Mundo ficciónIniciar sesiónEl Capítulo 8 se adentra en la agonía de la espera, donde el hospital se convierte en un purgatorio de sentimientos encontrados. En una novela de esta extensión, estos momentos de transición son cruciales para desgranar la psicología de los personajes mientras el destino de Julian pende de un hilo.
La sala de espera de la unidad de cuidados intensivos era un espacio aséptico de luces blancas y muebles de cuero sintético que olían a una limpieza forzada. Isolde se sentó en el borde de una de las sillas, observando cómo las manecillas del reloj de pared avanzaban con una lentitud que bordeaba la tortura. Cada segundo era un latido sordo en sus sienes.
Alaric se había ido con el equipo médico hacía cuarenta minutos. Cuarenta minutos en los que ella había estado sola con sus pensamientos, viendo a través del cristal cómo las enfermeras ajustaban los goteros de Julian. La revelación de la identidad del niño había cambiado el eje del mundo. Ya no era solo ella contra la enfermedad; ahora era una guerra de tres frentes: la salud de su hijo, la sombra del pasado y la presencia arrolladora de Alaric Vance.
Escuchó unos pasos acercarse. No eran los pasos seguros y pesados de Alaric, sino el andar rítmico de alguien que conocía cada baldosa de ese hospital. Levantó la vista y vio a la Dra. Miller, la jefa de hematología.
—¿Alguna novedad, doctora? —Isolde se puso de pie de un salto, sus manos buscando instintivamente un apoyo en el respaldo de la silla.
—Estamos procesando la muestra del Sr. Vance con prioridad absoluta —respondió la doctora, revisando una tableta digital—. Es un procedimiento complejo debido a la variante genética de Julian, pero tener al padre biológico aquí es, estadísticamente hablando, nuestra mejor carta. Sin embargo, Isolde, debo ser sincera contigo.
Isolde sintió que el frío del hospital se le filtraba hasta los huesos. —Dígame la verdad. Sin adornos.
—Aunque el Sr. Vance sea compatible, el estado actual de Julian es delicado. Su cuerpo está bajo un estrés inmenso. El trasplante no es una cura instantánea, es el inicio de una batalla larga y agotadora. Y hay algo más... —La doctora dudó un segundo, bajando la voz—. El Sr. Vance ha solicitado que se le traslade a Julian a la suite presidencial de la séptima planta en cuanto esté estable. Ha traído a su propio equipo de seguridad para custodiar el área.
Isolde apretó los dientes. La furia, esa vieja amiga, regresó para darle fuerzas. —¿Su seguridad? ¿Su suite? Julian es mi hijo. Él no tiene autoridad legal para moverlo sin mi consentimiento.
—Técnicamente, Isolde, él ha presentado documentos que lo acreditan como el principal benefactor de esta ala del hospital —explicó la doctora con un gesto de impotencia—. Y ha firmado una declaración jurada de paternidad que, dada su influencia, nadie aquí se va a atrever a cuestionar de inmediato. No queremos una batalla legal en medio de una crisis médica, querida.
Antes de que Isolde pudiera protestar, las puertas batientes se abrieron. Alaric apareció en el pasillo. Tenía la manga de la camisa todavía remangada, con un trozo de algodón y esparadrapo cubriendo la flexión de su codo. Se veía cansado, pero sus ojos grises conservaban esa intensidad metálica que parecía capaz de doblegar la voluntad de cualquiera.
—Ya está hecho —dijo él, ignorando a la doctora y dirigiéndose directamente a Isolde. Se detuvo frente a ella, invadiendo de nuevo ese espacio personal que ella intentaba proteger—. Ahora solo queda esperar los resultados.
—¿Quién te crees que eres para mover a mi hijo de habitación? —le espetó ella, ignorando el hecho de que él acababa de dar su sangre—. ¿Crees que porque diste una muestra puedes llegar y tomar el control de su vida?
Alaric inclinó la cabeza, observándola con una calma inquietante. —No estoy tomando el control de su vida, Isolde. Estoy asegurándome de que tenga lo mejor que el dinero y la ciencia pueden comprar. En esa suite hay equipo de monitoreo que no existe en esta planta. Y la seguridad... —se acercó un paso más, bajando la voz hasta un susurro que solo ella pudo oír—, la seguridad es para protegerlo de lo que tú y yo sabemos que está ahí fuera. O al menos, de lo que yo sé.
—No me vengas con tus misterios de hace cinco años —respondió ella, aunque un escalofrío le recorrió la espalda—. Julian ha estado seguro conmigo todo este tiempo. El único peligro que ha entrado en su vida hoy eres tú.
Alaric soltó un suspiro pesado, un sonido que delataba una grieta en su armadura. Por un breve momento, no pareció el magnate implacable, sino un hombre enfrentado a la magnitud de lo que había perdido. —Tienes razón en odiarme, Isolde. Tienes todos los motivos del mundo. Pero no uses a nuestro hijo como escudo para tu rencor. Él necesita ese trasplante. Y tú necesitas descansar. No has dormido en días, se nota en la forma en que tus manos no dejan de temblar.
—No me digas qué necesito —dijo ella, aunque era cierto que sentía que el suelo se movía bajo sus pies.
—Vete a casa, Isolde. Dúchate, cámbiate de ropa. Yo me quedaré aquí —la orden fue suave pero absoluta—. He puesto a Marcus en la puerta. Nadie que no esté autorizado por ti o por mí entrará en esa habitación.
—¿Y quién te autoriza a ti para quedarte con él? —lo desafió ella.
Alaric la miró fijamente. En sus ojos no había arrogancia, sino una determinación sombría. —El hecho de que acabo de descubrir que tengo un hijo de cuatro años que no sabe quién soy. No voy a perder ni un minuto más de su vida, Isolde. Ni uno solo.
Isolde quiso gritar, quiso echarlo a empujones, pero en ese momento Julian emitió un pequeño quejido desde la habitación. Ambos se giraron hacia el cristal. El niño se movía inquieto en sueños. Alaric se pegó al vidrio, su mano buscando inconscientemente la forma de alcanzarlo.
Isolde se dio cuenta de algo que la aterró más que la enfermedad: el vínculo entre ellos no era solo legal, ni era solo por el contrato. Era ese pequeño ser que compartía sus rasgos y que, en ese momento, era el único puente sobre un abismo de odio.
—Volveré en dos horas —dijo ella finalmente, con la voz rota—. Si se despierta y no estoy aquí, si le dices algo que lo asuste... te juro, Alaric, que usaré cada contacto legal que tengo para que no vuelvas a ver la luz del sol fuera de una celda.
Alaric no se giró. Seguía observando a Julian. —En dos horas, Isolde. Marcus te llevará a casa.
—Puedo ir sola.
—No, no puedes —sentenció él, girándose ahora con una mirada que no admitía réplica—. Hay cosas que han cambiado desde que entraste en mi ático esta noche. El mundo ya sabe que Alaric Vance ha vuelto, y eso significa que tú y Julian ya no están bajo el radar. Marcus te llevará. Es una orden, no una sugerencia.
Isolde salió del hospital escoltada por un hombre que parecía una sombra hecha de granito. Mientras se subía al coche negro, miró hacia atrás, hacia la ventana de la séptima planta. Sabía que Alaric estaba allí, velando un sueño que él mismo había ayudado a crear y luego había abandonado.
La pregunta que la perseguía mientras el coche se alejaba no era si Julian se salvaría, sino quién ganaría la guerra que acababa de estallar: ¿el amor que ella aún ocultaba en un rincón quemado de su alma, o el odio que era su única defensa?







