Mundo de ficçãoIniciar sessãoDos vidas que juraron no volver a tocarse. Un contrato que los obliga a mirarse a los ojos. Y un secreto que late en la oscuridad, esperando el momento exacto para destruirlo todo. Isolde aprendió que el silencio es la armadura más resistente. No derramó una sola lágrima cuando el hombre que amaba desapareció tras su noche de bodas, dejándola con un anillo frío y un corazón roto. Años después, convertida en una abogada implacable, ha construido una vida perfecta sobre los cimientos de esa ausencia. Pero la perfección es un cristal frágil. Alaric ha vuelto. No llega con una disculpa, sino con una provocación: exige que sea ella quien gestione el divorcio que lo unirá legalmente a otra mujer. Su mirada sigue siendo un incendio y su presencia, una invasión. Ante la resistencia de Isolde, él lanza un desafío cruel: firmará los papeles solo si ella le entrega una última noche. Una última oportunidad para quemar los restos de lo que fueron. Sin embargo, lo que Alaric ignora es que el pasado no se quedó atrás. En las sombras de la vida de Isolde, existe un motivo por el cual ella jamás podrá perdonarlo; un pequeño latido que es el vivo retrato de la traición de aquel hombre. Cuando una enfermedad inesperada pone en jaque la vida de su hijo, Isolde se ve atrapada en una encrucijada mortal. Para salvar lo que más ama, debe recurrir al único hombre que juró odiar por el resto de sus días. ¿Se consumirá primero el odio que los separa, o nacerá de nuevo el amor entre las cenizas de un contrato frío? En esta historia de verdades a medias y mentiras piadosas, el silencio será su mayor enemigo... y el latido de un corazón herido, su única guía.
Ler maisLa ciudad de Nueva York se desplegaba tras el ventanal de cristal blindado como un tablero de ajedrez donde las piezas se movían con una urgencia que Isolde ya no sentía. A sus treinta años, había aprendido que el mundo no se detenía por los corazones rotos, pero sí lo hacía ante un contrato bien redactado. El aroma a café recién molido y el sutil perfume de los lirios blancos que decoraban su oficina eran las únicas constantes en sus mañanas. Isolde ajustó el puño de su chaqueta de seda color crema y regresó la mirada a la pantalla de su ordenador. Como una de las abogadas de familia más cotizadas del estado, su tiempo se medía en fracciones de oro, y su paciencia, en hilos de acero.
Aquel lunes parecía ser uno más en su metódica existencia. No había rastro del caos que solía acompañar a los divorcios de alto perfil que manejaba. Ella era experta en diseccionar emociones ajenas con la frialdad de un cirujano, asegurándose de que sus clientes salieran con el patrimonio intacto y el orgullo mínimamente herido. Sin embargo, cuando el intercomunicador de su escritorio emitió un pitido suave, algo en el aire cambió. Una perturbación invisible, una vibración en la frecuencia de su propia vida que no había sentido en cinco años.
—Señora Thorne, su cita de las diez ha llegado —anunció la voz de su secretaria, Maya.
Isolde frunció el ceño. Consultó su agenda física, un pequeño cuaderno de piel donde anotaba lo que no quería confiar a la nube. A las diez solo tenía una anotación: "Caso confidencial. Representación de parte externa". No había nombre. Era inusual, pero no imposible en su mundo de clientes que valoraban el anonimato por encima de todo.
—Hazlo pasar, Maya. Y que no nos interrumpan.
La puerta de roble macizo se abrió con un crujido imperceptible. Isolde no levantó la vista de inmediato; estaba terminando de subrayar una cláusula de confidencialidad en otro expediente. Escuchó los pasos. Eran firmes, pesados, el sonido de unos zapatos de cuero de diseño italiano golpeando la alfombra con una seguridad que rayaba en la arrogancia. Ese ritmo... ella conocía ese ritmo. Sus dedos, que sostenían la pluma estilográfica, se congelaron sobre el papel. Una gota de tinta negra cayó, expandiéndose como una mancha de petróleo sobre la pulcritud de su trabajo.
—Ha pasado mucho tiempo, Isolde.
La voz fue como un latigazo de hielo en su columna vertebral. Era profunda, aterciopelada y llevaba consigo el eco de una noche que ella había intentado enterrar bajo capas de trabajo extenuante y maternidad silenciosa. Isolde levantó la cabeza lentamente. Cada músculo de su cuello protestó, cada fibra de su ser le gritaba que huyera, pero su rostro permaneció como una máscara de mármol.
