El trayecto al hospital en el vehículo de Alaric no fue un viaje, fue un descenso a un silencio asfixiante, solo interrumpido por el rugido del motor del deportivo negro que devoraba las avenidas de Manhattan. Alaric conducía con una precisión quirúrgica y una agresividad contenida, saltándose semáforos con la autoridad de quien se siente dueño de las calles.Isolde estaba hundida en el asiento del copiloto, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus uñas se clavaban en el dorso de su piel. Su mente era un torbellino de imágenes: Julian sonriendo, Julian sin aire, y ahora, Alaric al volante. El hombre que ella había intentado borrar de la existencia de su hijo estaba allí, llenando el habitáculo con una presencia que lo alteraba todo.—¿Por qué? —La pregunta de Alaric cortó el aire como un látigo. No apartó la vista de la carretera, pero su perfil se veía tenso, las venas de su cuello marcadas por la presión.—¿Por qué qué, Alaric? —respondió ella, agotada, mirando por la ven
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