Capitulo 4

Isolde se contempló en el espejo del baño del hospital. La luz fluorescente era despiadada, resaltando las ojeras profundas que ni siquiera el maquillaje más costoso del mundo podía ocultar por completo. Había pasado el resto de la noche y gran parte de la mañana en una silla de plástico junto a la cama de Julian, escuchando el silbido mecánico del respirador y el goteo constante de la solución salina.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la mirada de Alaric. No la mirada de hace cinco años, cargada de una ternura que ahora le parecía una e****a, sino la mirada de ayer: fría, calculadora, poseedora.

—Eres una abogada, Isolde —se susurró a sí misma, salpicándose la cara con agua helada—. Esto es solo una transacción. Un contrato más. El más caro de tu vida, pero un contrato al fin y al cabo.

Salió de la habitación de Julian tras darle un beso en la frente. El niño dormía, estabilizado pero aún peligrosamente pálido. Había dejado instrucciones estrictas a Maya y a una enfermera privada de confianza para que la llamaran ante el menor cambio. No les dijo a dónde iba. No podía. En su mundo de pulcritud y éxito, lo que estaba a punto de hacer era un descenso al abismo.

Regresó a su apartamento para prepararse. El silencio de su hogar, usualmente un refugio, ahora se sentía como una condena. Caminó hacia su vestidor, sus dedos recorriendo las perchas de seda y lana fría. ¿Qué se pone una mujer para encontrarse con el hombre que la abandonó y que ahora exige su cuerpo a cambio de la vida de su hijo?

Descartó los trajes de sastre. Eran su armadura profesional, pero hoy no iría como la abogada Thorne. Descartó los vestidos vaporosos; no quería darle la satisfacción de verla femenina o vulnerable. Finalmente, eligió un vestido de punto negro, de cuello alto y mangas largas. Era austero, casi monacal, pero se ajustaba a su figura como una segunda piel, recordándole su propia presencia física.

Mientras se vestía, sus pensamientos volaron inevitablemente al contrato de Catalina que Alaric le había exigido redactar. Se sentó frente a su portátil y comenzó a escribir. Sus dedos volaban sobre el teclado, volcando en las cláusulas legales toda la rabia y el resentimiento que llevaba dentro. Escribió sobre bienes gananciales, sobre infidelidades, sobre acuerdos de confidencialidad. Era una ironía sangrienta: estaba usando su talento para pavimentar el camino hacia la cama de otra mujer para el hombre que seguía siendo, ante la ley de Dios y de los hombres, su marido.

El reloj de pared marcó las ocho de la noche. El tiempo se había agotado.

Isolde tomó su bolso, el sobre con el contrato y un pequeño frasco de perfume. Dudó antes de aplicarlo. Era el mismo aroma que usaba hace cinco años. Con un gesto brusco, lo guardó de nuevo en el cajón. No habría nostalgia esta noche. Solo negocios.

El trayecto hacia el ático de la Quinta Avenida fue eterno. El taxi parecía moverse a través de melaza. Al bajar frente al edificio de piedra caliza, el portero la reconoció de inmediato. A pesar de los años, su rostro seguía en los registros de propiedad.

—Buenas noches, señora Vance —dijo el hombre con una inclinación de cabeza.

Isolde sintió que el nombre la quemaba. —Thorne —corrigió secamente—. Señora Thorne.

Subió en el ascensor privado, el corazón martilleando contra sus costillas con una violencia que la hacía marearse. Cuando las puertas se abrieron directamente en el vestíbulo del ático, la recibió un silencio sepulcral.

El lugar estaba tal como recordaba la arquitectura, pero la atmósfera era distinta. No había flores, no había música, no había el calor de un hogar esperando ser habitado. Solo sombras y el olor a sándalo que ella ya asociaba irrevocablemente con el peligro.

Caminó hacia el salón principal. Alaric estaba allí, de pie frente al ventanal, de espaldas a ella. No llevaba chaqueta; su camisa blanca tenía las mangas remangadas y los primeros botones abiertos. Parecía una estatua de mármol oscuro contra el brillo de la ciudad.

