El trayecto al hospital en el vehículo de Alaric no fue un viaje, fue un descenso a un silencio asfixiante, solo interrumpido por el rugido del motor del deportivo negro que devoraba las avenidas de Manhattan. Alaric conducía con una precisión quirúrgica y una agresividad contenida, saltándose semáforos con la autoridad de quien se siente dueño de las calles.
Isolde estaba hundida en el asiento del copiloto, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus uñas se clavaban en el dorso de su