Capítulo 7
Natalia apretó el celular entre sus manos, sintiendo el frío del metal contra su palma.

—Entiendo —respondió ella—. Iré al hospital antes de que termine la semana.

—Está bien, que sea lo antes posible.

Al colgar, Natalia hurgó frenéticamente en su bolso hasta encontrar aquel documento: el consentimiento para la cirugía.

Lo colocó con sumo cuidado dentro del convenio de divorcio, alineando los bordes con precisión quirúrgica.

Se aseguró de que, sin importar cuántas veces se hojeara el legajo, no hubiera rastro del engaño.

Solo entonces guardó el fajo de papeles, satisfecha.

Mañana.

Mañana buscaría a Diego para que firmara.

Conociendo el desprecio que él sentía por ella, seguramente pasaría directo a la última página y estamparía su rúbrica sin leer ni una sola palabra.

***

A la noche.

La oscuridad cayó sobre la metrópoli.

Siguiendo las indicaciones de Santos, Natalia llegó a un club privado exclusivo.

El mesero la condujo hasta una suite privada en el área VIP.

—Es aquí, señorita.

—Gracias.

La Ciudad del Norte era la capital económica del país; una metrópolis vibrante, bañada en una opulencia que cegaba y entregada por completo a los placeres del exceso.

Natalia conocía la reputación de este lugar.

Una noche aquí podía costar fácilmente cien mil dólares.

Era el nido de los verdaderos tiburones de la industria, hombres ante los que Santos solo podía actuar como un sirviente.

Natalia sabía que no había vuelta atrás; lo hacía por los Rojas, por su propia supervivencia.

Llamó a la puerta y entró.

Dentro había cuatro hombres, todos de la edad de Santos. Al verla, sus ojos se encendieron con una lascivia mal disimulada.

—Vaya, ¿qué tenemos aquí? Chica nueva.

—Se ve tan pura.

—Este gerente por fin tiene buen gusto. Ya era hora de que no nos mandaran a las mismas mujeres de siempre.

Natalia se mantuvo erguida y forzó una sonrisa profesional:

—Señores, hay una confusión. Estoy aquí para hablar de negocios.

—Con esa cara, ¿quién quiere hablar de trabajo? —rio uno de ellos—. Ándale, dinos tu tarifa.

La sonrisa de Natalia empezaba a flaquear.

Santos, que solo estaba ahí para lamer las botas de los presentes, intervino rápido:

—Ja, ja, ja... yo la invité. Primero, va a servirles un trago a todos para brindar. —Le lanzó una mirada de advertencia a Natalia.

Ella no se movió.

—Si ni siquiera quieres beber, ¿de qué negocios hablas? —Santos la fulminó con la mirada—. No tengo que enseñarte las reglas, ¿verdad? Si querías guardar las apariencias, no debiste venir aquí.

No era orgullo.

Era que Natalia no podía probar una gota de alcohol; estaba embarazada. De no ser por eso, ya se habría arremangado para beber a la par de ellos. Servir a los demás era algo que sabía hacer bien, la diferencia era que antes solo servía a Diego.

Ahora, tenía que servir a clientes potenciales.

Aun así, prefería mil veces luchar en la selva corporativa que volver a ser el adorno de Diego.

Natalia evitó las botellas y tomó una copa de agua mineral.

—Estoy en mis días, les ruego que me disculpen. Brindaré con agua en su honor.

Al oír eso, el rostro de Santos cambió drásticamente.

—¡Lárgate de aquí! —gritó señalando la puerta—. ¡Qué mala suerte traes! ¡Venir con esas cosas es un insulto!

En el mundo de los negocios, muchos son supersticiosos al extremo. Consideran que hacer negocios con una mujer en su período es una señal de pérdidas económicas.

Los otros hombres también mostraron su descontento.

Natalia se mordió el labio, frustrada.

Había inventado esa excusa para evitar el alcohol, olvidando ese prejuicio absurdo.

¿Qué se suponía que debía hacer ahora?

Podía irse, sí, ¿pero debía dejar su propuesta?

Quizás alguno de esos hombres, después de todo, se dignaría a mirarla. Pero antes de que Natalia pudiera sacar el sobre de su bolso, Santos se puso de pie y le dio un empujón: —¡¿Qué esperas?! ¡Lárgate de una vez!

