Capitulo 5

Para mantener el ritmo de una novela de 1500 capítulos, debemos recordar que la tensión no siempre se resuelve con acción, sino con la atmósfera, los gestos y las palabras no dichas. El Capítulo 5 se sumerge en la asfixiante cercanía de esa habitación, donde el pasado y el presente chocan.


Capítulo 5

El umbral del dormitorio principal se sentía como la entrada a otra dimensión. Isolde dio un paso al frente, escuchando el eco de sus propios zapatos sobre el suelo de madera noble, un sonido que le pareció absurdamente fuerte en medio de aquel silencio cargado de electricidad. Alaric cerró la puerta a sus espaldas. El clic de la cerradura no fue violento, pero para Isolde sonó como el cierre de una trampa de la que no saldría ilesa.

La habitación estaba bañada en una luz cálida y tenue. No había rastro del polvo que debería haber acumulado un lugar abandonado durante cinco años. Todo estaba impecable: las sábanas de seda gris, las cortinas de terciopelo pesado, incluso el sutil aroma a vainilla y madera que ella misma había elegido cuando soñaba con decorar su primer hogar.

—Has mantenido este lugar —dijo Isolde, su voz apenas un susurro. Se sentía extraña, como una intrusa en su propia vida.

—Este lugar nunca dejó de esperarte —respondió Alaric. Se movió hacia ella, pero no la tocó. Se detuvo a una distancia donde ella aún podía sentir la irradiación de su calor corporal—. A diferencia de ti, Isolde, yo no soy bueno soltando lo que me pertenece.

Isolde se giró para encararlo. Su postura era rígida, los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto defensivo que Alaric conocía demasiado bien.

—No me perteneces, Alaric. Y yo no te pertenezco a ti. Lo que sea que hubo entre nosotros murió la mañana que desperté sola en esa suite de hotel en Venecia. Lo que ves ahora es solo el precio de un tratamiento médico. No lo confundas con otra cosa.

Alaric arqueó una ceja, una chispa de algo indescifrable —quizás admiración, quizás rabia— cruzó sus ojos grises.

—¿El precio de un tratamiento? —Repitió él, acortando la distancia con un paso lento—. Eres una abogada brillante, pero una mentirosa mediocre. Tu cuerpo está temblando, Isolde. Y no es solo por el "contrato". Es porque sabes que, a pesar de todo ese odio que escupes, este es el único lugar donde te sientes realmente viva.

—¡Eres un arrogante! —exclamó ella, retrocediendo hasta que sus piernas chocaron con el borde de la cama—. Crees que porque tienes dinero y poder puedes comprar los sentimientos de las personas. Crees que puedes desaparecer cinco años y volver exigiendo derechos que perdiste en el momento en que me abandonaste.

Alaric extendió una mano y, esta vez, ella no pudo evitarlo. Él tomó un mechón de su cabello oscuro y lo hizo girar entre sus dedos. El contacto fue ligero, pero Isolde sintió una sacudida que le recorrió la espina dorsal.

—No te abandoné porque quisiera, Isolde —dijo él, su voz volviéndose peligrosamente baja y ronca—. Te dejé para que pudieras seguir respirando. Pero eso es una historia para otro capítulo de nuestra miseria. Esta noche... esta noche solo me importa el ahora.

Él se acercó más, obligándola a sentarse en el borde de la cama mientras él permanecía de pie, dominando su campo de visión. La tensión era tan densa que parecía tener peso físico. Isolde podía ver el latido de la yugular en el cuello de Alaric, la intensidad de una mirada que parecía querer devorarla y protegerla al mismo tiempo.

—Quítate el vestido —ordenó él. No fue un grito, fue una instrucción tranquila, casi clínica, lo que la hacía doblemente humillante.

Isolde apretó los dientes. Sus dedos buscaron la cremallera invisible en la parte posterior de su cuello. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sujetar el pequeño cierre de metal. La frustración y la vergüenza empezaron a nublar su vista.

—Déjame... —murmuró ella, forcejeando con la tela.

—Déjame a mí —intervino él.