Frente a ella, de pie y con una mano metida en el bolsillo de su pantalón de sastre, estaba Alaric.
No era el Alaric que recordaba, el joven de mirada intensa y promesas susurradas bajo las sábanas de su noche de bodas. Este hombre era más robusto, su mandíbula parecía tallada en granito y sus ojos, de un gris tormentoso, no mostraban ni un ápice de arrepentimiento. Se veía más rico, más peligroso y, para desgracia de Isolde, más devastadoramente atractivo que el hombre que la había abandonado sin una palabra antes de que saliera el sol cinco años atrás.
—Sr. Vance —respondió ella, su voz saliendo más firme de lo que esperaba—. Mi secretaria mencionó un caso confidencial. No sabía que el Sr. Vance requiriera los servicios de la firma que él mismo intentó ignorar durante media década.
Alaric arqueó una ceja y se acercó a la silla frente al escritorio. No esperó a ser invitado; se sentó con una naturalidad que hizo que el espacio personal de Isolde se sintiera invadido. El olor de su colonia, una mezcla de sándalo y lluvia, llenó los pulmones de la mujer, recordándole cosas que no tenía derecho a recordar.
—No vengo por cortesía, ni por nostalgia —dijo él, colocando una carpeta negra sobre el escritorio—. Vengo porque eres la mejor en lo que haces. Y necesito a la mejor para cerrar un capítulo que debería haberse cerrado hace mucho.
Isolde observó la carpeta como si fuera una serpiente venenosa.
—Si buscas el divorcio de nuestro matrimonio, Alaric, te recuerdo que en este estado se considera abandono después de un año. Podrías haberlo hecho por correo desde cualquier parte del mundo donde estuvieras escondido.
Alaric soltó una risa seca, un sonido carente de humor.
—Oh, no me malinterpretes. Esto no es sobre nosotros. Bueno, no directamente. —Él abrió la carpeta y deslizó un documento hacia ella—. Quiero que lleves el caso de divorcio de Catalina.
El nombre golpeó a Isolde como un golpe físico. Catalina. La mujer que había aparecido en los tabloides junto a él en Europa solo meses después de su desaparición. La mujer que, según los rumores, había sido la razón por la cual él nunca regresó a casa. Ver ese nombre en un documento legal, frente a ella, era una humillación que no había previsto.
—¿Quieres que yo... la mujer que dejaste plantada tras el altar, represente a tu amante para que ella pueda liberarse de su actual marido y estar contigo? —Isolde dejó escapar una risa amarga, cerrando la pluma con un clic violento—. Tu arrogancia no tiene límites, Alaric. Vete de mi oficina. Ahora.
—No es arrogancia, es pragmatismo —respondió él sin inmutarse, inclinándose hacia adelante—. Catalina está atrapada en un contrato matrimonial blindado con un hombre que no le dará nada. Tú eres la única capaz de encontrar las grietas en ese contrato. Hazlo, y te daré lo que quieras.
—Lo que quiero es que desaparezcas como lo hiciste aquella noche —espetó ella, sintiendo por primera vez que el control se le escapaba de las manos—. No necesito tu dinero, ni tu caso, ni tu presencia.
Alaric se puso de pie, rodeando el escritorio con una lentitud depredadora. Isolde se mantuvo en su sitio, aunque su corazón latía con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas. Él se detuvo justo a su lado, lo suficientemente cerca como para que ella pudiera sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—¿Estás segura de eso, Isolde? —susurró él, bajando la voz hasta convertirla en una caricia peligrosa—. He estado observando. Tu firma es exitosa, tu vida parece resuelta... pero siempre hay algo que falta, ¿verdad? Ese silencio en tu casa cuando llegas por la noche.
Isolde se puso de pie de un salto, quedando cara a cara con él. La diferencia de altura la obligaba a mirar hacia arriba, pero sus ojos no vacilaron.
—No sabes nada de mi vida. No tienes derecho a hablar de mi casa ni de lo que falta en ella.
—Tengo el derecho que me da este anillo —dijo él, señalando con la mirada la mano de Isolde.
Ella seguía usando una alianza en la mano derecha, no por amor, sino como un escudo para evitar preguntas en el mundo de los negocios. Se sintió expuesta, desnuda ante su escrutinio.
—Firma aquí, Alaric —dijo ella, sacando de su cajón un sobre que había tenido preparado durante tres años—. Firma los papeles de nuestro divorcio. Tu felicidad con ella me importa un carajo. Hazlo y no vuelvas a pisar este edificio.
Él miró el sobre con desdén. Luego, volvió a fijar sus ojos grises en los de ella.
