eso me hace sentir orgulloso.
Suspiró, cansado.
—Lamento que a ti no te haga sentir lo mismo. Me gustaría que, al menos una vez, te sintieras orgulloso de una decisión mía sin intervenir ni tratar de arruinarla.
Capítulo 81 —Como sucedieron las cosas...NarradorLuego de recibir el mensaje en el que Geon, supuestamente, la abandonaba, Dana quedó devastada.No fue un llanto escandaloso ni una escena dramática. Fue peor. Fue ese tipo de dolor que se instala en el pecho como una piedra, que no grita, que no corre, que simplemente aplasta. Bon intentó consolarla. Le habló con cuidado, con afecto, con esa torpeza noble de quien quiere ayudar y no sabe cómo. Incluso trató de averiguar qué había pasado realmente, pero Dana no quería escuchar razones, ni hipótesis, ni “tal vez”.Para ella, Geon había elegido el silencio. Y el silencio, para Dana, siempre había sido abandono.—Yo sé que la vida de campo no es para ti —le dijo Cho una tarde, con voz cansada pero sincera—. Menos aquí, en Corea. Pero puedes quedarte con nosotros. Afrontemos esto juntos.Dana negó despacio.—Lo sé, Cho. Y se lo agradezco… a usted, a su hija, a su yerno. Me han dado todo, incluso cuando yo no tenía fuerzas. Pero debo volver
Capítulo 80 — Donde el amor deja de pedir permisoNarrador:Luego de besar a Dana para sellar así su matrimonio, ella se quedó inmóvil, como si el cuerpo le hubiera olvidado el manual básico de cómo seguir existiendo. Tenía los labios todavía tibios, el corazón golpeándole el pecho con una fuerza absurda y las manos temblándole como si acabara de sobrevivir a una caída libre.Lo miró con una desesperación casi infantil, con esa necesidad feroz de confirmar que el mundo no se estaba burlando de ella otra vez.—Dime que en verdad eres tú —le pidió, y su voz se le quebró en un sollozo—. Dime que no es un sueño… porque si me despierto, no lo voy a soportar.Geon-ki le sostuvo la cara con ambas manos. No le permitió bajar la mirada. No le permitió esconderse en el miedo.—No es un sueño —dijo, lento, firme—. Soy yo, mi amor. Estoy acá. Y no pienso volver a perderte.Dana parpadeó rápido. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de incredulidad, d
Capítulo 79 — El día que el miedo perdió la batallaDana:Luego de ese día, no volvimos a hablar del tema. Ni una palabra más. Ni una insinuación. Ni una sola grieta por donde pudiera escaparse la verdad que ambas sabíamos y fingíamos no ver.Y entonces, la boda llegó.No llegó como llegan las cosas felices, con ilusión o con ansiedad luminosa. Llegó como llega una sentencia. Como un invierno que se anuncia sin pedir permiso. Yo temblaba como una hoja a punto de caer del árbol, suspendida en ese instante previo a la caída, cuando todavía no toca el suelo, pero ya sabe que no hay vuelta atrás.Mi eterno invierno se avecinaba.Iba a casarme con un hombre que no amaba.Benjamin era un buen hombre, no puedo negarlo. Honesto, presente, respetuoso. Un hombre que había aceptado una historia que no era suya, un hijo que no llevaba su sangre y una boda que ninguno de los dos deseaba de verdad. Él y yo éramos dos personas intentando hacer lo correcto, aunque lo correcto nos estuviera destrozando
Capítulo 78 —Antes del síDana:La noticia de que Geon-ki había tomado finalmente las riendas de PKJ Entertainment me llenaba de una alegría que no podía ni quería disimular. Era algo que todos los chicos habían deseado durante años, una salida necesaria para librarse de la tiranía de Park Kang-jae, un hombre al que Geon nunca había podido llamar padre sin que algo se me revolviera por dentro. Que estuviera ahora al mando significaba libertad para ellos, un futuro distinto, una empresa que ya no estaría construida sobre el miedo.Y aun así, esa alegría venía acompañada de una tristeza silenciosa. Porque sabía que para Geon-ki esa decisión había sido devastadora. No dejaba de ser su padre, por más daño que le hubiera hecho. Y además, dirigir la empresa no era su sueño. Nunca lo había sido. Él quería cantar, crear, subirse a un escenario y dejar el alma ahí, entregarse a su fandom con la misma pasión con la que se entregaba a todo lo que amaba. Pero crecer implicaba eso: aceptar responsa
Capítulo 77 —El nombre que no debía existirNarrador:Dana frunció el ceño, porque no era su pantalla la que estaba mirando… y aun así, el dispositivo estaba entre sus dedos. El impulso natural fue leer, como se lee cualquier cosa que aparece sin avisar. Pero la pantalla apenas mostraba un nombre breve, común, casi insignificante… y un preview recortado en un idioma que Dana no dominaba, el ingles.Verónica dio un paso hacia adelante con una rapidez demasiado medida para parecer casual. Le arrebató el teléfono con suavidad, casi sonriendo, como quien toma un vaso para que no se caiga.—Perdón, perdón… es el reflejo —dijo, fingiendo ligereza—. Siempre me llegan cosas en el peor momento.Dana la miró de reojo, desconfiada.—¿Y desde cuándo no puedo ver tus mensajes? —preguntó, sin humor.Verónica soltó una risita nerviosa.—Desde que tengo un amante marciano y no te conté —improvisó riendoBenjamin, que seguía allí, se cruzó de brazos.—¿Es algo urgente? —preguntó, más por incomodidad qu
Capítulo 76 —Urgencias del corazón y titulares que ardenNarrador:En Uruguay, a miles de kilómetros de esa sala donde acababa de caer un rey, Dana se preparaba para su inminente boda como quien camina hacia una decisión que no termina de reconocer como propia.La casa olía a telas nuevas, a café recalentado, a ansiedad. Había cajas por todas partes: regalos, recuerdos, detalles, listas, papeles. Todo el mundo parecía tener algo que opinar, algo que organizar, algo que preguntar.Dana, sin embargo, se movía como si estuviera un poco fuera de su cuerpo. Sonreía cuando debía sonreír. Asentía cuando la miraban. Decía “sí” cuando le pedían confirmaciones. Pero por dentro… por dentro tenía un ruido constante, como un mar golpeando una pared.Benjamin la encontró en la cocina revisando una lista de invitados con la mirada perdida.—¿Estás segura de querer seguir adelante con esto? —preguntó, sin rodeos.Dana parpadeó, como si recién lo escuchara.—Sí, Benjamín —respondió—. ¿Por qué lo pregun
Último capítulo