En la joyería.
La empleada tomó la cuenta que Natalia le tendía, la examinó con cuidado y luego sacudió la cabeza:
—Lo siento mucho, no podemos repararla aquí.
Natalia dio las gracias en voz baja, salió de la tienda y se dirigió a otra. Joyerías de oro, de diamantes, de jade recorrió una tras otra.
Finalmente, en un pequeño local, un viejo maestro artesano la miró a través de sus lentes:
—Puedo intentar pegarla, pero no garantizo que quede bien.
—Está bien —respondió ella—. Solo le pido que hag