—Lo haré —dijo él, y por un segundo, Isolde sintió un alivio que le supo a ceniza—. Pero con una condición. Un intercambio justo.
—¿Qué condición?
—Pasa una última noche conmigo. Como mi esposa. Sin abogados, sin reproches, sin el pasado estorbando. Una noche para decir adiós de verdad. Si lo haces, firmaré esos papeles y te daré la libertad que tanto dices desear. Si no... me encargaré de que este divorcio sea un infierno legal que dure décadas.
Isolde sintió que el aire se volvía escaso. La propuesta era cruel, innecesaria y profundamente ofensiva. Lo odió en ese momento con una intensidad que la asustó. Lo odió por su regreso, por su exigencia y por la forma en que sus ojos parecían ver a través de todas sus defensas.
—Eres un monstruo —susurró ella.
—Soy un hombre que sabe lo que quiere, Isolde. Y ahora mismo, quiero el cierre que no tuvimos. Tienes veinticuatro horas para decidir. Si aceptas, nos vemos mañana en el ático de la Quinta Avenida. El que compramos... el que nunca llegamos a estrenar.
Alaric se dio la vuelta y caminó hacia la puerta sin mirar atrás. Su salida dejó un vacío cargado de electricidad y el eco de una amenaza que Isolde sabía que él cumpliría.
Cuando la puerta se cerró, Isolde se dejó caer en su silla. Sus manos temblaban de forma incontrolable. Se llevó una mano al pecho, tratando de calmar su respiración. "El silencio entre dos latidos", pensó con ironía amarga. Durante cinco años, el único latido que le importaba era el de su hijo, el pequeño que dormía en la habitación de al lado de la suya, ajeno al hecho de que su padre acababa de irrumpir en su mundo como un huracán.
Se odió por sentir que, a pesar del odio, el roce de la mirada de Alaric había despertado una chispa de algo que creía muerto. Se odió por considerar, aunque fuera por un segundo, la posibilidad de aceptar.
Pero entonces, el teléfono de su oficina sonó de nuevo. No era la secretaria. Era la línea privada de la guardería de su hijo.
—¿Dígame? —respondió Isolde, su voz quebrándose.
—¿Señora Thorne? Soy la enfermera de la escuela. Julian ha tenido otro colapso. Necesitamos que venga de inmediato. Ya hemos llamado a la ambulancia.
El mundo de Isolde, que ya se tambaleaba por el regreso de Alaric, terminó de desmoronarse. El secreto que había guardado con tanto celo, la vida que había protegido del hombre que acababa de salir por esa puerta, estaba ahora en peligro. Y mientras corría hacia el ascensor, una comprensión aterradora se instaló en su mente: para salvar a Julian, para pagar los tratamientos que su seguro ya no quería cubrir y para acceder a los especialistas que solo el apellido Vance podía convocar, tendría que entrar de nuevo en la boca del lobo.
El contrato frío sobre su escritorio no era el único que la ataba. El destino, con una ironía sangrienta, acababa de escribir su propia cláusula.
Isolde apretó los puños mientras las puertas del ascensor se cerraban. El juego había comenzado, y ella no tenía más opción que jugar, incluso si el precio era su propia alma.
La luz en la finca de Bedford tenía una cualidad artificial, incluso cuando el sol lograba filtrarse a través de los espesos bosques de Westchester. Isolde se despertó con el sonido persistente de la lluvia golpeando contra los cristales blindados, un repiqueteo rítmico que parecía burlarse de la agitación que sentía en su interior. Aquel era el quinto día desde que se había iniciado la fase crítica de la estimulación ovárica, y su cuerpo ya no se sentía como propio. Era un mapa de sensaciones nuevas y dolorosas: la presión constante en el bajo vientre, la sensibilidad extrema de su piel y una neblina mental que la hacía sentir como si estuviera caminando a través de melaza.Se incorporó en la cama, sintiendo cómo el mundo giraba levemente. En la mesita de noche, junto a un vaso de agua con electrolitos, descansaba una pequeña tarjeta con el emblema de la Fundación Vance. No tenía que abrirla para saber que era un mensaje de Alaric. Él no entraba en su habitación por las mañanas, resp
