Capítulo 2
Al ver su expresión, Natalia supo que él no lo recordaba.

Diego apretó los labios.

Si se ponía a contar, se daba cuenta de que llevaban cinco años viviendo bajo el mismo techo.

Para él, ese tiempo no había sido una tortura lenta; al contrario, sentía que se había esfumado.

Estaba un poco aturdido.

¿De verdad ya habían pasado cinco años?

Natalia esbozó una sonrisa amarga:

—Celebremos también que, justo hoy, en nuestro quinto aniversario, decidimos terminar con este matrimonio que nos está consumiendo el alma.

Mientras sonreía, sus ojos se empañaron.

Trajo el pastel que había preparado.

Lo hizo ella sola, desde el pan hasta el betún y la fruta.

La superficie estaba cubierta de trozos de mango.

Natalia era alérgica al mango; si lo comía, su boca se llenaba de ampollas, y si lo tocaba, sus manos se cubrían de ronchas.

Pero a Diego le encantaba. Él la había visto sufrir esas alergias antes, pero nunca le dio importancia; ni siquiera lo registró en su memoria.

Al día siguiente, el mango volvía a aparecer en la mesa.

Esa mañana, Natalia pasó horas en la cocina con guantes puestos, pelando y picando la fruta con un cuchillo pequeño, vertiendo todo su amor en cada trozo. Imaginaba que, al entregarle el pastel, vería un destello de calidez que derritiera los hielos en los ojos de Diego.

Qué estúpida había sido.

Natalia cortó una rebanada y se la tendió.

De pronto, el celular de Diego comenzó a sonar. Al ver quién llamaba, sus facciones se suavizaron al instante.

—Dime, Camila.

—Ya aterricé, Diego —la voz alegre de Camila se filtró por el auricular—. ¿Vas a venir por mí? —Antes de que él respondiera, añadió con falsa modestia—: Si no puedes, no te preocupes, tomo un taxi.

Diego arqueó una ceja.

—¿No llegabas hasta mañana?

—Cambié el boleto, no podía esperar más. Diego, me moría de ganas por verte, no aguantaba ni un día más.

Diego sonrió, con una voz magnética y profunda:

—Salgo para el aeropuerto ahora mismo.

Colgó y se dio la vuelta para irse. Natalia seguía ahí, sosteniendo la rebanada de pastel.

—Solo dale una mordida —dijo ella, tragándose el llanto, con una calma forzada.

Diego no detuvo su paso. Ella respiró hondo:

—Lo hice con mis propias manos.

—No tengo tiempo —respondió él, cortante.

Tenía que ir por Camila. Cada segundo contaba.

Natalia se mordió el labio:

—Diego, ¿te vas a morir si ves a Camila un segundo más tarde?

Eso funcionó.

Él se giró de inmediato, con una mirada que cortaba como una navaja. Tras unos segundos de silencio tenso, regresó, le arrebató el plato de las manos y lo estrelló de golpe contra el resto del pastel.

Lo hizo añicos.

Todo arruinado. La frase "Feliz Quinto Aniversario" desapareció bajo el desastre de crema y fruta.

No satisfecho, Diego le dio una patada a la mesa y volcó todo.

¡Pum!

La puerta se cerró. Diego se había ido.

Natalia bajó la mirada hacia el desastre en el suelo, un reflejo fiel de su vida y su matrimonio.

Siempre quiso preguntarle si alguna vez la había amado, pero temía que la respuesta se convirtiera en su peor pesadilla eterna.

Aquel año, él se lo había dicho con tanta sinceridad: "De ahora en adelante, me tienes a mí". Esas palabras fueron su religión.

A los diez años, Natalia perdió a sus padres en un accidente de carro devastador mientras ellos viajaban por trabajo.

Su tío se hizo cargo de la empresa familiar, lo que en realidad fue un robo descarado.

En el funeral, Natalia, vestida de luto, estaba entumecida de tanto llorar. Su hermano, Isaac, apenas unos años mayor que ella, estaba a su lado.

Fue entonces cuando apareció Diego.

