Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa noche antes de su boda por conveniencia, Layla cae en el mayor pecado de su vida: entregarse al hombre prohibido, el tío de su futuro esposo. Lo que debía ser un desahogo se convierte en un incendio imposible de ocultar… sobre todo cuando descubre que lleva en su vientre al único heredero capaz de destruir a toda la familia Draven. Obligada a casarse con Dimitrik para salvar a su padre, Layla queda atrapada entre un marido incapaz de amarla, un amante que la consume con solo mirarla y un secreto que podría derrumbar un imperio. Poder, deseo y mentiras se entrelazan mientras Layla decide qué sacrificar: su apellido, su corazón… o la verdad que podría incendiar la dinastía Draven desde adentro.
Ler maisMañana se casaría con Dimitrik Draven, el heredero de Draven Global Hotels, el hombre que la besaba como quien cierra un trato: labios fríos, ojos distantes. No era una mentira, era una terrible realidad. Unir su vida a un hombre que no amaba, pero negarse hundiría a su padre en la cárcel.
«¿Acaso eso era lo que quería para su vida? No, pero debía hacerlo para salvarlo a él». Por una mala decisión, sus vidas se habían destruido y era ella quien debía pagar el precio de los errores de su padre. Layla cerró los ojos, tratando de asimilar su nueva realidad. Esa noche fue su despedida de soltera en el ático del Four Seasons. Todo había sido una terrible locura. Entre gritos, brindis y hombres bailando a su alrededor, sentía que iba a estallar, pero no podía quebrarse; debía ser fuerte. Un golpe suave en la puerta la sacó de sus cavilaciones. Caminó y la abrió sin ánimos. —Señorita Connor, el señor Draven me envió por si necesitaba algo —dijo la asistente. —Muchas gracias, pero no necesito nada. La mujer se retiró, dejándola sola nuevamente en la lujosa habitación, después de su "maravillosa" despedida de soltera, una que no disfrutó en lo absoluto. Layla giró sobre sus pasos para ingresar al baño. El espejo le devolvía la imagen de todo, menos de una novia feliz. Sabía que después de mañana su vida iba a cambiar y todo sería distinto a lo que en realidad deseaba. Salió de la lujosa habitación y se escabulló por el pasillo de servicio, descalza, hasta llegar a una hermosa terraza. La tarjeta que Dimitrik le había dado, “por si necesitaba un respiro”, abrió la puerta con un susurro. El lugar se encontraba sumido en una absoluta oscuridad. Solo el resplandor dorado de Times Square se filtraba por las cortinas. El lugar era maravilloso: grandes ventanales, cortinas que cubrían la mayoría del sitio. Más que una terraza parecía una habitación de lujo. En ese lugar, Layla podía despejarse para luego aceptar la realidad de lo que el destino le iba a deparar, un destino que le fue impuesto. Caminó hasta el minibar, se sirvió un bourbon, lo tomó a fondo blanco y se hundió en la cama king size. Las sábanas frescas contrastaban contra su piel acalorada, cerrando los ojos en el proceso. Y entonces lo sintió. Un roce tibio en su nuca, como un suspiro. —No te muevas, gatita. La voz era un ronroneo grave, con ese acento que la hacía temblar. Antes de que pudiera moverse, unos brazos fuertes la inmovilizaron. Una mano grande cubrió su boca con suavidad; la otra recorría su cuerpo. Su peso la envolvió, mas no la aplastó. —Dimitrik está presumiendo que eres suya —susurró contra su oído, su aliento era tan cálido que le erizó la piel—. Pero yo… llevo meses soñando con este momento. El aroma la envolvió: whisky añejo, cuero gastado y un toque de algo que no lograba identificar. «Lucius Draven». Solo tenerlo cerca hizo que sintiera la humedad entre sus piernas. Era el tío de su prometido. El medio hermano bastardo que la abuela había exigido borrar del testamento, ya que no pudo evitar que le dieran el apellido. El mismo hombre que la devoraba con la mirada en cada cena familiar. Intentó hablar. La palma se suavizó, sus dedos rozaron sus labios. —Shh… solo respira conmigo. Sus labios rozaron su nuca, un beso lento, húmedo, que la hizo arquear la espalda. Sus manos bajaron por su espalda, desabrochando el corsé con dedos temblorosos, como si temiera romperla. La prenda desapareció de su cuerpo. Layla quedó en lencería de encaje negro, con el corazón latiéndole en la garganta. Lucius soltó un jadeo reverente. —Dios, Layla… eres un pecado —su mirada la devoraba con