Capítulo 72
El estruendo del impacto de Alaric contra los muros de la villa resonó como el tañido de una campana fúnebre, pero el silencio que siguió fue aún más aterrador. Isolde, suspendida en esa luz violeta que parecía succionar el oxígeno de sus pulmones, vio cómo el hombre que amaba se desplomaba entre nubes de polvo y fragmentos de piedra caliza. El erotismo de su conexión, ese hilo de plata que siempre los mantenía unidos, vibró con un espasmo de agonía que la hizo gritar, aunque de su