A la mañana siguiente, Margaret se levantó llena de ansiedad; el solo hecho de imaginarse sin ejercer sus profesiones la aturdía, llenándola de oscuridad. Sentía como si un peso inmenso aplastara su pecho.
—¡Santo cielo! ¿Cómo me libraré de esto? Tengo que sacar todo lo que siento; de lo contrario, me enloqueceré.
Sin dudarlo, pensó en la única persona que la escucharía sin juzgarla.
—¡Hola! —su voz era temerosa.
—¡Margaret! —respondió Marcia, de forma efusiva—. ¿A quién tengo que agradecer est