hambre—. Uno que no puedo resistir. La miró con ternura, sus ojos color gris brillando como si estuviera ante algo sagrado. —Quítate las bragas —susurró, su voz ronca de deseo mientras se despojaba de su ropa—. Déjame verte. —No… —musitó ella, pero sus manos ya obedecían. La tela cayó. Él se arrodilló entre sus piernas, abrió sus muslos con devoción. —Dimitrik nunca te ha mirado así, ¿verdad? —preguntó, besando el interior de su muslo, subiendo lento—. Nunca te ha adorado. Sus labios trazaron un camino de fuego: muslo, cadera, ombligo y bajó nuevamente con la misma sutileza. Cada beso era una promesa. Llegó a su centro, la miró un segundo —pidiendo permiso con los ojos— y luego… Su lengua la saboreó como si fuera el último trago de su vida. Layla gimió, arqueándose contra su boca. Sus manos la sujetaron de las caderas, guiándola, adorándola. —Lucius… —susurró, enredando los dedos en su cabello, jadeando con desesperación. Él subió, besando cada centímetro de su piel, hasta que sus labios encontraron los de ella. El beso fue lento, profundo, desesperado. Sus lenguas se encontraron, se enredaron, se reconocieron. —Te deseo desde el primer día —confesó contra su boca—. Pero no así… no robado. Entró en ella con una lentitud tortuosa, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos. Layla gritó su nombre cuando la llenó por completo. Él se quedó quieto hasta que su cuerpo se acostumbrara a su tamaño. Luego de unos segundos que parecieron eternos, sus caderas se movieron en un ritmo hipnótico, profundo, como una marea. —Mírame —susurró, besando sus lágrimas—. Quiero que sepas quién te ama. Las uñas de Layla se clavaron en su espalda. —Esto está mal… —Pero es real —respondió él, acelerando—. Por primera vez, es real y es lo que ambos deseamos. El orgasmo la rompió en mil pedazos, un grito ahogado contra su cuello. Él se derramó dentro de ella con un gemido roto, abrazándola como si temiera que desapareciera. No se retiró. Se quedó dentro, besándole la frente, los ojos, las mejillas, los labios. —No quería que fuera así —susurró, con voz jadeante—. Quería flores, cenas, paseos por Central Park… pero no podía dejarte ir sin que supieras que alguien te ama de verdad. Las lágrimas de Layla cayeron sin control. —Dimitrik nunca te hará sentir amada y deseada —dijo, acariciándole la mejilla—. Solo yo puedo brindarte eso que tanto deseas. Se levantó, la cubrió con la sábana y besó sus labios. Se vistió en un abrir y cerrar de ojos y, cuando ella quiso darse cuenta, la puerta se cerró con un clic suave. Layla se quedó allí, temblando, desnuda, con el sabor de sus besos en los labios… su interior latiendo por su ausencia y el corazón latiendo por primera vez en meses.El silencio de la habitación la envolvía como un manto cuando el sueño la alcanzó por completo. Era un silencio denso, casi palpable, interrumpido apenas por el murmullo lejano del viento contra las ventanas y el tic tac pausado del reloj sobre la pared. En su descanso, las imágenes se mezclaban sin orden: el jardín bajo la lluvia, la voz de su madre llamándola desde el otro extremo de la puerta, el rostro serio de su padre al despedirse. Los recuerdos flotaban sin lógica, unidos solo por una sensación constante de nostalgia y cansancio. Todo parecía suspendido en una calma extraña, casi irreal, como si el mundo hubiera decidido concederle una tregua. Antes de quedarse dormida, había escuchado la puerta cerrarse con un golpe seco. —Layla… —había murmurado Dimitrik desde la entrada, con la voz espesa—. No empieces otra vez con tu silencio. Debemos hablar sobre lo que pasó en el comedor. Ella no respondió. Permaneció de espaldas, fingiendo dormir, aferrándose a la esperanza de que é
Layla subió las escaleras con pasos silenciosos, como si temiera que la casa misma pudiera delatarla. El vestido, pesado por la lluvia, se adhería a su cuerpo como una segunda piel helada, y cada peldaño parecía exigirle un esfuerzo que no sabía de dónde sacar. Al llegar al pasillo principal, las luces tenues y la alfombra espesa amortiguaron el sonido de sus tacones; aun así, sentía que el corazón le retumbaba con tanta fuerza que cualquiera podría oírlo.Cerró la puerta de su habitación tras de sí y apoyó la frente en la madera durante un segundo eterno. Las imágenes del jardín, la voz de Lucius, la humillación en la mesa, todo se le agolpó en la mente como una tormenta que no daba tregua. Cuando se giró, avanzó directamente hacia el baño, dejando a su paso pequeñas gotas que marcaban su recorrido.Encendió la luz y el espejo le devolvió un reflejo que apenas reconoció. Sus ojos enrojecidos, el rímel corrido, los labios pálidos. Tragó saliva y, sin pensarlo más, comenzó a despojarse
