La voz de Camila se había quebrado en aquel incendio; desde entonces, su tono era áspero y rudo, casi desagradable. Pero ahora, sonaba mucho más cristalina. Parecía que, durante esos años en el extranjero, Diego había invertido una fortuna y mucho esfuerzo en la garganta de Camila; la había curado casi por completo.—Diego, ¿crees que este color me queda bien o prefieres este modelo? —decía ella con dulzura—. Ay, es que me gustan todos, ¿qué hago? Ayúdame a elegir, Diego.Era una coquetería juguetona que Natalia nunca pudo imitar. Ante Diego, ella siempre fue la esposa abnegada, dulce y servicial, pero carecía de esa chispa juvenil. Porque a ella no la amaba. A quien amaba era a Camila.—En ti, todo se ve bien —respondió la voz de Diego, con una suavidad desconocida.Era una ternura que Natalia jamás había recibido. Con ella, Diego siempre hablaba con témpanos de hielo en las palabras. La diferencia entre el amor y la indiferencia era devastadora.Natalia bajó la mirada. De pron
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