Alaric se arrodilló entre sus piernas, un gesto que debería haber sido de sumisión pero que en él se sentía puramente dominante. Sus manos grandes y seguras apartaron las de Isolde. Ella contuvo el aliento cuando sintió el roce de sus dedos fríos contra la piel sensible de su nuca. Con una lentitud tortuosa, Alaric bajó la cremallera. El sonido del metal deslizándose por los dientes del cierre fue lo único que rompió el silencio.

A medida que el vestido se abría, el aire fresco de la habitación golpeó la espalda desnuda de Isolde, haciéndola estremecerse. Alaric no se apresuró. Sus manos se posaron en sus hombros, recorriendo la curva de su piel con una delicadeza que ella no esperaba.

—Sigues siendo tan hermosa —susurró él contra su oído. Su aliento cálido le erizó el vello de los brazos—. Y sigues escondiendo cosas, Isolde. Puedo sentirlo en cómo late tu corazón. Está desbocado. ¿Es miedo... o es que extrañabas esto tanto como yo?

Isolde cerró los ojos con fuerza. No podía permitirse caer en su juego. No podía olvidar que este hombre era el responsable de sus noches de insomnio, de su soledad y de que su hijo estuviera luchando por su vida sin un padre a su lado.

—Extraño la versión de ti que no existía, Alaric —respondió ella, abriendo los ojos para encontrar los suyos—. El hombre que creí que eras murió hace cinco años. Tú eres solo un extraño con el que estoy haciendo un trato.

Alaric se tensó. Sus manos se cerraron un poco más firme sobre sus hombros. Por un momento, Isolde creyó ver una grieta en su máscara de hierro, una sombra de dolor que desapareció tan rápido como llegó.

—Un extraño —repitió él con una sonrisa amarga—. Bien. Veamos qué tan extraño te parezco cuando termine la noche.

Él se puso de pie, tirando suavemente de sus manos para que ella también se levantara. El vestido negro resbaló por sus hombros y cayó al suelo, dejándola en su lencería de encaje fino. Isolde se sintió vulnerable, expuesta no solo físicamente, sino emocionalmente. Alaric la estudió con una intensidad que la hizo querer cubrirse, pero mantuvo la barbilla alta.

Él comenzó a desabotonar su propia camisa, sin apartar la vista de ella. Cada botón que cedía revelaba el torso firme y marcado que Isolde recordaba haber trazado con sus dedos en noches de promesas eternas.

—Si esto es un contrato, Isolde —dijo él, arrojando la camisa sobre una silla—, asegúrate de cumplir cada cláusula. No quiero una estatua en mi cama. Quiero a la mujer que me juró odio eterno esta tarde. Muéstrame cuánto me odias. Úsalo como combustible.

Él la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. El contacto piel con piel fue como una explosión controlada. Isolde puso sus manos sobre el pecho de Alaric, con la intención inicial de empujarlo, pero sus dedos se hundieron en su piel cálida por instinto. El odio y el deseo se mezclaron en su pecho en un cóctel venenoso.

Estaban a un latido de distancia de romper el último muro. Pero justo en ese momento, el teléfono de Isolde, que había dejado en su bolso sobre la cómoda, comenzó a sonar.

Era una melodía específica. La melodía de emergencia del hospital.

Isolde se quedó petrificada en los brazos de Alaric. El mundo real, el mundo de Julian, acababa de reclamar su lugar en medio de esa burbuja de oscuridad y pecado.

—Tengo que... tengo que contestar —jadeó ella, tratando de zafarse.

Alaric no la soltó de inmediato. Sus ojos buscaron los de ella, buscando la verdad detrás del pánico que ahora inundaba el rostro de Isolde.

—¿Es el niño? —preguntó él, su voz ya no cargada de deseo, sino de una seriedad gélida.

Isolde se soltó con un tirón violento, corriendo hacia su bolso con el corazón en la garganta. Al ver la pantalla, sus peores temores se confirmaron.

—Es el hospital —dijo ella, su voz quebrándose finalmente—. Alaric, algo va mal.

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