Tenía la misma edad que Isaac y eran compañeros de clase. Delgado y alto, acompañó a la familia Ferrer al sepelio.

La abuela Ferrer consolaba a la abuela Rojas; habían sido mejores amigas desde la juventud y su lazo era inquebrantable.

—Se fueron así, dejando a estos dos niños. Natalia apenas tiene diez años —suspiró la abuela Rojas, envejecida por la tragedia—. No sé qué será de ellos.

La abuela Ferrer observó a la niña:

—¿Y si la dejamos como prometida para Diego? Se conocen desde siempre, sería una buena unión.

Así se selló el compromiso.

Y Diego no objetó. Antes de irse, le dio a Natalia un dulce de mango.

—Ya no tienes a tus papás, pero de ahora en adelante, me tienes a mí.

Ese adolescente de mirada clara y rasgos que ya empezaban a ser gallardos le robó el corazón.

Ella le creyó. Le creyó de verdad.

Hasta que apareció Camila.

Al principio, Camila no destacaba; era una estudiante aplicada, callada, con lentes de pasta negra.

Tan discreta que Natalia ni la notó.

Pero un incendio lo cambió todo.

El cuarto de equipo deportivo ardió en llamas con Diego atrapado dentro. Fue Camila quien entró sin dudarlo y lo sacó de entre el fuego.

Le arrebató la vida de Diego a la muerte.

Debido al humo, sus pulmones quedaron dañados; desde entonces, su voz ya no era clara, sino que arrastraba una ronquera persistente.

Desde ese día, Diego y Camila se volvieron inseparables.

Al graduarse de la universidad, las familias Rojas y Ferrer decidieron cumplir el compromiso.

Diego buscó a Natalia para romperlo; quería casarse con Camila.

Natalia se negó.

El día del incendio, ella no estaba en la escuela; de haber estado, se habría lanzado al fuego por él sin pensarlo.

Al final, Diego no tuvo más remedio que casarse con ella y mandó a Camila al extranjero.

Cinco años después, Natalia no solo no consiguió su amor, sino que logró que él la odiara más.

Ella se puso de cuclillas y comenzó a meterse puñados de pastel a la boca con las manos.

El pastel estaba dulce.

Sus lágrimas, saladas.

Esa noche, Diego no volvió a casa.

Natalia se quedó sentada frente a la mesa, tratando de redactar el convenio de divorcio. Pasó toda la noche ahí, pero no pudo escribir ni una sola palabra.

Lo que ella quería nunca fue el dinero. Y lo que más anhelaba, quizá no lo tendría jamás.

***

El sonido del celular despertó a Natalia. Se dio cuenta de que se había quedado dormida sobre la mesa. Ya era de día.

—¿Dígame?

—Te veo en media hora en el Registro Civil —dijo Diego—. Trae el convenio de divorcio firmado.

Natalia parpadeó, mirando la hoja en blanco.

—Está bien —susurró.

—No se lo digas a nadie —advirtió Diego. Temía que ella buscara a su abuela. Si la anciana intervenía, el divorcio se cancelaría.

—Tranquilo—dijo Natalia—. Nunca jamás voy a volver a perseguirte.

Diego guardó silencio dos segundos.

—Más vale que así sea.

Hasta que no tuviera el acta de divorcio en la mano, temía que ella se arrepintiera y arruinara sus planes.

Había hecho esperar a Camila cinco años; no podía esperar más.

Natalia descargó un formato de internet, cambió un par de cosas y lo imprimió con su firma.

Mientras se cambiaba los zapatos en la entrada, el mayordomo le preguntó:

—Señora, ¿a dónde va tan temprano?

Desde que se casó, Natalia se convirtió en ama de casa de tiempo completo.

Abandonó su carrera, girando siempre alrededor de Diego. Su círculo se redujo a la casa, el Grupo Ferrer o las visitas a los abuelos.

Casi había olvidado que fue una estudiante brillante de la unversidad, la elegida para dar el discurso de graduación.

Cinco años cocinando para él solo le trajeron su desprecio.

Natalia sonrió:

—Voy a despedirme de quien solía ser.

Ya no quería amar más. Era hora de vivir por ella misma.
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