Dante se levantó de golpe al verla. Sus ojos se clavaron en el brazo de Carol entrelazado con el de Alonso. La copa que sostenía tembló un segundo antes de estrellarse contra el suelo.
—¿Tú? —rugió Dante, ignorando por completo la presencia de su tío—. ¿Qué haces aquí vestida así?
Alonso frunció el ceño, apretando el agarre en la cintura de Carol. —Dante, mídete. Estás hablando con mi prometida.
—¿Tu prometida? —Dante soltó una carcajada seca, cargada de veneno. Caminó hacia ellos a pasos agigan