Mundo ficciónIniciar sesiónElla perdió un matrimonio. Él está a punto de perderlo todo. Tras un divorcio devastador y una traición que mancha su nombre, Vega de la Torre queda atrapada en un conflicto empresarial que jamás buscó. Un contrato multimillonario es destruido por el hombre que la humilló… y la consecuencia recae sobre ella. Alonso Trovatto, heredero de un poderoso conglomerado, enfrenta un ultimátum implacable: casarse en menos de dos días o entregar la empresa que construyó con esfuerzo a un enemigo sin escrúpulos. La solución es tan fría como peligrosa: un matrimonio por contrato. Un acuerdo sin amor. Sin promesas. Sin espacio para la debilidad. Ella acepta para sobrevivir. Él acepta para proteger su imperio. Y ambos creen tener el control… hasta que la convivencia, los silencios compartidos y las heridas del pasado comienzan a derrumbar las cláusulas más firmes.
Leer más—Cuatro semanas de embarazo—
Escuchar aquellas palabras de labios de Dafne me dejó sin rastro de sangre en el rostro. La familia Trovatto me rodeaba en un círculo cerrado, observándome con una atención incómoda. Buena entrada, Vega, me dije con amargura. Estaba embarazada de mi esposo, el mismo que me obligó a casarme con él. Del hombre más cruel y déspota de toda la región de Alborada. —Contrato— PRESENTE Me llevé el rostro entre las manos, exhausta. Aún quedaban muchos documentos por analizar y contratos que corregir. El cansancio se reflejaba en mis párpados pesados. —Señora vicepresidenta, debería ir a descansar —la voz de mi asistente me obligó a levantar la cabeza. —No podemos descansar cuando tenemos al tirano CEO a escasos metros de nosotros —le respondí a la mujer, tan cansada como yo. —El presidente abandonó las instalaciones hace más de una hora —informó Silvia. Silvia estaba conmigo desde la universidad. Nadie había sabido ver su potencial, nadie excepto yo. Por eso la nombré mi asistente personal, y hasta el día de hoy seguía siendo la más brillante de todos. —Eso no indica que debamos bajar la guardia. Uno sigue hasta que el cuerpo no da más. —Mi señora, usted no tiene por qué esforzarse tanto. Debería dejar que el presidente— —No hay ninguna posibilidad de que yo comparta demasiado tiempo en un mismo lugar con Theodore Scalyne. Pero ¿a quién pretendía engañar? Estaba enamorada de él desde hacía años. Aunque ahora ese amor había perdido intensidad, Theodore seguía ocupando un lugar frágil en mi corazón. Nadie debía saberlo. Este matrimonio era arreglado. Sin sentimientos. Al menos no de su parte. Se había casado conmigo únicamente para que Paola Montero regresara a su lado. Y funcionó. Ella volvió… y yo quedé relegada, convertida en una simple sustituta. —Será mejor que vaya a descansar, señora —insistió Silvia. Asentí. Me puse de pie, tomé mi bolso y me despedí. No tenía sentido matarme trabajando mientras mi esposo gastaba las ganancias con el amor de su vida. Al llegar a mi departamento, la nostalgia me invadió. Habían pasado muchos años desde la muerte de mis padres, y aun así el dolor seguía tan vivo como el primer día. Recordé el momento en que reconocí sus cuerpos, una herida que jamás cerró. Tenía veinticinco años y entendí que el dolor no desaparece… solo aprendes a convivir con él. Después de mi matrimonio, creí —ingenuamente— que quizá podría enamorar a Theodore. Pero aquello no fue más que un sueño. La vuelta de Paola lo confirmó: yo era prescindible. El contrato matrimonial duraba doce meses. Faltaban treinta días. Durante ese tiempo, Theodore jamás habló conmigo. A pesar de que yo llevaba la vicepresidencia de su empresa, nunca me tuvo en cuenta. Era como si fuera un adorno más. Incluso me envió a vivir a un departamento lejos de él. Ni siquiera quería verme. Me acosté con esos pensamientos, sabiendo que ya nada cambiaría. Finalmente, el sueño me venció. Desde el momento en que abrí los ojos, sentí que aquel día traía algo oscuro, algo que atormentaba mi espíritu. Tomé café mientras me acomodaba en mi asiento, hasta que escuché pasos firmes en los pasillos de la empresa. Maldición. Sabía que eran los guardaespaldas de Theodore. —Señora, el CEO se dirige al área de vicepresidencia —confirmó Silvia. Theodore solía ignorar este piso. