El sonido del teléfono era un martilleo incesante que fracturaba la atmósfera cargada del dormitorio. Isolde tenía el aparato entre sus manos temblorosas, pero no se atrevía a deslizar el dedo por la pantalla. El miedo era una garra en su garganta. Si contestaba, la realidad entraría en esa habitación y destruiría la última barrera de su dignidad. Si no lo hacía, el silencio podría costarle la vida a su hijo.
—Contesta, Isolde —la voz de Alaric llegó desde detrás de ella, ya no seductora, sino