Mundo ficciónIniciar sesiónMila es una talentosa maquilladora acostumbrada a transformar rostros, su vida dará un giro inesperado que la obligará a transformar su vida. En un mundo de lujo y peligro, Mila debe equilibrar su sentido de supervivencia y su creciente confusión emocional por el enigmático hombre al que ahora debe llamar esposo. Mientras intenta desentrañar los secretos ocultos detrás de la fachada de Lucio Montessori, descubre que no todo es lo que parece, y que el verdadero enemigo podría estar más cerca de lo que imagina. Atrapada en una red de mentiras y traiciones, Mila deberá confiar en su instinto y habilidades para sobrevivir y proteger su verdadera identidad. Pero a medida que la tensión crece y las lealtades se tornan borrosas, ¿podrá Mila escapar con su vida y su corazón intactos? A veces las máscaras no siempre ocultan los verdaderos rostros, sino las almas.
Leer másMILA. Al día siguiente, el despertador sonó como de costumbre. Esta vez, el disfraz de Katya pesaba más de lo habitual; me costaba respirar bajo la piel de una mujer que ya no sabía si estaba suplantando o convirtiéndome en ella. No tenía ánimos de ver a Lucio, y mucho menos de compartir la mesa con el hombre que casi mata a Sandro. Aun así, me obligué a bajar. Sasha me lo había advertido: Esto no era un trabajo al que podía renunciar. Ya no se trataba solo del contrato o del instinto de supervivencia; algo más oscuro se había enraizado en mi pecho. Un sentimiento retorcido que no lograba clasificar entre la obsesión y el amor, pero que me mantenía atada a él. Llegar al comedor y no encontrar a Lucio en el trayecto fue un alivio efímero. Sasha ya estaba allí, impecable como de costumbre, bebiendo su café con una perfección que me resultaba insultante a esas horas de la mañana. Apenas iba a tomar asiento cuando Lucio irrumpió en el umbral haciendo que la tensión se sintiera en el
MILA. Caminaba de regreso hacia ellos bajo un escrutinio asfixiante. La mirada de Marcos era una brasa discreta, pero la de Lucio era un incendio; me devoraba con una intensidad que, por primera vez, no quise evitar. Le correspondí solo a él, dejando que la sombra de la verdadera Katya guiara mis pasos. Sin embargo, la atmósfera se rompió antes de que pudiera sentarme. El oficial corrupto, amigo de Sandro, se acercó con paso errático pero una lucidez aterradora en los ojos. —Tienen que marcharse. ¡Ahora! —siseó, el sudor brillando en su frente—. Hay una redada en curso. «Traidor», pensé, sintiendo una náusea profunda. La traición en este mundo de 2026 no se pagaba con dinero, sino con sangre. De pronto, el estruendo de las puertas principales al ser derribadas ahogó la música y los gritos. —¡POLICÍA! ¡TODOS AL SUELO! —El grito de autoridad perforó el caos como una bala. El pánico se desató en un segundo. El estrépito de las mesas volcadas y los alaridos de las mujeres c
MILA. Sin embargo, entre la charla trivial y el intercambio de información vaga, escuché algo que me hizo arder la sangre: Lucio había sido un cliente frecuente de este lugar durante toda la semana. Ese era el motivo de sus regresos de madrugada. La rabia me quemó la garganta, al recordar que mientras yo me la pasaba preocupada por su bienestar él estaba aquí, rodeado de senos llenos de siliconas y culos grandes. Mi furia alcanzó su punto máximo cuando vi a Catalina acercarse con una elegancia depredadora y tomar asiento en nuestra mesa. Sus ojos devoradores no se apartaban de Lucio, enviándole señales lascivas que él, con una calma exasperante, fingía ignorar. Asqueada por el coqueteo descarado de esa mujer, intenté apartarme, pero Lucio, fiel a su instinto de posesión, cerró su agarre sobre mi cadera. Pegó sus labios a mi oído, invadiendo mi espacio. —No irás a ningún lado sin mí —sentenció. Su voz era una orden absoluta Sentí su aroma a alcohol y loción cara nublándome e
MILA.Salí de la habitación con las manos temblorosas. La chica de la servidumbre, que me había avisado que Lucio me esperaba, ya se había esfumado hacia la cocina. Lucio estaba al pie de la escalera, inmerso en una llamada.Estaba impecable, vestido completamente de negro. Su piel trigueña lucía radiante. Las mangas de su camisa de seda estaban ligeramente arremangadas, dejando ver la musculatura de sus antebrazos, y los dos botones principales de su camisa estaban desabrochados, revelando un atisbo de su pecho, lo que le daba un aire salvajemente letal.Comencé a descender las escaleras, mis tacones resonando suavemente. Cuando captó mi presencia, colgó la llamada de inmediato. Se quedó inmóvil, observando mi andar, con una expresión de admiración.La chica de la servidumbre no se equivocó. Lo había dejado con la boca abierta. El poder de su reacción alimentó mi ego y mi obsesión por él. Tragué saliva mientras sus ojos me recorrían de pies a cabeza sin la menor discreción.—Eres el
Me escondí tras las pesadas cortinas, fundiéndome con la oscuridad de la habitación al notar cómo él alzaba la vista hacia mi balcón. Segundos después lo ví entrar. El pánico me guió hacia la puerta; giré el seguro con dedos temblorosos, Temiendo que viniera directamente a reclamar lo que cree suyo. Esperaba el golpe, el reclamo o el sonido del pomo siendo forzado. Pero no hubo nada. Ese silencio, me helaba la sangre, fue mucho peor que su insistencia. Regresé a la cama con el corazón acelerado, extrañamente aliviada de que ya estuviera en casa. El sueño me venció por puro agotamiento. Al despertar, hice mi rutina habitual. Esta vez me vestí con ropa cómoda, aceptando con amargura que los muros de esta propiedad serían lo único que vería. Al salir al pasillo, la puerta de Lucio permanecía cerrada. Bajé al comedor, donde Sasha ya me esperaba, perdida en el fondo de una copa de vino. esta vez, el lugar a su lado estaba un plato esperando a ser servido, señal de que Lucio está en
MILA. Giré de inmediato hacia el Capitán con los ojos abiertos de par en par, por la impresión de lo escrito. —¡¿Bombón?! —solté incrédula. Él soltó una carcajada, de esas que llegan al estómago, y tuvo que apoyar una mano sobre su vientre para recuperar el aliento. —Esto te divierte demasiado, ¿cierto? —le cuestioné, luchando contra la mezcla de vergüenza y ternura que me provocaba la versión de "mí misma" que el Capitán estaba creando. —Es un meloso irremediable —dijo cuando logró controlar la risa—. Pero es evidente que te ama. Sus últimas palabras fueron un golpe directo al corazón. —Lo sé. Y es precisamente por eso que siento que no lo merezco —confesé. Mi sinceridad en ese momento pesaba más que cualquier disfraz. —Nadie merece ser engañado, eso es un hecho —añadió él, suavizando su voz—. Pero la vida es cruel y pocos lo entienden. No te culpes por estar donde el destino te puso. Todo sucede por una razón. Su voz se desvaneció en el aire mientras se alejaba. R
Último capítulo