Capitulo 9

El Capítulo 9 nos sumerge en el santuario de Isolde: su apartamento. En una novela de esta extensión, es vital que el lector comprenda que el pasado no es solo una fecha, sino un peso vivo que los protagonistas cargan en cada paso.


Capítulo 9

El apartamento de Isolde siempre había sido su refugio contra el ruido del mundo, pero esa noche se sentía como una caja de resonancia para sus propios fantasmas. Cuando la puerta se cerró tras ella, el silencio no fue reparador; fue ensordecedor. Marcus, el hombre de Alaric, se había quedado en el pasillo, una presencia silenciosa y vigilante que le recordaba que su libertad acababa de ser hipotecada.

Caminó por el pasillo a oscuras, sin encender las luces. Conocía cada rincón de memoria. Se detuvo frente a la habitación de Julian. La puerta estaba entreabierta y el suave olor a talco y a peluche nuevo la golpeó con la fuerza de una pérdida. Entró y se sentó en la cama pequeña, deshecha desde la mañana en que la ambulancia se llevó a su hijo.

Apretó contra su pecho un dinosaurio de trapo que Julian no soltaba para dormir. Y entonces, como si una represa se hubiera roto, los recuerdos de hace cinco años comenzaron a filtrarse por las grietas de su resistencia.

Venecia.

Recordó el olor de los canales al atardecer y el sonido de las campanas de San Marcos. Recordó el peso del vestido de novia, una seda ligera que parecía flotar sobre su piel, y la mano de Alaric entrelazada con la suya mientras pronunciaban unos votos que ella creyó eternos. En aquel entonces, Alaric no era el bloque de hielo que acababa de ver en el hospital. Era un hombre que la miraba como si fuera el único milagro en un mundo de sombras.

—"Hasta que la muerte nos separe, Isolde" —había susurrado él aquella noche, mientras la cargaba en brazos para cruzar el umbral de la suite nupcial—. "Y si hay algo después de la muerte, también allí te encontraré".

Isolde cerró los ojos y pudo sentir casi físicamente el calor de aquella habitación veneciana. Habían hecho el amor con una urgencia desesperada, como si ambos supieran, en algún nivel subconsciente, que el tiempo se les escapaba entre los dedos. Él había sido tierno, casi reverente, recorriendo cada centímetro de su cuerpo con una devoción que la hizo sentir invencible.

Pero el recuerdo cambió de color, volviéndose gris y frío.

Recordó el despertar. La luz pálida del amanecer filtrándose por las pesadas cortinas de terciopelo. El lado de la cama de Alaric ya estaba frío. No había una nota sobre la almohada. No había un mensaje en el teléfono. Solo el silencio de una habitación de hotel que de repente se sentía demasiado grande.

Al principio, pensó que había bajado a desayunar. Luego, que era una sorpresa. Pero las horas se convirtieron en un día, y el día en una pesadilla de llamadas sin respuesta y oficinas vacías. Alaric Vance simplemente se había evaporado de la faz de la tierra, dejando tras de sí solo un anillo de platino sobre la mesita de noche y un vacío que amenazaba con tragársela.

Se vio a sí misma regresando a Nueva York, sola, con el estigma de ser la "novia abandonada" en los círculos sociales. Recordó las náuseas matutinas que empezaron apenas tres semanas después. El momento en que el médico le confirmó que, en medio de las cenizas de su matrimonio, una vida estaba brotando.

—"Es un niño, Isolde" —le había dicho la enfermera meses después.

Isolde recordó haber llorado en la camilla, no de alegría, sino de terror puro. ¿Cómo iba a proteger a un niño cuyo padre era un enigma y cuya ausencia era una herida abierta? Decidió entonces que Alaric Vance no tendría lugar en la vida de su hijo. Le dio su propio apellido, Thorne, un nombre que significaba "espina", para recordarse a sí misma que el amor siempre venía con un precio de dolor.

Se levantó de la cama de Julian y caminó hacia su propio dormitorio. Se despojó del vestido negro que Alaric había empezado a abrir y entró en la ducha. El agua caliente golpeó sus hombros, pero no pudo quitarle la sensación de los dedos de Alaric en su nuca.

¿Por qué había vuelto ahora? ¿Y por qué con esa historia de que la había dejado "para protegerla"?

—Mentiras —susurró Isolde bajo el chorro de agua—. Solo son mentiras para justificar su crueldad.

Pero una parte de ella, la parte que todavía recordaba la luz en los ojos de Alaric en Venecia, dudaba. Si él hubiera querido abandonarla por otra mujer, ¿por qué no se había divorciado legalmente? ¿Por qué había mantenido el ático intacto, como un santuario congelado en el tiempo?

Salió de la ducha y se envolvió en una bata. Se detuvo frente al espejo y observó su vientre, donde una vez Julian había crecido. Ahora, ese niño estaba en un hospital, y su vida dependía de la sangre del hombre que lo había ignorado durante cinco años.

La ironía era insoportable. El contrato de una noche que Alaric le había propuesto no era más que un pretexto para reclamar su dominio. Y ella, por amor a su hijo, había entrado voluntariamente en su jaula.

Miró el reloj. Había pasado una hora y media. Marcus estaría esperando en la puerta para llevarla de vuelta al hospital. Isolde se vistió rápidamente con ropa cómoda: unos vaqueros y un jersey de lana grueso. No necesitaba más armaduras de seda. La verdadera batalla no sería en un tribunal ni en una oficina, sino junto a la cama de su hijo, donde tendría que aprender a respirar el mismo aire que Alaric sin dejar que sus propios latidos la traicionaran.

Mientras recogía su bolso, vio una pequeña caja de madera sobre su cómoda. La abrió. Dentro estaba el anillo de bodas de platino que había dejado de usar hacía años. Dudó un segundo y luego, con un gesto decidido, lo guardó en el fondo del cajón.

—Esta noche no es sobre nosotros, Alaric —dijo a su reflejo—. Es sobre él. Y si crees que una muestra de sangre te da derecho a entrar en mi corazón de nuevo, estás muy equivocado.

Salió del apartamento con la cabeza alta. Marcus la esperaba junto al ascensor, con la expresión imperturbable de quien ha visto demasiadas tragedias.

—¿Lista, señora Thorne? —preguntó el hombre.

—Lista —respondió ella—. Vamos a ver qué nuevas mentiras tiene preparadas su jefe.

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