Mundo ficciónIniciar sesión—Me das asco, Lysandra. Fingir que te deseaba fue el trabajo más duro de mi vida. Esas fueron las últimas palabras que escuchó antes de ser lanzada a la calle por el hombre al que le entregó todo. Adrián Conte pensó que había cometido el crimen perfecto: seducir a la heredera curvy de Imperial Textiles, robarle su fortuna y desecharla como basura. Lo que nunca imaginó es que Lysandra Valerius no se rompería. Tras años de silencio, Lysandra Valerius regresa con un arma más poderosa que el dinero: el control absoluto sobre la miseria de Adrián. Ahora, los papeles se han invertido. Para salvar a su familia de la cárcel, Adrián deberá firmar un contrato matrimonial de servidumbre. ¿La regla principal? Adorar cada centímetro del cuerpo que antes despreció, bajo luces brillantes y sin derecho al asco. En este juego de seducción y odio, Lysandra no busca amor. Busca humillación. Mientras él se arrastra por un perdón que no llegará, un tercero acecha: Maximilian Vanderbilt, un magnate que desea a la mujer, no a la empresa. ¿Podrá Lysandra saborear su venganza sin quemar su propio corazón en el proceso?
Leer másLa mañana siguiente sobre la mansión Valerius no trajo paz, sino una claridad hostil que desnudaba la decadencia de sus habitantes. Lysandra estaba sentada a la cabecera de la mesa del comedor, una pieza de caoba maciza que parecía un mausoleo bajo la luz cenicienta que se filtraba por los ventanales. Vestía un conjunto de seda color sangre y bebía café negro, observando la puerta con una fijación que anticipaba la caída final de su presa.Adrián entró en la estancia arrastrando los pies. Lysandra le había permitido subir del sótano con una condición: debía presentarse al desayuno. Su aspecto era deplorable. La fiebre había cedido ligeramente gracias a los fármacos que ella le suministró, pero su rostro era una máscara de palidez y ojeras profundas. Se apoyó en el respaldo de una silla, con el hombro todavía vendado y la dignidad hecha trizas.—Siéntate, Adrián —le ordenó Lysandra sin mirarlo—. El servicio preparó huevos benedictinos. Come, necesitas fuerzas para lo que viene.Adrián
Lysandra permaneció sentada en la oscuridad de su habitación, con la mirada fija en el techo. El eco de las sirenas todavía vibraba en sus oídos, pero era el tacto de Maximilian en su entrepierna lo que no la dejaba respirar. Se sentía sucia, no por el acto en sí, sino por la facilidad con la que su cuerpo había traicionado su voluntad. Odiaba a Maximilian. Lo odiaba por su arrogancia, por su forma de marcar territorio y por recordarle que, bajo su armadura de hierro, y su figura curvilinea imponente que Adrián despreció, ella seguía siendo una mujer con necesidades que Adrián nunca supo satisfacer.Se levantó y caminó hacia el ventanal. Abajo, en la penumbra del jardín, vio la silueta de Maximilian recostada contra su auto. Él no se había ido. —Es un animal —susurró Lysandra para sí misma, apretando los puños—. Pero es el animal que necesito.Una idea empezó a germinar en su mente, una tan retorcida que le provocó un escalofrío de placer y repulsión a la vez. Recordó la mirada de Ad
Lysandra subió las escaleras del sótano con las piernas temblorosas, aunque su rostro se mantenía como una máscara de granito. Había dejado a Adrián destruido, no solo físicamente, sino en la esencia de su orgullo. Sin embargo, el vacío que sentía en el pecho no se llenaba con la victoria. Necesitaba aire, necesitaba distancia de esa mansión que olía a traición y a enfermedad. El teléfono en su bolsillo vibró. Era un mensaje de Maximilian. Era corto, autoritario, imposible de ignorar: “Reunión urgente en mi despacho. Se trata de los activos de la textilera. Ven ahora”.No lo dudó, subió a la habitación por su bolso y salió de inmediato. Manejó por la ciudad en un estado de sopor. Sus pensamientos volvían una y otra vez a la imagen de Adrián, ovillado en la cama de hierro, llorando por la pérdida de un amor que ella le había dicho que nunca existió. La mentira le supo a ceniza, pero era necesaria. Al llegar al edificio Vanderbilt, la opulencia del cristal y el acero la recibió como un
Lysandra cerró la puerta principal con una parsimonia que contrastaba con la respiración irregular de Adrián al otro lado de la madera. El sonido de su tos, húmeda y pesada, se filtraba por las rendijas, pero ella no sintió urgencia. Caminó hacia la cocina, preparó una taza de té y esperó diez minutos exactos. Solo cuando el silencio absoluto regresó al porche, indicándole que Adrián había perdido el conocimiento, volvió a abrir la puerta.—Cárguenlo —le ordenó Lysandra a los dos hombres de seguridad que esperaban en el vestíbulo—. Llévenlo a la habitación de invitados del sótano. No quiero que manche las alfombras de la planta alta.Los hombres obedecieron. Arrastraron el cuerpo inerte de Adrián, que chorreaba agua mezclada con pus de su hombro infectado. Lo depositaron sobre una cama de hierro sin sábanas, en una habitación pequeña que olía a humedad y encierro. Lysandra entró poco después con un maletín de primeros auxilios y una silla de madera.Se sentó frente a él. Adrián recupe
Los cristales estallaron en mil pedazos, cubriendo la alfombra y la piel de Adrián. Él soltó un alarido, protegiéndose los ojos con los antebrazos mientras Lysandra, poseída por una furia que no conocía límites, avanzaba sobre él con los puños cerrados. La sangre del hombro de Adrián goteaba sobre el mármol, pero ella no sentía lástima; sentía una satisfacción eléctrica.—¡Lárgate de esta habitación! —le gritó Lysandra, con un tono de voz que no era humana; si no un rugido de dolor acumulado durante años.Adrián, temblando, trató de recuperar el aliento. Sus ojos se fijaron en los trozos de cristal que brillaban sobre su piel.—Lysandra, mírame... estoy herido —balbuceó él, señalando el corte del abrecartas y los rasguños del espejo—. No puedes hacerme esto. Soy tu esposo.—Eres un parásito que se alimentó de mi desgracia —le respondió ella. Se acercó a él, ignorando que sus propios pies descalzos pisaban algunos cristales—. No eres nada. Ni siquiera eres un buen criminal. Un buen cri
Lysandra permaneció en la penumbra de su despacho mucho después de que Julian Chen se marchara. El silencio era su único aliado, una capa espesa que amortiguaba el latido desbocado de su corazón. Había logrado lo imposible: Adrián acababa de firmar su propia sentencia de muerte civil y penal. Sin embargo, no sentía la paz que esperaba. Sentía un hambre negra, una necesidad de ver el impacto del golpe en la carne de quien la destruyó.Se levantó del escritorio. Sus piernas se sentían pesadas, cargadas con el lastre de tres años de sombras y sufrimiento. Salió de la oficina y abordó su auto, manejó hasta la mansión. Caminó por los pasillos en un estado de obnibulación. Cada cuadro en las paredes, cada jarrón de porcelana, le recordaba que este imperio casi se le escapa de las manos por culpa de un hombre que juró amarla ante un altar.Al llegar a la suite principal, escuchó el sonido de la ducha. Adrián estaba allí, lavándose la suciedad de un día que él consideraba victorioso. Lysandra
Último capítulo