Mundo ficciónIniciar sesiónMi nombre es Evangeline Sunset. Soy la hija de Andrew Parker, el magnate despiadado que me vendió al peor postor. La hermana melliza de Sarah Parker, una mujer que cayó en coma. La hija de unos padres secuestrados y amenazados de muerte. La desafortunada que fue obligada a casarse y ocupar el puesto de mi hermana en estado de coma. La nueva adquisición de Lysander Scott, el CEO perverso que pagó 50 millones para hacer de mi vida un infierno, pensando que soy Sarah. Pero, también soy la dueña de mi vida. Y decido tomar venganza de todos los que me humillaron. Aunque eso me cueste mucho más de lo creía.
Leer más—¡Evangeline! ¡Evangeline!—, gritaba una mujer con desesperación.
Evangeline salió corriendo de su habitación. Era idéntica a Sarah, solamente que tenía un año menos de edad.
—¿Qué pasó, mamá?—, preguntó alarmada.
—¡Se quema la panadería!
—¡No puede ser!
Salieron rápidamente y encontraron al padrastro de Evangeline tratando de apagar el fuego con una manguera de agua y su mamá lo comenzó a ayudar de inmediato.
—¿Qué pasó?
—No lo sé. El fuego solo empezó de la nada, como si alguien lo hubiera provocado—, explicó el padrastro—, ¡Llama a los bomberos!
Evangeline lo intentó, pero la señal estaba muerta.
La sirena de una patrulla de policía se escuchó por toda la calle y se acercó hasta la panadería en llamas en medio de todos los curiosos que se acercaban.
—¡Una patrulla!—, dijo la madre.
Evangeline arrojó la cubeta al piso y rápidamente empezó a hacer señas con sus brazos extendidos.
—¡Hey! ¡Por aquí! ¡Es aquí!—, gritaba.
La patrulla llegó frente a ellos y los oficiales bajaron con mucha calma.
—Ayuda, por favor. Se queda nuestra panadería—, exclamó Evangeline.
Pero esos hombres no se preocuparon en hacer algo.
Fueron directamente hasta el padre de Evangeline y lo golpearon para someterlo contra el piso.
—¡Ustedes no son policías! ¡Déjenlo en paz!—, gritó Evangeline.
Luego atraparon a la madre y la empujaron junto a su esposo para meterlos a ambos en la patrulla.
Incluso los curiosos de la calle desaparecieron, porque sabían que no se podían meter en ese tipo de asuntos.
—¡Déjenlos ir! ¡Hijos de puta!—, Evangeline golpeaba a esos oficiales tan fuerte como podía, pero ni siquiera les ocasionaba dolor.
Uno de los sujetos la empujó y la hizo caer al suelo.
—El jefe te está esperando en la otra calle—, dijo con voz sería.
Evangeline se quedó pensativa, sentada sobre la carretera.
Se levantó y comenzó a caminar, muy confundida.
En la otra calle había una camioneta muy lujosa con las puertas abiertas, y de ella descendió un hombre con traje elegante y gafas oscuras, que Evangeline reconoció de inmediato.
—¿Tú? ¿Qué carajos haces aquí?—, preguntó Evangeline—, Esos eran tus matones disfrazados de policías.
Andrew solo respondió con una sonrisa burlona.
—¿Tú quemaste la panadería?
—Si. Yo la quemé.
—¿Y por qué encerraron a mis padres? Ellos no hicieron nada.
—Tus padres irán a prisión por intentar estafar al seguro quemando su propia panadería.
—Ellos no hicieron eso... ¡Lo hiciste tú!
—Si, pero nadie les va a creer. Además, necesitaba privacidad para hablar contigo.
—¿Hablar conmigo? ¿No has querido saber nada de mí en 20 años y de repente te da por querer hablar conmigo?
Andrew caminó hasta la camioneta y sacó una hoja de la cabina.
—¿Quieres ayudar a tus padres? Entonces, ten, firma...—, Andrew golpeó el capó de la camioneta con la palma abierta y esa hoja en medio, y luego le ofreció un bolígrafo.
—¿Qué es eso?
—El boleto de tus padres hacia la libertad.
Evangeline leyó el contrato y comenzó a sentir náuseas.
—No sé de qué clase de circo es tu familia. Pero, no quiero ser otro de los payasos—, dijo Evangeline arrugando el contrato y lo lanzó contra el pecho de Andrew—, ¿Hacerme pasar por Sarah y casarme con un hombre que ni siquiera conozco? ¡Estás enfermo!
Evangeline giró su cuerpo con intención de ir a buscar a sus padres, pero Andrew la detuvo tomando su brazo con fuerza.
—¡Firma el maldito contrato!
—¡No lo haré!
—¿Quieres ver como tus padres se pudren en la cárcel por estafar al seguro?—, preguntó Andrew gruñendo cerca del oído de Evangeline—, Te daré una última oportunidad para pensarlo bien. Esto no es un maldito juego. Puedo hacer su vida un maldito infierno.
