Capitulo 2

El trayecto hacia el hospital fue un borrón de luces desenfocadas y el sonido rítmico de los limpiaparabrisas contra el cristal, aunque no llovía. Era el sonido de la urgencia, del miedo que Isolde intentaba mantener a raya apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos. En esos minutos, la imagen de Alaric en su oficina se sentía como un sueño febril, una interferencia molesta en la única realidad que importaba: Julian.

Julian, con sus rizos oscuros y esa mirada curiosa que, para desgracia de Isolde, era un calco exacto de la de su padre. Cada vez que el niño sonreía, Isolde sentía una punzada de culpa y amor a partes iguales. Había ocultado su existencia no por malicia, sino por supervivencia. ¿Cómo confiarle un hijo al hombre que la había dejado desangrándose emocionalmente en una cama de hotel apenas unas horas después de haberle jurado amor eterno?

Al llegar a la clínica privada, el olor a antiséptico y el silencio artificial de los pasillos la recibieron como una bofetada. Isolde caminó con paso rápido, ignorando las miradas de los empleados que reconocían en ella a la mujer poderosa de las noticias financieras, ahora reducida a una madre aterrada.

—¿Dónde está? —preguntó al llegar al mostrador de urgencias pediátricas. Su voz, siempre tan melódica y controlada, sonó ronca, casi irreconocible.

—Sra. Thorne, el Dr. Aris está con él en la unidad de observación —respondió la enfermera con tono compasivo, lo cual fue peor que un grito para los nervios de Isolde. La compasión en un hospital solía ser el preludio de una mala noticia.

Isolde entró en la habitación. Julian estaba allí, pequeño y frágil bajo las sábanas blancas. Tenía el rostro pálido y varios cables conectados a su pecho, que subía y bajaba con una dificultad que a ella le desgarraba el alma. Se acercó y tomó su mano pequeña. Estaba fría.

—Solo fue un desmayo más largo de lo habitual, Isolde —dijo el Dr. Aris, apareciendo tras ella. Era un hombre mayor, de gestos pausados, que conocía la historia clínica de Julian desde el primer día—. Pero los niveles de saturación están bajando. La anemia crónica está afectando su función cardíaca.

—Me dijo que teníamos tiempo —susurró ella sin soltar la mano del niño—. Me dijo que con el tratamiento actual podríamos estabilizarlo hasta encontrar un donante compatible.

El doctor suspiró, ajustándose las gafas. Había una sombra de impotencia en sus ojos.

—El tratamiento actual es paliativo, lo sabes. El seguro ha clasificado su condición como preexistente y genética, y están poniendo trabas para cubrir el nuevo protocolo de células madre en Boston. Además, la lista de espera para un trasplante de médula compatible es... desalentadora. A menos que...

—A menos que encontremos un familiar directo —completó Isolde, sintiendo que el aire se volvía denso como el cemento.

—Exacto. Un padre, un hermano. Alguien que comparta su mapa genético. Sin eso, Isolde, estamos luchando contra el reloj con las manos atadas.

Isolde cerró los ojos. El rostro de Alaric volvió a su mente, no con el odio de hacía una hora, sino como una llave de oro para una celda de hierro. Alaric Vance no solo era el padre biológico; su familia poseía una de las fundaciones médicas más importantes del mundo y conexiones que podían mover a Julian al principio de cualquier lista en cuestión de horas.

Pero el precio... El precio era volver a dejar que ese hombre entrara en su vida. Dejar que reclamara lo que era suyo. "Quiero recuperar todo lo que es mio", le había dicho. Y Julian era, por sangre, suyo.

Pasó las siguientes tres horas sentada junto a la cama, observando el monitor cardiaco. Cada pitido era un recordatorio de su soledad. Pensó en los cinco años de silencio. Pensó en cómo había cambiado pañales, bajado fiebres y celebrado pasos en solitario, mientras Alaric reconstruía su imperio y buscaba el divorcio para otra mujer. La injusticia de la situación le quemaba en la garganta.

