LUCIÓ.
Un solo golpe. Eso bastó. El ardor en la mejilla me ancló a la realidad, obligándome a una reflexión brutal: ¿qué demonios hago seduciendo a la que fue mujer de mi hermano? Seguro está retorciéndose bajo su tumba, si es que los muertos pueden sentir algo más que frío.
Ella tiene razón. No soy mejor que nadie; de hecho, nadie es exactamente lo que soy. Nada.
Hace apenas un mes, mi vida era otra, una que siempre había deseado. Tenía un empleo que demandaba casi todo mi tiempo, pero q