Divorcio con embarazo: él la perdió para siempre
Divorcio con embarazo: él la perdió para siempre
Por: Lilian
Capítulo 1
Natalia Rojas llegó a casa cuando la oscuridad ya lo había devorado todo.

Empujó la puerta del dormitorio principal. Sobre la cama grande estaban esparcidas prendas masculinas, el cinturón, la camisa, la corbata. Del baño llegaba el sonido constante del agua.

Diego Ferrer se estaba bañando.

Natalia bajó la mirada hacia el papel que estrujaba en su mano: el resultado del examen médico.

Estaba embarazada.

Y no solo eso, eran gemelos.

En el momento en que el doctor se lo confirmó, su primer instinto fue pensar que, tal vez, un hijo podría retener a Diego y salvar ese matrimonio que se caía a pedazos.

Sin embargo, un segundo después, la realidad la golpeó: uno de los embriones no tenía latido y debía ser removido.

Natalia no lo dudó; quería salvar al que estaba sano.

Pero el hospital fue tajante: el procedimiento requería la firma de ambos esposos.

Ella sola no tenía voz ni voto.

La puerta del baño rechinó y Diego salió.

Solo llevaba una toalla blanca amarrada a la cintura. Tenía el cabello empapado y las gotas de agua resbalaban por su torso de hombros anchos y músculos marcados. Exhalaba una virilidad imponente.

Pasó junto a ella como si Natalia fuera invisible, directo al vestidor por su pijama.

Para él, Natalia nunca había tenido presencia.

Ella ya estaba acostumbrada.

Lo siguió hasta el vestidor.

—Tengo algo que decirte.

—Yo también tengo algo que decirte —respondió Diego con una voz gélida, marcada por una distancia insalvable.

Natalia apretó el papel del hospital y se mordió el labio.

—Habla tú primero.

Diego no vaciló ni un segundo:

—Camila regresa al país.

Natalia sintió que el mundo se tambaleaba.

La mujer que él más amaba estaba de vuelta.

Si ella regresaba, ¿qué lugar quedaba para Natalia? Ninguno. Tenía que desalojar el sitio.

—Así que —Diego ladeó la cabeza, clavándole una mirada afilada—, Natalia, ya sabes qué es lo que tienes que hacer.

Cinco años de matrimonio y Natalia fue incapaz de romper el hielo en el corazón de Diego.

—Entre ella y yo ¿siempre la vas a elegir a ella? —escuchó que su propia voz preguntaba.

Diego esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo.

—¿De verdad crees que estás a la altura de Camila como para compararte?

Natalia palideció.

—¿Qué hice de tan imperdonable para que me odies así? —Sus pestañas temblaron—. Diego, soy tu esposa legítima, nos casamos por todas las de la ley.

—Tú sabes perfectamente cómo te casaste conmigo. ¡Y sabes mejor que nadie cómo te metiste en mi cama!

Normalmente, Diego era un hombre de pocas palabras.

Era experto en la violencia silenciosa. Y aún más en herir sin levantar la voz.

Solo cuando se mencionaba el matrimonio, su mirada se llenaba de desprecio y su tono de furia.

La odiaba porque ella ocupaba el lugar que le pertenecía a Camila.

Natalia respiró profundo.

—El compromiso estaba pactado desde que éramos niños. Y lo de aquella noche, de verdad no sé qué pasó.

Desde la boda, Diego nunca la había tocado. Por lo tanto, era imposible que quedara embarazada.

La abuela de Diego se desesperó, quién sabe qué método utilizó, pero terminó forzando a ambos a consumar el matrimonio.

Natalia solo recordaba haber despertado desnuda en los brazos de Diego.

Cuando él despertó, lo primero que hizo fue cerrarle la mano alrededor del cuello, apretando con fuerza.

No importó cuánto lo explicara, él nunca le creyó.

El embarazo había sido de esa única vez. Un solo intento, y quedó embarazada.

Resultó que tenía una fertilidad envidiable.

Diego soltó un bufido de desprecio mientras se ponía una pijama de seda. Su voz sonó profunda, cargada de indiferencia:

—¿No tenías algo que decirme?

Al pasar junto a ella, notó el papel que Natalia estrujaba entre los dedos.

Le lanzó una mirada fugaz, sin el menor interés.

Caminó hacia la ventana y encendió un cigarrillo, sosteniéndolo con elegancia entre las yemas de los dedos.

Natalia contempló su espalda, esa silueta que tanto conocía.

—Si tuviéramos un hijo, entonces...

—Natalia, por favor —la interrumpió él con impaciencia—. ¿Ahora pretendes usar a un niño para amarrarme? ¿Qué pasa? ¿No te bastó con meterte en mi cama, ahora te pusiste más ambiciosa? Nunca me di cuenta de lo calculadora que podías ser. —Sacudió la ceniza del cigarrillo con parsimonia—. Después de cinco años fingiendo ser la esposa abnegada, por fin se te cayó la máscara.