—Llegas tres minutos tarde —dijo él sin girarse. Su voz resonó en el espacio vacío, profunda y cargada de una vibración que Isolde sintió en la boca del estómago.

—Había tráfico —mintió ella, dejando el sobre sobre la mesa de centro—. Aquí tienes el borrador del contrato para Catalina. Está todo lo que pediste. Las cláusulas de salida son agresivas, como querías.

Alaric se giró lentamente. Sus ojos recorrieron a Isolde de arriba abajo, deteniéndose en la rigidez de sus hombros y en la forma en que apretaba su bolso.

—¿Tan poca fe me tienes, Isolde? ¿Crees que he venido hasta aquí para hablar de papeles legales un martes por la noche?

—Es lo que acordamos —respondió ella, dando un paso atrás—. He cumplido mi parte. He traído el documento y estoy aquí. Ahora, quiero la confirmación de que los especialistas de la Fundación Vance están volando hacia la clínica de Julian.

Alaric caminó hacia ella. Cada paso era una invasión de su espacio, una declaración de poder. Se detuvo a escasos centímetros, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—Los especialistas ya están en camino, Isolde. Mi palabra es mejor que cualquier contrato que puedas redactar —hizo una pausa, su mirada volviéndose oscura, casi voraz—. Pero el trato no era solo que "estuvieras aquí". El trato era que fueras mi esposa por una noche. Y me parece que todavía llevas demasiadas capas de abogada encima.

Isolde sintió que el aire se espesaba. La cercanía de Alaric era embriagadora y repulsiva al mismo tiempo. Podía ver la sombra de la barba en su mandíbula, el brillo de determinación en sus ojos grises.

—No esperes que finja que esto me gusta, Alaric —susurró ella, su voz temblando a pesar de sus esfuerzos—. Puedes obligarme a estar aquí, puedes obligarme a cumplir tu fantasía de control, pero no puedes obligarme a olvidar que te odio con cada fibra de mi ser.

Alaric extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó el cuello alto de su vestido con los nudillos. El contacto envió una descarga eléctrica por todo el cuerpo de Isolde, haciéndola estremecerse.

—El odio es una emoción muy cercana a la pasión, mi querida Isolde —murmuró él, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se mezclaron—. Y esta noche, me conformaré con cualquiera de las dos.

Él tomó el sobre del contrato de la mesa y, sin apartar los ojos de ella, lo lanzó hacia la chimenea encendida. Isolde vio con horror cómo horas de trabajo legal se convertían en cenizas en cuestión de segundos.

—¿Qué haces? —exclamó ella.

—Ese contrato no sirve de nada —dijo Alaric con una sonrisa fría—. Porque tú no te vas a ir de aquí mañana habiendo cerrado un caso. Te vas a ir sabiendo que el silencio entre nosotros se ha terminado.

Él la tomó del brazo, no con brusquedad, pero sí con una firmeza que no admitía réplica, y comenzó a guiarla hacia el pasillo que conducía a los dormitorios.

Isolde sabía que si cruzaba ese umbral, su vida no volvería a ser la misma. Sabía que Alaric estaba ocultando algo, que su regreso no era tan simple como un divorcio o un capricho. Pero mientras el calor de su mano atravesaba la tela de su vestido, Isolde se dio cuenta de algo aterrador: por primera vez en cinco años, no se sentía sola. Estaba en las garras de un depredador, sí, pero un depredador que era el único que podía salvar lo único que ella amaba.

—¿Estás lista para pagar tu deuda, Isolde? —preguntó él, deteniéndose frente a la puerta de la habitación principal.

Isolde tragó saliva, pensando en Julian, en su rostro pálido y en su necesidad de vivir.

—Haz lo que tengas que hacer, Alaric. Pero no esperes que te perdone. Jamás.

Él abrió la puerta, revelando la habitación bañada en la suave luz de las velas. —El perdón está sobrevalorado —dijo él—. Yo prefiero la verdad. Y esta noche, te aseguro que la obtendré.

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