La alarma sonaba con la habitación con gran intensidad. Margaret la apagó con manos temblorosas; todavía estaba somnolienta, y lo ocurrido con Ethan le había arrancado la paz. Se sintió indefensa como una niña. Decidió quedarse en casa y reportarse enferma: evitarlo parecía la solución perfecta. Pero el destino, implacable, insistía en aproximarla a él.
Un golpe en la puerta la arrancó de sus pensamientos.
—¡Ya voy, un segundo! ¡Por Dios, que no sea él! —susurró, mientras se vestía a toda prisa