El aire en el comedor se había vuelto irrespirable, una mezcla densa de aroma a carne asada, vino costoso y el veneno puro que emanaba de las palabras de Dimitrik. Layla sentía que las paredes de la mansión se cerraban sobre ella como las mandíbulas de una bestia. La mención de la noche en el yate, arrojada sobre la mesa como un trofeo sucio frente a su padre recién liberado, fue la estocada final.Sin pedir disculpas, sin mirar a sus padres a los ojos por temor a ver la vergüenza o la comprensión en ellos, Layla se levantó de la mesa. Su silla chirrió contra el suelo de mármol, un sonido estridente que cortó la habladuría de Dimitrik.—Necesito tomar un poco de aire fresco—logró decir, con la voz apenas por encima de un susurro.—Layla, siéntate. Aún no hemos terminado el brindis —ordenó Dimitrik, su tono recuperando esa autoridad fría que utilizaba para cerrar contratos.Ella no lo escuchó. O mejor dicho, decidió que ese era el primer momento de su vida de casada en el que el miedo
Layla despertó antes de que saliera el sol, aunque difícilmente podía llamarse despertar a algo que no había sido sueño. La mala noche le pasaba factura en cada centímetro de su cuerpo: un dolor de cabeza punzante, como ráfagas de estática detrás de los ojos, se mezclaba con un calambre sordo y persistente en su bajo vientre, un recordatorio físico y amargo de su realidad actual, Pero que ella aún no sabía. La cena había sido un complot, de lo único que se hablaba era de negocios y de ese heredero tan deseado. Ya estaba harta y cansada de la situación y solo tenía poco menos de un mes de haberse casado. Esa mañana se preparaba para ir a recibir a su padre, al fin saldría en libertad y eso era algo que la alegraba en parte. El aire de la ciudad se sentía pesado, cargado con el olor a lluvia inminente que nunca terminaba de caer. El eco de las palabras de la matriarca en el vestíbulo y el recuerdo de la frialdad de Dimitrik la habían mantenido en un estado de vigilia tortuoso. A
El gran comedor de la mansión Draven exhalaba una opulencia gélida. La plata pulida brillaba bajo la luz de las lámparas de cristal, y el aroma a cordero asado y especias no lograba disipar la tensión que flotaba en el aire.Dimitrik y Layla estaban sentados uno al lado del otro, representaban una imágen de unidad que, para los ojos expertos de la familia, aún guardaba matices por descubrir. A ojos de un extraño se veían como el matrimonio perfecto, siendo otra la realidad.Frente a ellos, los padres de Dimitrik mantenían una cordialidad ensayada, pero era en la cabecera donde residía el verdadero peso de la mesa.Filomena, con su espalda recta como una columna de mármol y el rosario que siempre la acompañaba a todos lados, apenas probaba un bocado. Sus ojos, afilados por décadas de manejar los hilos de la familia, escaneaban cada gesto de Layla: la forma en que sostenía la copa, su postura al responder y, sobre todo, cualquier rastro de cambio en su semblante. Sabía que todo era pura
El regreso de Santorini no fue el viaje triunfal que los periódicos de sociedad describirían días después. Para Layla, el jet privado de la familia Draven se sentía como una jaula de cristal volando a diez mil metros de altura. A su lado, Dimitrik revisaba informes financieros, ignorando por completo la palidez de su esposa y el hecho de que ella apenas había probado bocado desde la llamada de su madre.Cuando el coche negro y blindado atravesó las enormes puertas de hierro de la mansión Draven, Layla sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Aquellas columnas de mármol que antes la intimidaban, ahora parecían lápidas de un cementerio de lujo.Al bajar del auto sus piernas comenzaron a temblar, no era miedo, era algo peor. No sabría cómo mirar a Lucius a los ojos después de lo que había pasado. Cómo el bien lo había dicho, lo que pasó en esa cama no la definía ante él, pero era totalmente diferente escuchar esas palabras a través de un teléfono que tenerlo de frente y comprob





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