Secreto descubierto.
MILA
Luchaba para que mis manos no sudaran del nerviosismo que me causaba.
Gracias al timbre de su teléfono, mi nerviosismo se desvaneció un poco. Al ver la pantalla, se detuvo en seco, soltando mi mano un segundo después. Pude jurar que una fugaz sonrisa se dibujó en sus labios rosados antes de que apartara la vista.
Omitió la llamada y, sin mediar palabra, extrajo una tarjeta dorada de su cartera y me la tendió.
—Toma, compra lo que necesites. Te veo en una hora.
Se marchó con la mi