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y la imponente figura de mi marido entró en mi campo de visión. Elegante como siempre, pero con el comportamiento de un ogro. —Hoy tendrás una reunión importante en el Hotel Scalyne con los miembros de Trovatto Group —ordenó con desprecio. —Se supone que es usted quien tendría esa reunión —respondí. Esa había sido la solicitud de Trovatto Group. —Estoy diciendo que irás tú. ¿Eres sorda? —espetó—. Estaré con mi mujer esta noche. Paola está enferma. Sus palabras siempre herían. Pero esta vez me molestó que pusiera su empresa en segundo plano. —Yo también tengo una reunión esta noche, no puedo posponerla. Es con— —Espero buenos resultados de Trovatto Group, Vega. Se marchó sin más. Silvia quedó rígida, como si temiera respirar. Mi marido era dominante y acostumbrado a imponer su voluntad. —No te asustes —la tranquilicé—. Ya sabemos cómo es. —Señora, la reunión con los Tucson es tan importante como la de Trovatto. Si fallamos con ellos, tendremos serios problemas. —Alonso Trovatto es el CEO de Trovatto Group. Comunícate con su asistente. Dile que Vega Scalyne, vicepresidenta y esposa de Theodore Scalyne, desea adelantar la reunión. —Señora, todos dicen que Alonso— —Hazlo, Silvia. Sé lo que hago. Y lo sabía. Alonso era amigo cercano de mi padre… y mío. Guardaba un secreto: estaba segura de que me recibiría. Cuando Silvia salió, me masajeé la frente. Theodore me provocaba un agotamiento emocional insoportable. No había razón para seguir albergando sentimientos hacia él. Solo esperaba que mi corazón se enfriara antes del divorcio. Cinco minutos después, Silvia regresó con el semblante cambiado. —Señora, el señor Alonso la espera en el restaurante acordado para el almuerzo de mañana… pero la espera ahora. —Te lo dije —dejé escapar una leve sonrisa. Continué trabajando hasta la hora indicada. —El chófer ya la espera —avisó Silvia. Tomé mi bolso y salí. Hacía tiempo que no veía a Alonso. Sentí una mirada intensa quemando mi nuca. Conocía esa sensación. Theodore me observaba, pero no me importó. Al llegar al restaurante, Alonso se puso de pie. Era alto, atractivo, de ojos ámbar, elegante. Uno de los hombres más poderosos de Bella Vista y del continente. Sin embargo, algo en él había cambiado. —Buenas tardes, señora Scalyne —saludó con cortesía, aunque lo sentí distante. No era el Alonso que recordaba. —Es un placer, Alonso —respondí con profesionalismo. —De hecho, estaba esperando al insufrible de tu marido esta noche y para el almuerzo de mañana —dijo—, pero cuando tu asistente se comunicó conmigo no dudé en aceptar. Prefiero negociar contigo que con Theodore, aunque mi padre solicitó que la reunión fuera exclusivamente con él. Seguía convencida de que algo había cambiado. —Créeme, te hice un gran favor. Alonso sonrió, una sonrisa fría. —En ese caso, debo recompensar el favor, señora Scalyne. Su acento cambió. No recordaba que Alonso tuviera acento inglés. —Deberías llevarme a Cancún —dije, medio en broma. Sonrió, pero sus ojos permanecieron inexpresivos. —Nos iremos en su momento. Aquella respuesta confirmó mis sospechas, pero desistí de indagar. Cuando el reloj marcó las quince horas, el conglomerado Scalyne y Trovatto Group firmaron un acuerdo multimillonario. Alonso Trovatto era un empresario digno de admirar. Incluso podía destronar a Theodore en más de un sentido… y no era ciega. Tras su partida, respiré aliviada. El proyecto estaba asegurado y Theodore no tendría motivos para molestarme. Al volver a la empresa y abrir la puerta de mi oficina, me llevé una sorpresa: Theodore estaba allí. —¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté con más dureza de la esperada. —Esta es mi empresa. ¿Dónde estuviste, Vega? —Asuntos de trabajo, señor presidente —respondí con calma. —Daremos fin al matrimonio. Paola está esperando un hijo mío —dijo sin rodeos—. Mi hijo nunca será un bastardo. Nuestro matrimonio ha terminado. Firma el documento de divorcio.La habitación estaba sumergida en una penumbra azulada.La luna, insolente y silenciosa, se filtraba entre las cortinas de lino, dibujando sombras alargadas sobre las paredes claras. Vega yacía boca arriba, con las manos entrelazadas sobre el abdomen, mirando un punto fijo en el techo que no le devolvía ninguna respuesta.No podía dormir.El colchón era cómodo, demasiado. Las sábanas suaves, impecables. Todo en esa villa parecía diseñado para envolver, para engañar a los sentidos… pero no al alma. Y la suya estaba inquieta. Revuelta.Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera borrar la imagen de Alonso en la cocina. Su cercanía. Su voz baja. La manera en que su presencia llenaba el espacio sin pedir permiso.No debía afectarle.Se lo repitió en silencio, como un mantra frágil.No debía.Pero lo había hecho.No por deseo —se dijo—, sino por la intensidad con la que él existía. Alonso Trovatto no era un hombre que pasara desapercibido. No sabía estar en segundo plano. No sabía no do
