Mundo ficciónIniciar sesiónMila es una talentosa maquilladora acostumbrada a transformar rostros, su vida dará un giro inesperado que la obligará a transformar su vida. En un mundo de lujo y peligro, Mila debe equilibrar su sentido de supervivencia y su creciente confusión emocional por el enigmático hombre al que ahora debe llamar esposo. Mientras intenta desentrañar los secretos ocultos detrás de la fachada de Lucio Montessori, descubre que no todo es lo que parece, y que el verdadero enemigo podría estar más cerca de lo que imagina. Atrapada en una red de mentiras y traiciones, Mila deberá confiar en su instinto y habilidades para sobrevivir y proteger su verdadera identidad. Pero a medida que la tensión crece y las lealtades se tornan borrosas, ¿podrá Mila escapar con su vida y su corazón intactos? A veces las máscaras no siempre ocultan los verdaderos rostros, sino las almas.
Leer másMILA. En cuanto sintió mi humedad, se apartó de mí tras un mordisco letal en la oreja. Mi respiración, rota y agitada, fue la única señal de mi rendición. Sabía exactamente lo que era esto: un castigo, una enmienda a mi debilidad. Y aun así, me sentí extrañamente satisfecha. Satisfecha por el tormento, por la confirmación silenciosa de que mi cuerpo ya le pertenece y que solo mi orgullo me impide admitirlo. Pero, sobre todo, este acto solo confirmó la sospecha que él ya carga como una insignia: me tiene a su merced. En cuanto me liberó de la presión de su mano, el silencio inundó la habitación, un vacío tan denso que sentí que me asfixiaba mientras él, con una parsimonia cruel, acomodaba mi vestido. Nuestras miradas se entrelazaron en un duelo que me negaba a perder. Cuando la seda de mi vestido volvió a caer en su sitio, posó sus manos sobre mis glúteos, atrayéndome hacia él. Mis dedos, aferrados a sus antebrazos, luchaban una batalla perdida contra el temblor de mi pulso. Fin
MILA. Finalmente, se giró con una lentitud que me erizó el vello. Sus ojos ámbar me consumieron en un segundo, desnudando mi alma. —¿Crees que besarte con un extraño favorece a nuestra farsa? —soltó al fin, su voz reducida a un susurro rasposo que vibró en su garganta—. ¿Te hizo sentir bien dejarme en ridículo frente a todos? —Tú estabas con Catalina en las escaleras. Te vi, Lucio —le recordé, sintiendo cómo el veneno de los celos me quemaba la garganta y me nublaba el juicio. Lucio soltó una risa seca, un sonido carente de cualquier rastro de humor. Acortó la distancia con un paso depredador y me tomó del mentón, obligándome a sostener el fuego de su mirada. Se inclinó tanto que su aroma a whisky se mezcló con mi aliento. —No la besé. Ella lo intentó, pero no sucedió —sentenció, y su voz ganó una profundidad que me hizo vibrar—. Porque a diferencia de ti, yo sé distinguir perfectamente entre una herramienta de trabajo y lo que realmente me importa. Su pulgar rozó mi labio
Llegamos a un antro exclusivo de gente adinerada los guardias nos abrieron paso al reconocer a Lucio. Una vez dentro la música ensordecía mis oídos y las vibraciones retumbaban en mi pecho, con violencia. Lucio me guio con firmeza entre la multitud hacia el subsuelo, un lugar restringido donde el aire se volvía espeso por el humo del tabaco y el perfume de calidad de los hombres y mujeres que inundaban los pasillos. Avanzamos varios pasillos revestidos de terciopelo y espejos. Al final, una puerta color negro nos esperaba. El Capitán y Tony se quedaron fuera vigilando la entrada. Dentro, nos esperaba un hombre de mediana edad, mirada cansada y traje impecable. Lo reconocí al instante, era un miembro de la Hermandad. —Has estado ocupado, Lucio —saludó Enzo, clavando sus ojos en los míos antes de volver a él—. Tu esposa es una auténtica joya. —Ve al grano, Enzo —sentenció Lucio, obligándome a sentarme junto a él. Su mano se cerró sobre la mía con una fuerza no como una caricia
MILA. El Capitán me arrebató el teléfono de las manos con un movimiento rápido, arrojó la colilla de su cigarro al suelo y comenzó a escribir. Mis ojos, ansiosos se perdieron en la pantalla, leyendo cada palabra que tecleaba. «Eso suena prometedor», respondió, con el ceño fruncido, esperando la respuesta de Sandro. Mis manos temblaban y el estómago se me retorcía, esperando que ese texto funcionara. «Nada me encantaría más que estar a tu lado en estos momentos, pero me será imposible. Estos días el trabajo ha sido agotador desde la muerte del comandante; me temo que tendré que posponer mi descanso», fue su respuesta. Sus palabras fueron un alivio. El Capitán y yo soltamos un suspiro de forma simultánea. Era la oportunidad perfecta para saber que era lo que estaba sucediendo en la comandancia. Tomé el teléfono y continué la conversación: «Es una pena, bombón, de verdad. Pero confío plenamente en que mi policía favorito, hará todo hasta dar con los culpables. ¡Y estoy segura
MILA. Al día siguiente, el despertador sonó como de costumbre. Esta vez, el disfraz de Katya pesaba más de lo habitual; me costaba respirar bajo la piel de una mujer que ya no sabía si estaba suplantando o convirtiéndome en ella. No tenía ánimos de ver a Lucio, y mucho menos de compartir la mesa con el hombre que casi mata a Sandro. Aun así, me obligué a bajar. Sasha me lo había advertido: Esto no era un trabajo al que podía renunciar. Ya no se trataba solo del contrato o del instinto de supervivencia; algo más oscuro se había enraizado en mi pecho. Un sentimiento retorcido que no lograba clasificar entre la obsesión y el amor, pero que me mantenía atada a él. Llegar al comedor y no encontrar a Lucio en el trayecto fue un alivio efímero. Sasha ya estaba allí, impecable como de costumbre, bebiendo su café con una perfección que me resultaba insultante a esas horas de la mañana. Apenas iba a tomar asiento cuando Lucio irrumpió en el umbral haciendo que la tensión se sintiera en el
MILA. Caminaba de regreso hacia ellos bajo un escrutinio asfixiante. La mirada de Marcos era una brasa discreta, pero la de Lucio era un incendio; me devoraba con una intensidad que, por primera vez, no quise evitar. Le correspondí solo a él, dejando que la sombra de la verdadera Katya guiara mis pasos. Sin embargo, la atmósfera se rompió antes de que pudiera sentarme. El oficial corrupto, amigo de Sandro, se acercó con paso errático pero una lucidez aterradora en los ojos. —Tienen que marcharse. ¡Ahora! —siseó, el sudor brillando en su frente—. Hay una redada en curso. «Traidor», pensé, sintiendo una náusea profunda. La traición en este mundo no se pagaba con dinero, sino con sangre. De pronto, el estruendo de las puertas principales al ser derribadas ahogó la música y los gritos. —¡POLICÍA! ¡TODOS AL SUELO! —El grito de autoridad perforó el caos como una bala. El pánico se desató en un segundo. El estrépito de las mesas volcadas y los alaridos de las mujeres crearon un
Último capítulo