Mundo ficciónIniciar sesiónEl trayecto al hospital en el vehículo de Alaric no fue un viaje, fue un descenso a un silencio asfixiante, solo interrumpido por el rugido del motor del deportivo negro que devoraba las avenidas de Manhattan. Alaric conducía con una precisión quirúrgica y una agresividad contenida, saltándose semáforos con la autoridad de quien se siente dueño de las calles.
Isolde estaba hundida en el asiento del copiloto, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus uñas se clavaban en el dorso de su piel. Su mente era un torbellino de imágenes: Julian sonriendo, Julian sin aire, y ahora, Alaric al volante. El hombre que ella había intentado borrar de la existencia de su hijo estaba allí, llenando el habitáculo con una presencia que lo alteraba todo.
—¿Por qué? —La pregunta de Alaric cortó el aire como un látigo. No apartó la vista de la carretera, pero su perfil se veía tenso, las venas de su cuello marcadas por la presión.
—¿Por qué qué, Alaric? —respondió ella, agotada, mirando por la ventanilla las luces borrosas de la ciudad.
—¿Por qué me lo ocultaste? Podrías haberme buscado. Podrías haber enviado un maldito mensaje a través de cualquier contacto. Sabías que yo nunca… —Se calló, apretando el volante hasta que el cuero crujió.
—¿Sabía qué? —Isolde se giró hacia él, su voz cargada de una amargura que finalmente encontraba salida—. ¿Sabía que me dejarías sola en una habitación de hotel tras jurarme amor eterno? ¿Sabía que pasarías cinco años recorriendo el mundo con una amante mientras yo lidiaba con fiebres nocturnas y análisis de sangre que no podía pagar? No me vengas con derechos de padre ahora, Alaric. Tú renunciaste a todo cuando cerraste esa puerta en Venecia.
—No tienes idea de lo que dices —rugió él, tomando una curva con una violencia que hizo que los neumáticos chirriaran—. No tienes ni la más mínima idea de los monstruos que tuve que mantener alejados de ti. Creíste que era una huida, pero fue una guardia.
—¡Pues tu guardia nos dejó desamparados! —le gritó ella—. Julian ha crecido sin saber lo que es un abrazo de su padre porque su padre prefirió ser un fantasma.
Alaric frenó en seco frente a la entrada de emergencias de la clínica. El impacto del cinturón de seguridad contra el pecho de Isolde fue un recordatorio de la violencia emocional en la que estaban sumergidos. Él no esperó. Salió del coche y rodeó el capó, abriendo la puerta de Isolde con un tirón.
—Él no es un fantasma —dijo Alaric, su mirada clavada en la de ella, ahora más oscura que la noche—. Está vivo. Y mientras yo respire, nadie, ni siquiera tú con tu orgullo, volverá a poner un muro entre nosotros. Camina.
Entraron en el hospital como una fuerza de la naturaleza. El personal de seguridad y las enfermeras se apartaron al ver la expresión de Alaric Vance. Ya no era el cliente anónimo; era el hombre cuyo nombre figuraba en el ala de oncología y cuya fundación financiaba la mitad de los equipos de investigación del hospital.
Al llegar a la planta de cuidados intensivos pediátricos, la Dra. Vance (sin relación con Alaric, pero con una mirada que denotaba que conocía bien quién era el hombre que acababa de llegar) salió a su encuentro.
—Sra. Thorne, qué bueno que llegó. El niño está... —La doctora se detuvo al ver a Alaric—. Sr. Vance. No sabía que estaba en el país.
—Doctora, quiero un informe completo. Ahora —exigió Alaric, ignorando cualquier protocolo—. ¿Cuál es el estado de Julian?
La doctora miró de Isolde a Alaric, captando la electricidad estática que vibraba entre ellos.
—Ha tenido una crisis hemolítica severa. Los especialistas que usted envió están estabilizándolo, pero la insuficiencia cardíaca es una amenaza real. Necesita un trasplante de médula compatible, y lo necesita en los próximos días, no meses.
Isolde sintió que sus rodillas flaqueaban. Se apoyó contra la pared fría del pasillo, cerrando los ojos. El mundo se volvía negro. Pero antes de caer, sintió un brazo firme y cálido rodeando su cintura, sosteniéndola con una fuerza inquebrantable.
—No te atrevas a desmayarte ahora, Isolde —susurró Alaric contra su oído, su voz una mezcla extraña de reproche y protección—. El niño nos necesita a ambos.
Él la guio hacia el ventanal de la unidad de observación. A través del cristal, Isolde vio la pequeña figura de Julian. Estaba rodeado de máquinas, con tubos que parecían demasiado grandes para su cuerpo frágil. Tenía el cabello oscuro revuelto sobre la almohada y sus pestañas largas proyectaban sombras sobre sus mejillas pálidas.
Alaric se quedó inmóvil frente al cristal. Sus dedos tocaron la superficie transparente, justo donde, al otro lado, estaba la mano de Julian. Por primera vez en toda la noche, la máscara de Alaric se rompió por completo. Sus hombros se hundieron y su respiración se volvió pesada, entrecortada.
—Es igual a las fotos de mi abuelo —murmuró Alaric, y hubo una ternura tan cruda en su voz que Isolde sintió que su propio odio flaqueaba—. Tiene mis manos. Maldita sea, Isolde... tiene mis manos.
—Se llama Julian —dijo ella suavemente, acercándose un paso, aunque sin tocarlo—. Julian Alaric Thorne.
Alaric se giró hacia ella. La mención de su propio nombre como segundo nombre del niño fue el golpe final. Sus ojos grises estaban empañados, pero la furia seguía allí, ardiendo bajo la superficie.
—Thorne —repitió él, con una sonrisa triste y amarga—. Se lo cambiaste. Le diste tu apellido de soltera para borrarme del mapa.
—Quería que tuviera un nombre que significara algo real, no una herencia de abandono —respondió ella, recuperando algo de su firmeza.
En ese momento, uno de los especialistas salió de la habitación, quitándose la mascarilla.
—Sr. Vance, hemos logrado estabilizar el ritmo. Pero no podemos esperar más. La compatibilidad en el banco de datos es nula para su tipo específico. Si vamos a proceder con el trasplante de emergencia, necesitamos analizarlo a usted inmediatamente. Como padre biológico, es nuestra mayor esperanza.
Alaric no dudó ni un segundo. Se arremangó la camisa, revelando el brazo donde Isolde sabía que tenía una pequeña cicatriz de su infancia.
—Hagan lo que tengan que hacer —dijo él—. Saquen lo que necesiten. Si mi sangre puede salvarlo, vacíenme si es necesario.
Miró a Isolde una última vez antes de seguir al médico hacia la sala de extracciones.
—Esta noche no se ha acabado, Isolde —sentenció él—. Julian va a vivir. Y cuando despierte, tendrá a su padre a su lado. Te guste o no, la familia Vance acaba de reclamar lo que le pertenece.
Isolde se quedó sola en el pasillo, observando cómo Alaric se alejaba. El silencio entre dos latidos se había roto, pero el estruendo de lo que venía ahora era mucho más aterrador que la soledad que había dejado atrás.