El despertar en la finca de Bedford trajo consigo una claridad dolorosa, una de esas mañanas donde la luz del sol parece demasiado brillante para los ojos que han llorado en la oscuridad. Isolde se despertó con una sensación de pesadez en las extremidades, una consecuencia directa del cóctel hormonal que la Dra. Sterling le había administrado la noche anterior. Su cuerpo se sentía extraño, una vasija que empezaba a desbordarse de sensaciones ajenas: una náusea persistente, un calor inusual en la piel y una sensibilidad a flor de piel que convertía el roce de las sábanas de seda en una agresión.Se levantó con dificultad y caminó hacia la habitación contigua, donde Julian descansaba. Al abrir la puerta, se detuvo en seco. Alaric estaba allí. No estaba de pie como un guardián, sino sentado en el borde de la cama, sosteniendo un libro de cuentos ilustrados. Julian estaba despierto, apoyado contra las almohadas, observando al hombre frente a él con una curiosidad que mezclaba la inocencia
El trayecto hacia la finca de Bedford se convirtió en un ejercicio de resistencia psicológica. El paisaje urbano de Nueva York, con sus rascacielos que arañaban el cielo gris y su asfalto agrietado, fue dando paso gradualmente a la frondosidad de Westchester. Sin embargo, para Isolde, la belleza de los árboles teñidos por el otoño no ofrecía consuelo; cada rama parecía una silueta vigilante y cada claro en el bosque una oportunidad para una emboscada. Dentro del SUV, el silencio era tan denso que podía sentirse en los oídos, roto únicamente por el zumbido de los neumáticos y las intermitentes comunicaciones de radio de Marcus, que informaba de la posición del helicóptero de Julian con la precisión de un controlador aéreo.Alaric no había vuelto a guardar el arma por completo; la mantenía en el compartimento central, al alcance de su mano derecha. Su perfil, recortado contra la luz cambiante del exterior, era una lección de estoicismo. Isolde lo observaba de reojo, tratando de reconcil
El aire en el pasillo de la séptima planta del Hospital Presbiteriano se había vuelto denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Isolde se erizara. No era solo la anticipación del peligro, sino la atmósfera que Alaric Vance creaba a su alrededor: una burbuja de autoridad absoluta que parecía suspender las leyes de la física y la moralidad común.Isolde caminaba detrás de él, observando la amplitud de sus hombros bajo la camisa blanca, ahora arrugada y con manchas de sudor que delataban la noche en vela. Se sentía como si estuviera siguiendo a un general hacia una batalla que ella no había pedido, pero de la cual era el premio principal. A su lado, Marcus se comunicaba mediante un auricular apenas visible, su rostro una máscara de piedra que no revelaba ni una pizca de emoción humana.—Señor, el perímetro exterior está comprometido por los medios, pero hemos detectado dos vehículos no identificados bloqueando la salida de emergencia del nivel B
El hospital presbiteriano, una mole de piedra y cristal que solía ser un faro de esperanza en el Upper East Side, se había transformado, bajo la voluntad de Alaric Vance, en un tablero de ajedrez donde las reglas de la medicina tradicional estaban siendo borradas con la misma eficiencia con la que se borra una deuda en un paraíso fiscal.Isolde observaba desde el rincón de la suite cómo Alaric operaba. No era una visión agradable, pero sí fascinante. Alaric no pedía; decretaba. Su teléfono satelital parecía una extensión de su brazo, y su voz, aunque nunca subía de tono, tenía la cualidad de un trueno lejano que anunciaba una tormenta inevitable. Estaba de pie frente a la mesa de juntas improvisada, rodeado de pantallas que mostraban gráficos de hematología y cotizaciones bursátiles en tiempo real.—No me hable de protocolos de la FDA, Dr. Aris —decía Alaric, su mirada fija en el jefe de oncología pediátrica—. Los protocolos están diseñados para la mediocridad y la protección legal. M
El trayecto desde la suite de Julian hasta la sala de conferencias privada del hospital parecía un recorrido por las entrañas de un laberinto diseñado por el propio Alaric. Isolde caminaba a su lado, manteniendo una distancia prudencial, consciente de que cada roce de sus abrigos, cada cruce de miradas, era una chispa en un polvorín. El hospital, a esa hora de la mañana, bullía con una actividad frenética que contrastaba con el silencio sepulcral que emanaba de Alaric. Él no hablaba; simplemente abría puertas y marcaba el paso, con Marcus siguiéndolos a unos metros como una sombra de granito.Finalmente, entraron en un despacho revestido de maderas oscuras y luz tenue, un oasis de sobriedad clásica en medio de la frialdad médica. Alaric cerró la puerta y, por un momento, el único sonido fue el zumbido del aire acondicionado y el pulso acelerado de Isolde.—Me pediste la verdad, Isolde —empezó Alaric. Se acercó a un mueble bar de cristal y se sirvió un vaso de agua con manos que, por p
Último capítulo