Natalia hizo un esfuerzo sobrehumano para que no le temblara la voz. Tenía que hacer una última pregunta:

—¿Solo porque me odias a mí, también odiarías a un hijo tuyo nacido de mi vientre?

—Sí.

Diego respondió sin un segundo de duda.

Natalia creyó escuchar el sonido de su propio corazón rompiéndose en mil pedazos.

Ahí se iban su juventud y cinco años de entrega absoluta.

Todo reducido a la nada en un instante.

Aquel amor de la infancia, aquel matrimonio... no había sido más que un chiste que ella sostuvo sola con un esfuerzo agónico.

Si odias la casa, odias todo lo que hay dentro. Diego la odiaba a ella y, por extensión, odiaba a su hijo.

Pero cuando hay amor, todo se desborda. Diego amaba a Camila Navarro, y por eso la familia Navarro se había beneficiado tanto todos estos años, moviéndose como peces en el agua en la alta sociedad de la Ciudad del Norte.

Natalia lo entendió. Lo entendió todo.

Levantó el resultado del examen médico y respiró profundo.

—Diego, este papel es el convenio de divorcio.

Él se tensó ligeramente y se giró para verla.

¿Ella estaba pidiendo el divorcio por iniciativa propia? Era una anomalía.

—Te dejo libre. Ya no quiero seguir amándote —dijo ella—. Las cláusulas ya estaban listas, pensaba entregártelas ahora. Pero...

Natalia guardó silencio y, de repente, empezó a desgarrar el papel con una fuerza inesperada. El sonido del papel rompiéndose retumbó en la recámara.

Diego frunció el ceño.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Natalia hizo añicos el resultado de embarazo y lanzó los pedazos al aire. Los trozos cayeron como nieve sucia a su alrededor.

—¿Te arrepentiste? —Diego entornó los ojos—. ¿Ya no quieres el divorcio?

—No —respondió Natalia—. Voy a cambiar las cláusulas. Redactaré uno nuevo.

—¿Qué quieres?

—Dinero.

Mucho dinero.

El suficiente para asegurar una vida de lujos para ella y para su hijo.

No pensaba irse con las manos vacías.

Nunca le había debido nada a Diego; esto era lo que le correspondía por derecho.

En el amor y en el matrimonio, Natalia podía jurar que siempre estuvo a la altura. Si estuviera sola, se marcharía con dignidad sin pedir un solo centavo, pero ahora era distinto.

Diego nunca sabría que, en ese preciso momento, lo que Natalia estaba triturando era su identidad como padre. Lo que ella planeaba era que Diego firmara, al mismo tiempo, el divorcio y el consentimiento para la cirugía. No le diría que esperaba un hijo suyo.

Un embrión sin latido...

Como madre, la noticia le desgarraba el alma, pero no le quedaba más remedio que ser fuerte en soledad.

—Ja —Diego mostró una expresión de absoluto desprecio—. Natalia, una vez que recibas el dinero, más vale que te largues lejos y no estorbes. Y otra cosa: tú misma le dirás a mis familias que tú fuiste la que quiso el divorcio.

Natalia asintió con la cabeza.

—Está bien.

Él se quedó desconcertado. Ella aceptaba todo con una docilidad extraña; no pedía nada más que dinero. Diego esperaba que fuera difícil, que gritara o que le reclamara histérica, pero esa calma absoluta...

No estaba bien.

Una punzada de irritación creció en el pecho de Diego. Le dio un par de jalones al cigarrillo para reprimir el sentimiento.

—No intentes jugar conmigo.

En realidad… durante esos cinco años, casi se había acostumbrado a Natalia.

Como esposa, era impecable. Perfecta hasta el extremo.

Elegante en público, brillante, con una inteligencia emocional que resolvía cualquier relación social.

En casa, dócil y ordenada, lo tenía todo bajo control.

Pero había sido ella quien lo había calculado, quien había forzado aquella noche que llegó cinco años tarde, hizo que Diego la detestara al máximo. Porque ahora, sentía que ya no podía darle una explicación limpia a Camila.

—Habla de una vez, ¿qué más quieres? —Diego apagó el cigarrillo—. Sé directa.

Natalia levantó un dedo.

—Mi última y única petición.

—Lo sabía —bufó él.

¿Cómo iba a ser tan fácil librarse de ella?

Seguro iba a salir con algo más.

Natalia parpadeó, observando al hombre que había amado durante años.

Lo había acompañado desde la inmadurez hasta el éxito.

Él ahora era un hombre poderoso, soberbio en la cima, pero en su corazón nunca hubo un espacio para ella.

Un amor impuesto nunca tiene un buen final.

—Diego —dijo ella—, comamos un pastel juntos. Celebremos nuestro quinto aniversario de bodas.

Diego se quedó helado.

"¿Hoy es el aniversario?"
Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP