Capítulo 5
La abuela yacía en la cama del hospital, conectada al suero y con una mascarilla de oxígeno.

Al escuchar movimiento, preguntó con voz trémula:

—¿Es mi Natalia la que llegó? ¿Es ella?

—Abuela. —Natalia se acercó rápidamente y tomó la mano de la anciana—. Soy yo, aquí estoy con usted.

La mirada turbia de la abuela recuperó cierta claridad al verla y le dedicó una sonrisa llena de ternura.

—Verte me devuelve el alma al cuerpo.

—Aquí estoy, abuela. Siempre que me necesite, vendré corriendo —respondió Natalia—. Pero tiene que cuidarse mucho, tiene que durarnos cien años más.

—Yo solo pido vivir lo suficiente para conocer a mi bisnieto. Con eso me daría por servida.

Las pestañas de Natalia temblaron ligeramente.

—Ya pasaron cinco años, ya va siendo hora de que ese vientre dé señales de vida —la abuela miró de reojo a Diego—. Diego, ¿no tengo razón?

Diego no dijo una sola palabra.

—¡Te estoy hablando! Tú... cof, cof, cof...

La abuela empezó a toser con fuerza y su rostro se tornó de un rojo alarmante.

Natalia se apresuró a darle palmaditas en la espalda para ayudarla a recuperar el aliento.

En ese estado, ¿cómo decirle la verdad?

Si la anciana se enteraba de que ya habían iniciado el divorcio y que solo esperaban el plazo legal para separarse, era capaz de terminar de nuevo en urgencias.

Mientras Natalia lo pensaba, sintió un calor repentino en el hombro.

Un aroma familiar a menta fresca inundó sus sentidos.

La mano de Diego se extendió, la rodeó por los hombros y, con un firme apretón, la atrajo hacia su pecho.

—En realidad, estamos preparando para el bebé —dijo Diego—. Si no pasa nada raro, pronto le daremos la noticia.

Fue como si esas palabras fueran el mejor de los remedios; el rostro pálido de la abuela se iluminó de inmediato.

—¿De verdad?

—De verdad. —Diego esbozó una media sonrisa y bajó la cabeza, rozando con sus labios el oído de Natalia—. Si no me cree, pregúntele a ella.

La abuela sonrió tanto que sus ojos se volvieron dos rayitas de felicidad.

—Desde hace tantos años supe que ustedes eran el uno para el otro, por eso arreglé todo tan pronto. Qué buen ojo tuve.

Natalia le devolvió la sonrisa:

—Sí, abuela. Sin usted, nunca habríamos sido marido y mujer.

—¡Ja, ja, ja! Qué bueno, qué bueno —la abuela asintió satisfecha—. Ya veo que mi decisión de forzarlos a consumar el matrimonio la última vez fue la correcta. Los sentimientos se cultivan mejor de noche, aunque reconozco que mis métodos no fueron muy honestos. ¡Pero lo que importa es que funcionó!

Debido a la cercanía, Natalia alcanzó a escuchar un bufido de desprecio casi imperceptible de Diego.

Él seguía convencido de que, aunque la abuela puso el fármaco, la idea fue de Natalia.

Pensaba que ella solo fingía inocencia para lavarse las manos.

Natalia se había cansado de explicárselo en el pasado y él nunca le creyó. Ahora, ya no le interesaba dar explicaciones.

Que pensara lo que quisiera.

La abuela recordó algo más:

—Por cierto, Diego, esa tal... ¿cómo se llama? Camila, ¿regresó a la Ciudad del Norte?

—Parece que sí.

Ahora fue el turno de Natalia de soltar un bufido interno.

"Parece que sí".

Si fue él mismo quien fue a recogerla al aeropuerto y no volvió a casa en toda la noche.

Seguramente pasaron la noche entregados el uno al otro.

Natalia bajó la mirada, obligándose a no pensar más en ello.

—Tienes que mantener tu distancia con ella —le advirtió la abuela con seriedad—. Eres un hombre casado. Esa mujer te salvó la vida y la familia Ferrer le está agradecida, pero en todos estos años ya le hemos devuelto el favor con creces. No vayas a andar con malas ideas, Diego. Mientras yo viva, ella no pondrá un pie en esta familia. Vive tu vida con Natalia y no te dejes seducir por sus trucos de mujerzuela.

—Entiendo —respondió Diego—, no hay nada entre nosotros.

La abuela asintió, siguió parloteando un rato más y, tras tomarse sus medicinas, se quedó profundamente dormida.

Fuera de la habitación.

Diego y Natalia estaban frente a frente. Después de cinco años de matrimonio, se sentían como completos extraños.

—La abuela tiene problemas del corazón, no puede recibir ninguna fuerte impresión —dijo Diego—. No puede enterarse de nuestro divorcio por ahora.

—¿Y cuánto tiempo piensas ocultárselo?

—Depende de cómo sigan las cosas.

Natalia parpadeó.

—No se puede tapar el sol con un dedo.

Él frunció el ceño con impaciencia.

—¿Ahora me vas a decir cómo hacer las cosas?

—Diego, ¿por qué tengo que seguir dándote por tu lado siempre? —le cuestionó ella—. ¿Crees que todo lo que tú digas lo voy a acatar sin protestar? ¿Si tú dices "salta", yo tengo que preguntar "¿qué tan alto?"?

Él se impacientó aún más.

—¿Acaso no ha sido siempre así entre nosotros?

Desde que se conocieron hasta hoy.

Eran diecisiete años. Ella tenía diez cuando lo conoció; ahora tenía veintisiete.

Diego ya estaba en los treinta.

Si así habían sido las cosas durante diecisiete años, ¿por qué Natalia se rebelaba ahora?

Diego no se sentía nada cómodo con este cambio.

Natalia sonrió con amargura:

—Sí, siempre ha sido así, ¿pero eso significa que esté bien? Diego, soy una persona, una mujer de carne y hueso con alma propia, no soy tu marioneta.

—¿Y por qué no dijiste nada de esto antes?

—Porque antes te amaba —respondió ella—. Pero ahora, ya no te amo.

Ahora ella tomaría sus propias decisiones.

Ya no era la "Señora de Ferrer" que vivía en órbita alrededor de él.

Ahora era, simplemente, Natalia Rojas.

Una sensación indescriptible inundó el pecho de Diego.

Ella decía que ya no lo amaba.

¿Y qué? A él no le importaba su amor.

Diego reprimió ese sentimiento extraño y dijo con voz grave:

—No me importa si me amas o no; vas a hacer lo que yo diga, Natalia.

—¿Y si decido no hacerlo?

—Ja. —Él soltó una risita arrogante y le tomó la barbilla—. Para enfrentarte a mí, todavía te falta mucho.

—¿Qué quieres decir?

—Sé perfectamente en qué has estado metida estos días —Diego arqueó una ceja—. Con una sola palabra mía, nadie en toda la Ciudad del Norte se atreverá a hacer negocios contigo, ¿me crees?

Le creía.

Por supuesto que le creía.

Diego era el hombre más influyente de la ciudad, nadie se arriesgaría a ofenderlo.

En realidad, por la salud de la abuela, Natalia no pensaba soltar la sopa sobre el divorcio, pero odiaba esa actitud soberbia de Diego, dándole órdenes desde las alturas. Se había pasado media vida obedeciéndolo. Tenía que rebelarse, tenía que romper las cadenas.

Natalia apretó los dientes:

—Si me bloqueas, iré a armar un escándalo a la mansión Ferrer y a las oficinas de tu empresa. No tengo nada que perder, así que vamos a ver quién queda peor parado, si tú o yo.

—Natalia, no busques problemas donde no los hay —le advirtió él en tono amenazante.

Ella, que siempre había sido tan dócil, de pronto se había convertido en una rosa llena de espinas.

Él no estaba acostumbrado.

No sabía que ella tuviera ese lado tan salvaje. A Diego no le gustaba para nada esa sensación de perder el control.

Natalia le quitó la mano de un golpe y giró la cabeza.

En ese momento, notó algo extraño en su ropa.

Se fijó bien: el color de la camisa de Diego y el estampado de su corbata no combinaban para nada.

Llevaba una camisa gris, que debió ir con una corbata del mismo tono o más oscura, pero hoy se había puesto una azul claro.

Y encima, el saco era negro.

Natalia frunció el ceño.

¿Quién lo había ayudado a vestirse?

¿Tan mal andaba sin ella?

Durante todos estos años, ella se había encargado personalmente de cada detalle de su vida, desde su comida hasta su ropa.

Y apenas llevaba unos días lejos de él...
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