Mundo de ficçãoIniciar sessãoAlaric Vance dejó el teléfono sobre la mesa de caoba de su estudio y se permitió un momento de debilidad: cerró los ojos y exhaló un aire que parecía haber estado retenido en sus pulmones durante media década. El ático de la Quinta Avenida, envuelto en una penumbra plateada por la luz de la luna, se sentía más como un mausoleo que como una residencia de lujo. Los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas que guardaban el eco de una vida que nunca llegó a ser.
Ella había llamado.
Había tardado menos de lo que él esperaba, y mucho menos de lo que su orgullo le dictaba. El tono de Isolde, cargado de un desprecio que casi podía saborearse, no lo había sorprendido; lo que lo había puesto en alerta fue ese quiebre casi imperceptible en su voz al final. Ese rastro de desesperación que ella intentaba camuflar tras una fachada de profesionalismo legal.
Alaric se puso de pie y caminó hacia el mueble bar. Se sirvió un whisky puro, el líquido ámbar quemándole la garganta, un dolor familiar y bienvenido. Sus ojos grises recorrieron el espacio vacío. Este lugar debía haber sido su refugio tras la boda, el nido donde construirían una dinastía. En cambio, se había convertido en el monumento a su mayor fracaso y a la mentira más necesaria de su vida.
Se acercó al ventanal. A lo lejos, las luces de los hospitales y los rascacielos de Manhattan parpadeaban. Isolde creía que él era un monstruo, un hombre que la había abandonado por capricho o por otra mujer. Dejó que ella lo creyera. Era más fácil ser odiado por una traición inexistente que ser amado por una verdad que la habría destruido a ella y a todo lo que amaba.
—¿En qué te has convertido, Isolde? —susurró para nadie, viendo su propio reflejo en el cristal.
La Isolde que acababa de ver en la oficina era una versión endurecida de la mujer que él recordaba. Sus ojos, antes llenos de una calidez que podía derretir su cinismo, ahora eran dos témpanos de hielo. Se había convertido en una abogada implacable, en una mujer que no pedía cuartel. Sin embargo, algo no encajaba. La mención de ese "cliente importante", de ese niño que necesitaba especialistas, había hecho que los instintos de Alaric se dispararan.
Él no había regresado solo por el divorcio de Catalina. De hecho, el divorcio de Catalina era apenas una pantalla, un pretexto legal para acercarse a la única mujer que legalmente seguía siendo su esposa y emocionalmente su dueña. Catalina no era su amante; era una pieza más en un juego de sombras mucho más grande, un escudo contra los enemigos que aún acechaban en los bordes de su imperio.
Alaric dejó el vaso sobre la repisa de la chimenea y sacó una pequeña fotografía del bolsillo interior de su chaqueta. Estaba desgastada por los bordes. En ella, una Isolde más joven reía bajo la lluvia, sin saber que la cámara la captaba. Era la única posesión que se había llevado aquella noche cuando tuvo que huir de su propia felicidad.
Había pasado cinco años en las sombras de Europa, desmantelando la red de corrupción que su propio padre había dejado como herencia y que amenazaba con engullir a Isolde si él se quedaba a su lado. Había limpiado el camino con sangre y acuerdos oscuros para poder volver. Y ahora que estaba de regreso, se encontraba con una mujer que lo miraba como si fuera el diablo personificado.
"Pasa una última noche conmigo", le había pedido.
Sabía que la propuesta era infame. Sabía que ella lo despreciaría aún más por ello. Pero Alaric necesitaba una noche. Necesitaba que ella estuviera lo suficientemente cerca como para bajar la guardia, lo suficientemente vulnerable como para que él pudiera descubrir qué era lo que ella realmente ocultaba tras esos muros de seda y leyes. Necesitaba oler su piel una vez más, no por deseo carnal —aunque el deseo lo estuviera consumiendo vivo—, sino por la necesidad de confirmar que el vínculo que los unía seguía vibrando, aunque fuera a través del odio.
El sonido de su teléfono privado interrumpió sus pensamientos. No era Isolde esta vez. Era Marcus, su jefe de seguridad y el único que conocía la verdad sobre su exilio.
—Señor, los informes de la clínica están llegando —dijo Marcus sin preámbulos—. Usted tenía razón. La Sra. Thorne ha estado haciendo pagos mensuales considerables a una cuenta de fideicomiso médico durante los últimos cuatro años.
Alaric tensó la mandíbula. El nudo en su estómago se apretó.
—¿A nombre de quién está ese fideicomiso, Marcus?
—Está a nombre de Julian Thorne. Un menor. Nacido exactamente ocho meses y tres semanas después de su partida de Nueva York, señor.
El vaso de cristal en la mano de Alaric crujió bajo la presión de sus dedos. El silencio que siguió fue tan pesado que Marcus tuvo que verificar si la llamada seguía activa.
—Un hijo —murmuró Alaric, y su voz sonó como si viniera desde el fondo de una tumba—. Ella tuvo un hijo. Mi hijo.
—Los registros médicos indican una condición genética severa, señor. Una forma rara de anemia. Ella lo ha estado manejando sola, en total secreto. No hay registro de ningún otro hombre en su vida desde que usted se fue.
Alaric sintió un estallido de furia, una mezcla volcánica de rabia contra Isolde por ocultárselo y una agonía lacerante por los años perdidos. Ella lo había odiado por irse, pero ella le había robado la oportunidad de ser padre, de protegerlos, de estar allí cuando ese niño dio su primer respiro.
Ahora todo tenía sentido. La llamada de desesperación, el trueque por los especialistas de la Fundación Vance... Ella estaba dispuesta a humillarse ante el hombre que más odiaba para salvar la vida del hijo que él ni siquiera sabía que tenía.
Alaric colgó el teléfono sin decir una palabra. Caminó hacia la ventana y golpeó el cristal con el puño, no con fuerza suficiente para romperlo, pero sí para sentir el dolor físico que compensara el tormento interno.
—Me ocultaste a mi hijo, Isolde —dijo entre dientes, sus ojos brillando con una determinación peligrosa—. Me hiciste creer que no quedaba nada, mientras criabas mi sangre en las sombras.
Mañana, ella vendría al ático. Ella creía que vendría a pagar una deuda de una noche para salvar a un "cliente". Pero Alaric ya no jugaba el mismo juego. El contrato de Catalina podía esperar. El divorcio podía arder en el infierno.
Mañana, él no solo recuperaría a su esposa. Reclamaría su lugar como padre, y si tenía que quemar el mundo de Isolde para que ella finalmente le contara la verdad cara a cara, lo haría sin dudarlo.
El odio de ella era un fuego que él sabía cómo manejar. Pero el amor de un padre por un hijo que nunca ha sostenido... eso era una fuerza que ni la ley ni los contratos podían contener.
Se alejó de la ventana y se dirigió al dormitorio principal, el mismo que mañana sería el escenario de su reencuentro. Quitó la sábana blanca que cubría la cama de matrimonio, revelando la seda gris que esperaba allí desde hacía cinco años.
—Mañana, Isolde —prometió a la oscuridad—. Mañana, el silencio se acaba de una vez por todas.







