Mundo ficciónIniciar sesiónA los diez años, tras perder trágicamente a sus padres, el destino de Natalia Rojas quedó sellado por las matriarcas de ambas familias: un compromiso arreglado con Diego Ferrer. A los catorce, Diego le dijo: —De ahora en adelante, me tienes a mí. Pero la ironía del destino fue cruel: quien hizo la promesa fue el mismo que terminó haciéndola pedazos. Cinco años de casados y Natalia seguía sin encontrar una chispa de calor en el corazón de Diego. Llegó a pensar que Diego era un hombre gélido por naturaleza, hasta que fue testigo de cómo se volvía pura ternura frente a la mujer que él realmente amaba. En ese instante, Natalia guardó el resultado de embarazo que llevaba en la mano y lo reemplazó por el acta de divorcio. Desde entonces, cada uno siguió su propio camino. Ya divorciado, la vida de Diego se desmoronó en un caos absoluto. ¿Dónde está la corbata? ¿Y el cargador del celular? ¿Por qué el café ya no sabe como siempre? Toda la alta sociedad esperaba ansiosa ver el fracaso de Natalia, pero ella, con una dignidad inquebrantable, regresó a la escena profesional para brillar con luz propia. Rompió récords nacionales y se consagró como la pintora revelación del momento, la artista más codiciada. Hasta que alguien fue testigo de lo impensable. En un rincón oscuro, Diego la sujetaba de la cintura, murmurando con una humildad desconocida y desesperada: —Natalia, dime qué es lo que no te gusta de mí y te juro que lo cambio. —No me gusta... que me sigas queriendo. —Pues eso no lo cambio ni aunque me muera.
Leer másEn público, Sebastián y Camila no tenían relación alguna.En privado, Sebastián llevaba tiempo deseándola.Y además, sostenía el mayor secreto de Camila entre sus manos.Por ahora, ella no tenía opción más que obedecer.Al observar la expresión de Sebastián, Camila pensó que aquella noche había cumplido perfectamente su parte.Lo que no entendía era cuál era su verdadero juego.—¿Desde cuándo mis asuntos te competen? —dijo Diego con frialdad.—No es eso —respondió Sebastián—. Si sigues apareciendo con Camila, como la abuela se entere, vuelve a enfermarse del disgusto.La mirada de Diego se volvió sombría.—¿Y quién iría a contarle? ¿Tú?—No, no… yo cómo crees… yo solo…—Basta. —Diego lo interrumpió—. Mantente al margen de los asuntos de Natalia. Y no te acerques tanto a Mateo.—Claro, claro.A Diego no le importaba si era obediencia sincera o simple fachada.Había dejado clara su postura.En la familia Ferrer, la última palabra seguía siendo suya.—Diego, deberíamos ir a una farmacia —
En privado, él ni siquiera la había tocado.Mucho menos iba a tener gestos inapropiados en público.—¡Exacto! —asintió Isaac, pero enseguida corrigió—. No, no. A lo de ustedes no se le puede llamar “presumir amor”. Eso sería darles demasiado crédito. Lo suyo es adulterio.Natalia inclinó ligeramente la cabeza.—Ya, Isaac. No vale la pena seguir. Y no actúes por impulso. Aunque los vieras en la cama, no te metas.—¿Cómo que no me meta? ¿Eso también lo vas a aguantar?—No es aguantar —respondió ella con calma—. Es dejarlos.Cuanto más los atacaran, más se convencerían de que lo suyo era un amor épico.El típico amor que lucha contra el mundo entero.Natalia quería ver hasta dónde llegaban Diego y Camila.A veces, cuando el obstáculo desaparece, el supuesto “gran amor” también se desmorona.El rostro de Diego se volvió glacial.—Camila y yo solo…—¡Natalia!—¡Diego! ¡Natalia!Las voces de Mateo y Sebastián interrumpieron lo que estaba por decir.Venían caminando rápido hacia ellos.Al ace
A veces, Natalia tenía que reconocerlo: admiraba la lengua de Camila.Era capaz de convertir lo negro en blanco, de invertir la verdad sin pestañear.Le parecía hasta ridículo.Pero Diego sí le había dado peso a esas palabras.Tenía razón, pensó él.¿Por qué Natalia no intervino antes?¿Por qué solo apareció cuando Isaac ya estaba perdiendo?—Vaya coordinación la de ustedes dos —dijo Diego, pasando el pulgar por la herida en su mejilla. Tenía la cabeza ligeramente inclinada, pero la mirada alzada, oscura—. Casi lo logran.Natalia abrió la boca para explicarse.Las palabras se le atoraron.Cuando no te aman, tampoco te creen.¿Que por qué no lo detuvo?Intentó sujetar a Isaac desde el principio. No alcanzó.Y cuando dos hombres estaban golpeándose así, ¿cómo se suponía que debía meterse?¿Y si la lastimaban?Estaba embarazada. No podía arriesgarse.Además, con su fuerza, ni aunque quisiera habría podido separarlos.Y aun así, aquello se convirtió en el arma perfecta para Camila.Qué iro
—Había tomado —intentó explicar Natalia—. No estaba en sus cinco sentidos, él… él…Pero las palabras sonaron débiles, casi ridículas.En el fondo, lo que Natalia quería decir era otra cosa:Diego, ¿acaso no merecías ese golpe?Bien dado. Lo pensó.Y se lo tragó.No podía empeorar la situación.Provocar a Diego solo traería consecuencias.Isaac emitía un gemido ahogado. No lograba respirar. Sus labios ya se habían tornado morados.—¡Diego! —gritó Natalia—. ¡Si sigues así, lo vas a matar!Diego no aflojaba.Natalia dejó de pensar. Se lanzó hacia él y trató de arrancarle el brazo con todas sus fuerzas.Sus uñas se clavaron en la piel de Diego, dejando marcas profundas.No sirvió de nada.Las lágrimas comenzaron a rodarle por el rostro.—Diego… es mi único hermano. Mi última familia. ¿Quieres dejarme sola en el mundo?Isaac había sido un desastre durante años. Gastó dinero, dilapidó lo que quedaba, aparecía solo para pedir más. Natalia nunca lo abandonó. Se limitó a tomar distancia.Ahora
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