Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido del teléfono era un martilleo incesante que fracturaba la atmósfera cargada del dormitorio. Isolde tenía el aparato entre sus manos temblorosas, pero no se atrevía a deslizar el dedo por la pantalla. El miedo era una garra en su garganta. Si contestaba, la realidad entraría en esa habitación y destruiría la última barrera de su dignidad. Si no lo hacía, el silencio podría costarle la vida a su hijo.
—Contesta, Isolde —la voz de Alaric llegó desde detrás de ella, ya no seductora, sino cortante como un bisturí.
Ella presionó el botón.
—¿Dígame? —su voz fue un hilo apenas audible.
—Sra. Thorne, es la Dra. Vance, de la unidad de cuidados intensivos —la voz al otro lado era profesional pero cargada de una urgencia que Isolde reconoció de inmediato—. El paciente ha tenido una reacción adversa a la nueva medicación. Su ritmo cardíaco es inestable y los especialistas que llegaron hace una hora están solicitando una autorización inmediata para un procedimiento invasivo. Necesitamos que esté aquí. Ahora.
—Estaré allí en diez minutos —respondió Isolde, colgando el teléfono sin esperar más.
Se giró frenéticamente, buscando su vestido en el suelo. La humillación de estar casi desnuda frente al hombre que acababa de comprar su noche se desvaneció ante el pánico maternal. Sus dedos torpes se enredaron en la tela negra.
—¿Qué está pasando? —preguntó Alaric. Se había acercado y ahora la sujetaba por los hombros, obligándola a detener su movimiento errático—. ¿Qué niño es ese, Isolde? ¿Qué "cliente" tiene a una abogada de familia temblando de esta manera por una llamada de hospital?
—No es asunto tuyo, Alaric. Déjame ir. ¡Tengo que irme! —ella intentó zafarse, pero él era una pared de músculo y determinación.
—Dijiste que los especialistas eran para un cliente. Pero la Dra. Vance acaba de llamarte a ti para una autorización. Solo los tutores legales autorizan procedimientos invasivos —Alaric la sacudió ligeramente, sus ojos grises centelleando con una comprensión feroz y dolorosa—. Mírame a los ojos y miénteme de nuevo. Dime que ese niño no es nada para ti.
Isolde levantó la vista. Sus ojos estaban anegados en lágrimas que finalmente se desbordaron, trazando surcos calientes sobre sus mejillas. El odio, el cansancio y el terror colisionaron en su pecho, provocando una explosión que no pudo contener más.
—¡Es mi hijo, Alaric! —gritó ella, y el sonido pareció desgarrar las paredes del ático—. ¡Es mi hijo y se está muriendo mientras tú juegas a los contratos y a las noches de venganza!
Alaric se quedó petrificado. Sus manos, que aún la sujetaban, se tensaron hasta que sus nudillos crujieron. El aire pareció abandonar la habitación.
—¿Tu hijo? —repitió él, su voz apenas un susurro cargado de un veneno gélido—. ¿Un hijo que tuviste con quién, Isolde? ¿Con quién me reemplazaste tan rápido?
Isolde soltó una carcajada histérica, una nota discordante que resonó en el vacío del dormitorio. Se liberó de su agarre con un empujón cargado de toda la rabia acumulada en cinco años.
—¿Reemplazarte? ¿De verdad eres tan ciego? —se acercó a él, señalándolo con un dedo acusador—. Julian tiene cuatro años y medio, Alaric. Haz la maldita cuenta. Nació exactamente ocho meses y tres semanas después de que me dejaras sola en esa cama de Venecia. No hubo nadie más. Nunca ha habido nadie más.
El silencio que siguió fue absoluto, un vacío sordo donde el tiempo pareció detenerse. Alaric retrocedió un paso, como si las palabras de Isolde hubieran sido golpes físicos. Su rostro, siempre controlado, se descompuso en una máscara de incredulidad y una agonía cruda.
—¿Me ocultaste a mi hijo? —preguntó él, y esta vez su voz vibró con una furia que hizo que Isolde diera un paso atrás—. ¿Me dejaste pudrirme en el extranjero, creyendo que no me quedaba nada, mientras criabas a un Vance en secreto?
—¡Tú nos dejaste primero! —le gritó ella—. ¡Te fuiste sin una nota, sin una explicación! ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Rogarte que volvieras por un bebé que ni siquiera sabía si querías? Julian es mío. Él no tiene nada de ti, excepto la sangre que ahora mismo lo está traicionando.
Alaric cerró los puños con tanta fuerza que sus brazos temblaron. La revelación fue como un terremoto que reordenó cada pieza de su mundo. El niño por el que él había enviado especialistas, el "caso" por el que Isolde estaba dispuesta a vender su noche... era su propia carne y sangre. Su hijo estaba a unas calles de distancia, luchando por respirar, y él había pasado las últimas horas intentando humillar a la madre.
—Vístete —dijo Alaric de repente. Su voz era plana, despojada de toda emoción, lo cual era mucho más aterrador que su grito anterior.
—Alaric...
—¡Vístete ahora mismo, Isolde! —rugió él, dándose la vuelta para recoger su propia camisa del suelo—. Vamos al hospital. Y rza para que esos especialistas sean tan buenos como dicen, porque si le pasa algo a ese niño antes de que yo pueda verlo, te juro que este ático será lo más parecido al cielo que recordarás en tu vida.
Isolde se puso el vestido con manos frenéticas, sin importarle que la cremallera quedara a medio cerrar. No había espacio para la vergüenza ahora, solo para el movimiento. Alaric ya estaba en la puerta, su figura recortada contra la luz del pasillo, irradiando un poder oscuro y una urgencia que ella nunca le había visto.
—Él no sabe quién eres —dijo Isolde mientras lo seguía hacia el ascensor—. Para él, su padre es solo una foto borrosa que nunca le mostré. No entres allí como un rey reclamando un trono, Alaric. Él está asustado.
Alaric entró en el ascensor y presionó el botón del garaje con una fuerza que casi rompe el panel. Se giró hacia ella, sus ojos grises ahora convertidos en dos trozos de pedernal.
—Él es un Vance, Isolde. Y los Vance no se asustan —dijo él, aunque sus ojos lo traicionaban con un brillo de terror puramente humano—. Pero tú y yo... nosotros tenemos una conversación pendiente que durará mil años después de que él esté a salvo.
Las puertas del ascensor se cerraron, dejando atrás el lujo del ático y sumergiéndolos en la cruda realidad de una noche que acababa de empezar a cobrarse sus deudas.







