Diego permanecía allí, con su figura alta y distinguida recortada contra el umbral.
Entre las sombras vacilantes de la habitación, sus facciones eran difíciles de distinguir, pero su presencia emanaba una frialdad que calaba los huesos.
La suite se sumió en un silencio sepulcral de inmediato.
Sebastián se puso de pie como si tuviera resortes:
—Diego, ¿qué te trajo por aquí?
Los empresarios lo siguieron, temblando de miedo.
¡Había llegado un pez mucho más gordo!
Diego era alguien a quien, en