El trato.
MILA.
Había avanzado lo suficiente como para detenerme a tomar un respiro. Respiré hondo, y me dirigí hacia una tienda de curiosidades con la intención de pedir prestado su teléfono. Necesitaba contactar a Sandro, estaba dispuesta a decirle la verdad.
Justo cuando mis pies tocaban la entrada, dos siluetas inconfundibles emergieron de un coche aparcado. Eran Tony y el capitán. La realidad me golpeó como un puñetazo.
Bastó un solo gesto de Tony: se echó el saco a un lado, revelando el arma que ocultaba en su cinturón. Esa fue la motivación definitiva para no entrar a la tienda.
Sentí que el estómago se me retorcía, ante el inminente destino. Y, de nuevo, mis lágrimas traicioneras escaparon sin mi permiso. Caminé hacia ellos, sintiendo mi frustración nublar mi mente, cada paso cargado de resignación. Mis manos sudaban sin control, mi corazón martilleaba contra mis costillas.
—Si sigues haciéndole caso a tus pensamientos intrusivos, terminarás muerta antes de tiempo —la voz de T