La noche cayó sobre la Villa del Roble sin hacer ruido. Vega lo notó por el cambio en la luz, por el silencio que se volvía más denso a cada minuto, por esa sensación incómoda de estar siendo observada aun cuando no había nadie. Pasó la tarde entre libros que no leyó, ventanas que abrió solo para volver a cerrar y pensamientos que no la dejaron en paz. Alonso no había aparecido. Y, contra toda lógica, eso no la tranquilizaba del todo. Cenó poco. Algodón se acomodó cerca de sus pies, como si intuyera que ella necesitaba algo tibio y leal. Cada tanto, Vega miraba el reloj, molesta consigo misma por hacerlo. No le debía nada. No tenía por qué esperarlo. Aun así, cuando el sonido grave de un motor rompió el silencio exterior, su cuerpo se tensó antes de que su mente pudiera reaccionar. Había llegado. El clic metálico del portón, el eco de pasos firmes atravesando la casa… Alonso Trovatto siempre entraba como si el mundo tuviera que hacerse a un lado para dejarlo pasar. Vega respir
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando abrí los ojos por enésima vez. El silencio de la Villa del Roble era tan denso que parecía un ruido constante, como un zumbido que no se iba nunca. Mañana era domingo. Un domingo distinto a todos los que había conocido. Los domingos, antes, eran días de espera. De ilusión inútil. Cerré los ojos con fuerza y, como siempre, Theodore apareció. Joven. Impecable. Inalcanzable. Recordé cómo me había esforzado por ser suficiente. Cómo había creído —con una ingenuidad que ahora me avergonzaba— que el amor se construía si una insistía lo bastante. Que podía conquistarlo con paciencia, con lealtad, con silencio. Qué estúpida fui. Recordé sus desprecios disfrazados de indiferencia. Sus humillaciones públicas. Las noches en que dormí sola en una cama matrimonial mientras él estaba “ocupado”. Las veces que me miró como si yo fuera un error administrativo. Negué con la cabeza, como si así pudiera sacarlo de mi mente. No. No iba a permiti
Avancé por el pasillo del Conglomerado Scalyne. Había pocos empleados; los saludé con cortesía y me encerré en mi oficina. Cerré con llave. La confianza se había evaporado por completo después de lo ocurrido con Theodore. Era sábado. Él nunca aparecía ese día. Siempre había sido así, y no había motivos para que cambiara. Dos horas después miré el reloj de mi muñeca. No quedaba nada que hacer. Tomé mi bolso, salí de la empresa y pedí un taxi. Mi destino fue inmediato y casi instintivo: la casa de mis padres. El único lugar que aún me devolvía algo parecido a una identidad. El único refugio que me quedaba. No tenía hambre. Lo que necesitaba era silencio. Orden. Aire. Pero el tono del teléfono rompió ese frágil equilibrio. Mi cuerpo se puso rígido al ver la pantalla: Theodore. Ignoré la llamada. Durante años había anhelado que me buscara, que me llamara, que se interesara. Ahora no. Ya no. Estábamos divorciados. Incluso dentro del matrimonio me había engañado. Había embarazado a Pa
Salí de la habitación siguiendo el camino que Alonso me había indicado. La casa estaba en silencio absoluto. Solo una lámpara lunar, tenue y solitaria, permitía distinguir las sombras. —¿Buscas la manera de escapar? Me sobresalté. Su voz grave me recorrió la piel como un escalofrío. Me giré de inmediato. Alonso estaba detenido en el penúltimo escalón, inmóvil, con esos ojos ámbar clavados en mí. —Deberías pensar en alimentar a tu esposa… —dijo con calma cruel. Fruncí el ceño antes de responder; él imitó el gesto, como si el desafío le resultara entretenido. —¿O pretendes que muera de hambre? —añadí, forzándome a sostener la compostura—. Facilítame al menos un recorrido por tu casa. Si no tuviera hambre, no estaría aquí. —Te guiaré a la cocina. No fue una invitación. Avanzó, y yo lo seguí. Al encender las luces me quedé sin palabras. La cocina era enorme, más grande que muchos departamentos. —Es toda tuya —sentenció. —¿Por qué es tan grande? —pregunté, sin pensar. Alonso se
—Andrea, que tengas un buen día —intervino Alonso, dando por terminado el encuentro. Sin decir nada más, continuó su camino. Yo lo seguí. Cuando la puerta del ascensor se cerró, la incomodidad se volvió casi palpable. El espacio parecía reducirse aún más por su presencia. Alonso imponía en todos los sentidos, y yo me sentía pequeña frente a él. Guardamos silencio hasta llegar al estacionamiento privado. Pensé, por un instante, en buscar una salida, alguna forma de escapar, pero mis pensamientos se quebraron cuando sentí sus manos frías sujetando mi muñeca. —No hay escapatoria —dijo. Por un segundo me perdí en sus ojos. Luego me soltó y abrió la puerta del Jeep. No tuve más opción que imitarlo. Minutos después, el vehículo ya avanzaba por las avenidas de Alborada, rodeadas de edificios imponentes que pasaban frente a mí sin que realmente los viera. No volví a mirarlo hasta que distinguí el edificio del Registro Civil. El sudor empapó mis manos. Giré el rostro hacia Alonso, pero
Último capítulo