Mundo de ficçãoIniciar sessãoMila es una talentosa maquilladora acostumbrada a transformar rostros, su vida dará un giro inesperado que la obligará a transformar su vida. En un mundo de lujo y peligro, Mila debe equilibrar su sentido de supervivencia y su creciente confusión emocional por el enigmático hombre al que ahora debe llamar esposo. Mientras intenta desentrañar los secretos ocultos detrás de la fachada de Lucio Montessori, descubre que no todo es lo que parece, y que el verdadero enemigo podría estar más cerca de lo que imagina. Atrapada en una red de mentiras y traiciones, Mila deberá confiar en su instinto y habilidades para sobrevivir y proteger su verdadera identidad. Pero a medida que la tensión crece y las lealtades se tornan borrosas, ¿podrá Mila escapar con su vida y su corazón intactos? A veces las máscaras no siempre ocultan los verdaderos rostros, sino las almas.
Ler maisMILA El mundo cayó en mis hombros. Mis piernas fallaron y sentí que el asfalto me succionaba. Siempre había culpado al padre de Lucio, al viejo monstruo que crio a un diablo; me había consolado pensando que el pecado era una herencia de sangre. Pero ver a Lucio apretando el gatillo en ese video, ver su rostro joven deformado por la misma violencia que ahora me aplicaba a mí en la intimidad, me rompió por dentro. Amaba al asesino de mi padre. El hombre que me hacía sentir viva era el mismo que había convertido mi vida en un cementerio. —Mila, mírame. Respira —la voz de Martínez llegó a mis oídos como si estuviera bajo el agua. Ella me sostuvo antes de que tocara el suelo. Sus manos eran firmes, un soporte que no buscaba poseerme ni manipularme, sino simplemente evitar que me desmoronara. Con una suavidad que no esperaba de una oficial, me ayudó a dar la vuelta, alejándome de la mirada de cuervo de Tony y de la amenaza latente de Sasha. Me arrastró de nuevo al interior de la com
MILASandro dudó un segundo; sus dedos rozaron el plástico de la cinta de video con una reticencia que me hizo apretar los dientes. Podía sentir su indecisión, como si estuviera sopesando si mi cordura soportaría lo que estaba a punto de ver. Finalmente, ante mi mirada implacable y el silencio sepulcral de la comandancia, la insertó en el reproductor. El zumbido del aparato llenó el aire, un sonido monótono que precedió a la tormenta, mientras la pantalla parpadeaba en un gris estático antes de escupir imágenes granuladas y vibrantes de hace diez años.Era la cámara de seguridad del centro comercial. Me vi a mí misma: una versión pequeña, frágil y llena de una luz que ya no poseía, riendo mientras mis padres me tomaban de las manos. La felicidad irradiaba en la pantalla, hasta que el infierno se desató. El pánico estalló en un parpadeo. La gente corría en todas direcciones, convertida en una masa informe de terror, mientras dos figuras implacables irrumpían en el plano, moviéndose con
MILA La rabia que me quemaba por dentro se evaporó en un suspiro, reemplazada por una angustia punzante que me oprimió el pecho al ver el rastro carmesí. —¡Sandro! Estás sangrando de nuevo —exclamé, olvidando por completo nuestra agria discusión de hacía apenas una hora. Me acerqué a él a toda prisa y lo tomé del brazo con firmeza para ayudarlo a entrar. Mi molestia seguía ahí, vibrando bajo mi piel, pero no podía verlo así y no hacer nada. El amor que le tenía era una cadena de hierro que me arrastraba hacia su centro, incluso cuando mi mente me gritaba que tuviera cuidado, que no bajara la guardia ante el hombre que me enviaba al fuego. —Te dije que no debías moverte, Sandro —le recriminé, mi voz siendo una mezcla incontrolable de regaño y ternura desesperada—. Ven, siéntate. Necesito curar esa herida. —No —se negó él, tomando mi mano con una rigidez que me detuvo en seco. Sus ojos miel me buscaron con una intensidad suplicante que casi me hizo flaquear—. No, estaré bien
El aire en la habitación se volvió gélido, una corriente invisible que me caló hasta los huesos. Mis padres no habían sido víctimas del azar, ni un simple error del destino; habían sido el daño colateral de un monstruo que, hace diez años, apenas estaba aprendiendo a matar. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies, tragándose la poca estabilidad que me quedaba. —Basta, Martínez —intervino Sandro en seco. Su voz ya no era la del amante que me arrullaba anoche; era la del oficial al mando, cortante, autoritaria e impregnada de una disciplina que no admitía réplicas—. Esa información no es relevante para el caso actual. Estamos aquí para desmantelar la red de los Montessori, no para reabrir expedientes cerrados por falta de pruebas. Me giré hacia él, sintiendo cómo una furia volcánica comenzaba a reemplazar el vacío del dolor. Me puse de pie de un salto, desafiando su postura rígida. —¿No es relevante? —le espeté, y mi voz vibró con una rabia que me desconocí—. ¿Mis padres no so





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