Al ponerla bajo la luz del sol, las grietas eran aún más evidentes.
Sin embargo, haber podido salvarla era ya una bendición dentro de la desgracia.
Natalia pagó, dio las gracias y regresó a la villa de la familia.
Como era de esperar, Isaac, quien solía pasarse el día tirado en el sofá tomando el sol, ya había desaparecido sin dejar rastro.
Natalia suspiró, dio media vuelta y se dirigió a la mansión antigua de los Rojas.
Cuando el mayordomo de la vieja casona la vio, se quedó atónito:
—Señori