—Siento asco de ser tu hija—, escupió Evangeline desde el fondo de sus entrañas.
—No tienes opción. La única manera de ayudar a tus padres, es dejando de ser tan insolente y firmando ese maldito contrato.
Andrew recogió el contrato del piso y lo alisó lo mejor que pudo.
—La libertad de tus padres y la cancelación de la deuda. Deberías ver el gran favor que te estoy haciendo... eres una malagradecida—, dijo Andrew ofreciéndole el bolígrafo nuevamente.
Evangeline escupió el rostro de su padre y trató de correr, pero los brazos de Andrew fueron más rápidos.
Esta vez la tomó con furia y la agitó apretando los brazos de Evangeline con fuerza.
—¡Otro error como ese y yo mismo voy a romper ese maldito contrato!—, gritó lanzando a Evangeline contra el capó del carro y obligándola a tomar el bolígrafo.
Evangeline dejó de pelear y tomó el bolígrafo con tanta fuerza, que por un momento creyó que lo había roto.
—Te juro que me las a pagar—, dijo con rabia, mientras firmaba ese contrato que la condenaba a una vida infeliz.
—Si, si, claro. Fórmate en la fila junto a todos los idiotas que me han dicho eso. Pero firma de una maldita vez por todas.
Evangeline terminó de firmar y Andrew tomó el contrato rápidamente.
—Te tengo. Ahora, eres mía, maldita mocosa—, dijo Andrew viendo su plan marchando a la perfección—, ¡Sube a la camioneta!—, ordenó.
Evangeline subió y se preparó para cualquier tipo de locura.
—Llegamos—, dijo Andrew y bajó de la camioneta.
Evangeline pisó la mansión de su padre por primera vez y quedó sorprendida.
Siempre escuchó hablar de ella, pero jamás pensó que tendría la oportunidad de conocerla en persona.
—¡Andrew!—, gritó su esposa, Fátima, saliendo de la mansión rápidamente hacia ellos—, ¿Cómo te atreves? ¿Por qué trajiste a esa bastarda hasta aquí?
—Basta, Fátima—, Andrew tuvo que sostener a su esposa para que no golpeara a Evangeline.
Los empleados tuvieron que intervenir y se llevaron a Fátima casi a la fuerza.
—Ven por aquí—, ordenó Andrew, como si nada hubiera pasado.
Evangeline lo siguió hasta el interior de la mansión.
—Ven, rápido. No tengo todo el maldito día—, reclamó Andrew, mientras que Evangeline admiraba la mansión.
Andrew la llevó hasta una habitación secreta y la puso frente a una puerta misteriosa.
—Esta es la razón por la que estás aquí—, dijo abriendo la puerta.
—¿Sarah?—, exclamó Evangeline al ver a su hermana postrada en una cama y conectada a una máquina—, ¿Qué le pasó?
—Engañó a su esposo y quedó embarazada de un bastardo. Pero, en el parto sufrió un acv—, confesó Andrew—, Eso son ustedes, los bastardos, un maldito dolor de cabeza.
Evangeline lo miró con odio, como quien se aguanta un insulto entre los dientes.
—Además...—, insistió Andrew, ignorando la molestia de Evangeline—, su esposo, Ethan. Lo exageró todo. La llamó puta delante de toda la alta sociedad que estuvo presente en la revelación de sexo. Nos demandó. Canceló su seguro médico. Y cuando Sarah fue a verlo, se encontró con toda su ropa tirada en la calle. La había echado como una perra.
—Qué horror..
—Quizás todo ese estrés, y el shock del parto le ocasionaron el coma. No lo sé.
—No sabía que. Sarah había sufrido tanto—, suspiró Evangeline.
—Nadie puede saber la historia que te voy a contar. Mucho menos Lysander. El piensa que compró a la verdadera Sarah. Pero, la verdad es que...—, dijo Andrew recordando.
«DOS SEMANA ANTES»
«EL DÍA DEL PARTO»
Luego de un par de horas, finalmente el doctor salió de la sala de parto.
—¡Al fin!—, reclamó Andrew.
—¿Cómo está mi nieto, doctor? ¿Y mi hija?—, preguntó Fátima Parker preocupada.
—¡Olvídese de ese bastardo!—, exclamó Andrew—, ¿Cómo está mi hija?—, preguntó.
El médico se quitó el gorro clínico, una mala señal cuando esperas buenas noticias.
Suspiró y contuvo el aire por unos segundos para luego dejarlo escapar.
—El bebé está bien—, confesó el doctor.
Fátima respiró aliviada.
—¿Y mi hija?
—Sarah, comenzó a convulsionar unos segundos después de dar a luz y lamentablemente cayó en coma.
Andrew y Fátima lloraron por horas, congelados por el dolor.
Ésa misma tarde, Andrew recibió una visita muy importante en su despacho privado.
<<Toc, toc>> sonó la puerta del despacho.