Natalia perdió el equilibrio y retrocedió tambaleante, pero chocó contra un pecho firme y sólido.

Unos brazos la sostuvieron por los hombros, dándole el apoyo que necesitaba.

—¿Estás bien? —preguntó una voz profunda.

Ella se giró.

—¿Mateo?

No esperaba encontrar a Mateo en este lugar.

—Soy yo —asintió él—. ¿Qué haces aquí?

—Yo... vine en representación de mi hermano para cerrar unos tratos.

Mateo lo comprendió de inmediato.

Lo que Isaac no podía sostener, Natalia lo estaba levantando sobre sus propios hombros.

Él miró al señor Santos con severidad:

—Si tienen algo que decir, díganlo con palabras. Usar la fuerza no es de caballeros.

—¡Ay, señor Mateo! —Santos cambió a una sonrisa servil—. Tiene razón, una disculpa. Pase, por favor, siéntese, lo estábamos esperando.

Los demás empresarios se pusieron de pie para recibirlo.

Mateo, sin embargo, permaneció al lado de Natalia.

—Yo me encargo de su proyecto —anunció Mateo—. A partir de hoy, ella es mi socia. Si alguno de ustedes se cruza con ella, háganme el favor de tratarla bien por consideración a mí. Se los agradezco de antemano.

¿Qué?

¿Mateo la estaba apadrinando?

¿Acaso Mateo se había encaprichado con ella?

Los hombres se intercambiaron miradas de asombro.

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo.

—¿Quién es este personaje con tanto aire de grandeza, que hasta obliga a nuestro Mateo a pedir favores por ella? —una voz juguetona y arrogante resonó en el lugar—. Déjenme ver.

Natalia se giró.

Al cruzar miradas, ambos quedaron estupefactos.

Sebastián Ferrer se quitó el cigarrillo de la boca y parpadeó varias veces para asegurarse de que no estaba alucinando.

¿No era esa su cuñada?

¿Cómo es que había terminado en una suite privada rodeada de esos viejos?

Pero Sebastián sabía que Diego no la soportaba; el corazón de su primo pertenecía a la tal Camila.

—Ejem... —Sebastián se aclaró la garganta—. Realmente es hermosa, tiene esa cara de Venus que marea a cualquiera.

Caminó hacia el sofá y se sentó, actuando como si no conociera a Natalia. Ella, astuta, tampoco intentó saludarlo.

Después de todo, el divorcio estaba en marcha; ya no era una Ferrer.

Santos se deshacía en halagos:

—Señor Sebastián, qué honor que nos acompañe. Hoy sí que se puso bueno el ambiente.

—Solo vine a ver qué pasaba —dijo Sebastián mientras comía unos cacahuates—. Principalmente para que Mateo se divierta.

Sebastián y Mateo tenían una buena amistad y solían frecuentar los mismos círculos.

Santos señaló a Natalia:

—El señor Mateo dice que quiere colaborar con ella. Señor, ¿no debería aconsejarlo?

La reputación de Isaac en la ciudad era una basura.

Cualquiera que se le acercara terminaba quemado.

No importaba que mandara a una diosa de la pureza a negociar; nadie quería hacer tratos con los Rojas.

Sebastián seguía masticando.

Desde que Natalia se casó con su primo, ella casi no aparecía en público, dedicada por completo a su hogar. Con el tiempo, todos sabían que Diego estaba casado, pero nadie conocía el rostro de su esposa.

Ahora que se exponía de nuevo al mundo, se daba cuenta de que nadie la reconocía.

—¿Aconsejarlo de qué? —respondió Sebastián—. Si ella tiene proyectos, yo también quiero colaborar con ella.

Los presentes quedaron en shock.

¿Tanto Mateo como Sebastián estaban interesados en esta mujer?

Con el apoyo de esos dos, su futuro era brillante.

Natalia estaba confundida.

Sebastián acababa de ignorarla y ahora quería ser su socio.

Pero no había tiempo para pensar.

¡Tenía que aprovechar la oportunidad!

—Perfecto —dijo Natalia de inmediato—. Las palabras se las lleva el viento. Señores, firmemos los contratos de una vez.

Papelito habla. Solo así estaría tranquila.

Empezó a preparar los documentos, las plumas y el sello de tinta sobre la mesa.

Pero una voz sombría y gélida retumbó desde la entrada del club privado:

—Quiero ver quién se atreve a firmar con ella.
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