Mundo ficciónIniciar sesiónEn la suite de la séptima planta, el silencio tenía una textura diferente a la de la unidad de cuidados intensivos. Aquí, el aire no olía solo a hospital, sino a un lujo estéril y silencioso. Alaric Vance estaba sentado en un sillón de cuero junto a la cama de Julian. Había apagado la mayoría de las luces, dejando solo el suave resplandor azulado de los monitores que vigilaban el corazón de su hijo.
Por primera vez en cinco años, Alaric no tenía un plan. No había una estrategia corporativa ni un enemigo al que abatir en las sombras de Europa. Solo estaba él y ese pequeño ser que respiraba con dificultad bajo las sábanas.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. Sus ojos, que habían intimidado a hombres poderosos en tres continentes, ahora estaban empañados por una fascinación dolorosa. Observó la nariz de Julian; era pequeña, ligeramente respingada, idéntica a la de Isolde. Pero el ceño fruncido, incluso en sueños, era suyo. Esa expresión de concentración seria que Alaric veía cada mañana en su propio reflejo.
—Julian —susurró, y el nombre se sintió extraño en sus labios, como una joya que no le pertenecía—. Julian Alaric.
Extendió la mano, deteniéndola a milímetros del brazo del niño, donde una vía intravenosa se hundía en su piel delicada. Temía que su solo contacto fuera demasiado tosco para algo tan frágil. Finalmente, dejó que la punta de sus dedos rozara la mano del pequeño.
La piel de Julian estaba caliente, un poco seca por la fiebre. En ese instante, una descarga de realidad golpeó a Alaric en el pecho con más fuerza que cualquier bala. Este niño era real. No era un concepto legal, ni una pieza de información en un informe de Marcus. Era su sangre. Eran sus años perdidos. Eran todas las canciones de cuna que nunca cantó y todas las caídas que no presenció.
—Llego tarde, ¿verdad, pequeño? —murmuró Alaric, su voz rompiéndose en la oscuridad—. Cinco años tarde.
Julian soltó un pequeño quejido y movió la cabeza sobre la almohada. Sus pestañas vibraron y, por un segundo, abrió los ojos. Eran grandes, oscuros y desenfocados por la medicación, pero buscaron instintivamente la figura que estaba a su lado.
Alaric se quedó petrificado. El hombre que no temía a nada sintió que el corazón se le detenía. ¿Qué se supone que debía decir? ¿Cómo se presentaba uno ante el hijo que nunca supo que existía?
—¿Mami? —la voz de Julian era apenas un susurro rasposo.
Alaric sintió un nudo en la garganta que casi le impedía respirar. La mención de Isolde le recordó la magnitud de la traición que ambos compartían, aunque por razones distintas.
—Tu mamá volverá pronto, Julian —dijo Alaric, forzando una suavidad en su voz que no creía poseer—. Ella solo fue a descansar un poco. Yo... yo soy un amigo. Estoy aquí para cuidarte mientras ella llega.
Julian lo observó con la curiosidad pura de un niño. A pesar del aturdimiento, pareció detectar algo familiar en el hombre sentado a su lado. No lloró, ni se asustó. Simplemente estiró un dedo y tocó la mano de Alaric que descansaba sobre la barandilla de la cama.
—Tienes la mano grande —observó Julian con voz débil, cerrando los ojos de nuevo—. Como el gigante de mi cuento.
—Soy un gigante que va a protegerte de todo, pequeño —prometió Alaric, cerrando su mano alrededor de la de su hijo con una delicadeza infinita—. Duerme. No dejaré que nada te pase.
Se quedó así, sosteniendo la mano de Julian durante lo que parecieron horas. En ese silencio, Alaric tomó una decisión. No importaba lo que Isolde dijera, ni cuánto odio le profesara. Él no volvería a ser un fantasma. Si tenía que comprar cada hospital del país, si tenía que enfrentarse a la propia muerte para salvar a este niño, lo haría.
Pero mientras observaba el rostro tranquilo de su hijo, una sombra cruzó su mente. Catalina. El divorcio falso. Las amenazas que lo habían obligado a huir en primer lugar. Su regreso no era seguro para ellos, y sin embargo, ya no podía irse. Había probado el peso de la mano de su hijo sobre la suya y eso lo había encadenado a Nueva York de una manera que ningún contrato podría igualar.
Escuchó el sonido sutil del ascensor abriéndose en el pasillo privado. Isolde estaba de vuelta.
Alaric soltó lentamente la mano de Julian y se puso de pie, recuperando su máscara de frialdad justo antes de que la puerta se abriera. Cuando Isolde entró, lo encontró de pie junto al ventanal, observando la ciudad con la misma expresión impenetrable de siempre.
—¿Se ha despertado? —preguntó ella de inmediato, corriendo hacia el lado de la cama.
—Un momento —respondió Alaric sin mirarla—. Preguntó por ti. Se volvió a dormir enseguida.
Isolde suspiró de alivio, acariciando el cabello de su hijo. Al ver la conexión entre ellos, Alaric sintió una punzada de envidia y admiración. Ella lo había hecho todo sola. Había sido el mundo entero para Julian.
—Gracias por quedarte —dijo ella en voz baja, sin levantar la vista.
—No me agradezcas algo que es mi obligación, Isolde.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero ya no era un silencio de vacío. Era un silencio cargado de las preguntas que Alaric no podía hacer y de las verdades que Isolde no quería escuchar.
En ese momento, la puerta de la suite se abrió de nuevo. El Dr. Aris y la Dra. Miller entraron con una carpeta en la mano. Sus rostros eran graves, profesionales, pero había algo en sus ojos que hizo que Isolde se levantara y Alaric se tensara.
—Tenemos los resultados de la prueba de compatibilidad —anunció el Dr. Aris.
Alaric dio un paso al frente, su presencia llenando la habitación. —Díganlo de una vez.