—¡Fátima! ¡Te dije que no quería molestias!—, gritó Andrew enojado.
La puerta se abrió y Andrew se llevó la gran sorpresa de ver el rostro de Lysander Scott, el CEO de la poderosa empresa TerraCore, y el hombre que Sarah rechazó antes de casarse con Ethan.
—¿Lysander? ¿Qué haces aquí?—, preguntó Andrew sorprendido.
—Seré breve, señor Parker. Me enteré que Sarah rompió el contrato prenupcial con Ethan y que él los va a demandar por todo lo que tienen—, dijo Lysander—, Le vengo a ofrecer un trato por Sarah... cincuenta millones de dólares para que la obligue a casarse conmigo.
«En la mansión Scott»—Señor Scott, perdimos el rastro en los límites de la propiedad de los Parker, el ejército de Ethan Valardi tiene el perímetro blindado y no pudimos entrar sin desatar una masacre—, informó Miller, entrando al despacho con la respiración agitada y el equipo táctico todavía puesto.Lysander no despegó la vista del ventanal. La ciudad se extendía ante él como un tablero de ajedrez donde todas las piezas estaban solamente en su mente. La traición de Evangeline le quemaba en el pecho como una herida abierta, pero antes de que pudiera emitir una orden de asalto total, la puerta de su despacho se abrió de nuevo. Taylor, que estaba en la entrada, se tensó y llevó la mano a su arma, pero Lysander hizo una seña para que se detuviera.Sergey Mutralov entró con la tranquilidad de quien ya no tiene nada que perder. Su rostro, habitualmente gélido, mostraba una expresión de decepción que no podía ocultar.—Vengo solo, Scott. Sin armas y sin intenciones de pelea—, dijo el rus
—¡Maldito seas mil veces, Andrew!—, exclamó Ethan Valardi, y el grito desgarró su garganta y el aire viciado de la habitación secreta como si fuera una ráfaga de metralla.Ethan se tambaleó hacia atrás, golpeando con su espalda un estante lleno de suministros médicos. Sus ojos estaban rojos por la rabia y no podían apartarse de la figura en la cama. Era ella. La verdadera Sarah. No la mujer que había estado durmiendo en la mansión de su enemigo, sino la mujer que él conocía en cada centímetro de su alma. Verla allí, conectada a cables, con la piel pálida y esa mirada vacía que luchaba por enfocar, le provocó un dolor físico que superaba cualquier herida de bala.Pero luego, sus ojos bajaron al suelo. El cadáver de Andrew Parker yacía allí, con la boca abierta en un último gesto de sorpresa y los ojos vidriosos reflejando el techo. Todo lo que Ethan había vivido desde que salió de la cárcel—, el odio, la sed de venganza contra Sarah, la amargura de verla con Lysander—, era una constru
«En la mansión Scott»—Bienvenida a casa, Sarah. Espero que el aire de la mansión te ayude a terminar de sanar, porque las paredes de esa clínica empezaban a asfixiarme incluso a mí—, dijo Lysander, ayudando a Evangeline a sentarse en el gran sofá de cuero de su despacho privado.Evangeline esbozó una sonrisa débil, aunque el esfuerzo de moverse le arrancó una mueca de dolor que intentó ocultar tras un suspiro. Regresar a la mansión Scott se sentía como volver a una fortaleza donde se sentía segura, lujosa, imponente, pero cargada de una tensión que podía cortarse con un cuchillo. Llevaba una faja postoperatoria bajo su ropa de seda y sus movimientos eran lentos, casi calculados, pero estar fuera del hospital le devolvía una chispa de vitalidad que le hacía verse mucho mejor cada momento.—Gracias, Lysander. Solo quiero descansar y olvidar que Charles Montero alguna vez existió—, respondió ella, acomodándose con cuidado.Mientras tanto, en una de las alas más alejadas de la propieda
—Sí, Taylor... Lex es el padre de mi bebé—, confesó Alana con un quiebre en su voz que apenas lograba competir con el sonido de la fuente, mientras sus ojos se inundaban de una vergüenza que parecía quemarle la piel.Taylor no se movió. No retiró sus manos de las mejillas de ella, pero Alana sintió cómo sus palmas se tensaban. El silencio en el jardín de la mansión Scott se volvió gélido. Taylor cerró los ojos por un segundo, procesando la imagen de Lex, el maldito cobarde y patético, habiendo profanado la inocencia de la mujer que ahora tenía frente a él. No era solo una traición familiar; era un acto de manipulación que Taylor podía oler a kilómetros de distancia.—Él me obligó a guardar el secreto, Taylor. Me decía que si Lysander se enteraba, nos mataría a ambos o me mandaría a un internado en el extranjero para siempre—, sollozó Alana, aferrándose a la camisa de Taylor—, Fue un error, un par de noches de debilidad en la que él se aprovechó de mi soledad. Solo quería dejar de ser
Último capítulo