¿Cómo podía él pedirle una noche? ¿Cómo podía ser tan cruel de condicionar su libertad a una humillación semejante? Isolde sabía que no era solo deseo sexual; Alaric buscaba quebrarla. Quería que ella, la mujer que nunca pidió ayuda, se doblegara ante él.

Cerca de la medianoche, Julian despertó brevemente. Sus ojos entreabiertos buscaron los de su madre.

—¿Mami? —murmuró con voz débil.

—Aquí estoy, mi amor. Aquí está mamá. No te vayas a ningún lado.

—Tengo frío —dijo el niño, volviendo a cerrar los ojos.

Ese "tengo frío" fue el detonante. Isolde se puso de pie, su decisión tomada no por deseo, sino por la desesperación más pura que puede sentir un ser humano. Salió al pasillo y buscó en su bolso el sobre que Alaric le había dejado. No era el sobre del divorcio, sino su tarjeta personal, una pieza de metal negro con letras grabadas en plata.

Sus dedos temblaron al marcar el número. El teléfono sonó una, dos, tres veces. Ella estuvo a punto de colgar, de huir, de buscar otra solución mágica que no existía.

—Sabía que llamarías antes de las veinticuatro horas —dijo la voz de Alaric al otro lado. No sonaba somnoliento, sino alerta, como si hubiera estado esperando junto al teléfono.

—No te hagas ilusiones, Alaric —respondió ella, alejándose hacia una zona más privada del hospital—. Si acepto... si acepto ese trato absurdo, no será bajo tus términos absolutos.

—Estás en una posición muy débil para negociar, Isolde. Escucho el eco de un hospital de fondo. ¿Qué sucede? ¿Es por el niño?

Isolde sintió un escalofrío. ¿Él lo sabía? No, era imposible. Él no sabía de la existencia de Julian. Pero Alaric siempre había sido un maestro en leer entre líneas.

—No es de tu incumbencia lo que sucede en mi vida privada —mintió ella, aunque su corazón gritaba la verdad—. Aceptaré tu "noche", pero con una condición adicional. Necesito acceso inmediato a la red de especialistas de la Fundación Vance para un... un caso de un cliente muy importante. Un niño.

Hubo un silencio prolongado al otro lado de la línea. Isolde podía imaginar a Alaric frunciendo el ceño, procesando la información, buscando la trampa.

—Un cliente, ¿eh? —su voz bajó un octavo, volviéndose más oscura—. Estás dispuesta a venderte por un caso, Isolde. Siempre tan profesional. Siempre tan dispuesta a sacrificarte por el trabajo.

—¿Aceptas o no? —insistió ella, sintiendo que las lágrimas que se había negado a derramar empezaban a quemarle los ojos.

—Acepto. Mañana a las nueve. En el ático. Lleva el contrato de Catalina redactado según mis especificaciones. Y prepárate, Isolde. Porque cuando cruces esa puerta, no habrá abogados, ni clientes, ni excusas. Solo tú y yo, pagando las deudas que dejamos pendientes en aquella cama hace cinco años.

Él colgó primero.

Isolde guardó el teléfono y se apoyó contra la pared fría del pasillo. El silencio regresó, pero ya no era el silencio de la paz. Era el silencio antes de la tormenta. Miró a través de la pequeña ventana de la habitación de Julian. Su hijo descansaba, ajeno al hecho de que su madre acababa de firmar un pacto con el diablo para salvarlo.

"Dos líneas paralelas se cruzan en la esquina de la oscuridad", pensó Isolde, recordando una frase que su abuela solía decir. Ella siempre había creído que las líneas paralelas nunca se tocaban. Pero no había contado con que la oscuridad era capaz de curvar cualquier línea, hasta obligarlas a colisionar en un impacto que lo destruiría todo a su paso.

Tenía menos de veinte horas para prepararse. Para ponerse la máscara de frialdad una vez más y enfrentar al hombre que aún tenía el poder de desarmarla con una sola palabra. Pero mientras caminaba de regreso a la cama de Julian, Isolde sabía que el odio que sentía por Alaric era lo único que la mantendría en pie. O al menos, eso es lo que quería creer.

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