Capítulo 4
Diego ladeó ligeramente la cabeza para observar a Natalia y a Mateo.

Tenía la mitad del rostro iluminada y la otra sumida en la penumbra, lo que le confería un aire sombrío, casi aterrador.

No pronunció una sola palabra, pero su mirada era tan afilada como un bisturí.

A medida que el carro se alejaba, Diego subió el cristal de la ventana.

—Señor —intervino Julio —, si la señora se queda a solas con otro hombre y los paparazzis los captan, podrían armar un escándalo que afectaría su imagen y la de la empresa.

—¿Acaso no sería ella la más afectada?

—Bueno...

Diego permaneció impasible.

—Por mí, que se meta hoy mismo a un hotel con Mateo. Que acabe con su reputación, que el mundo entero la desprecie. Si ella es la parte culpable, no obtendrá ni un solo dólar de mí en el divorcio.

¿No quería dinero?

Pues entre más lo deseara, menos pensaba dárselo.

Preferiría donarlo a la caridad que gastar un centavo en ella.

Quería ver qué clase de final le esperaba sin su protección.

Conociendo la situación de los Rojas y a ese hermano suyo que no servía para nada, no llegaría muy lejos.

Natalia creía que ya tenía alas para volar lejos de él, pero olvidaba que durante todos estos años solo había podido vivir con dignidad gracias a los Ferrer.

Diego tenía muchas ganas de ver cómo se le quebraba ese orgullo.

***

En la villa de los Rojas.

Tras el divorcio, el único lugar donde Natalia podía caerse muerta era su propia casa.

Después de la muerte de sus padres, su tío segundo se había adueñado de las empresas, las acciones y las propiedades, dejándoles solo esta villa a ella y a su hermano.

Se había mudado al casarse con Diego, y ahora, el destino la obligaba a volver.

Al entrar a la estancia, la recibió un hedor insoportable a alcohol.

El suelo era un cementerio de botellas vacías, colillas de cigarro, serpentinas, barajas y fichas de dominó; el lugar parecía un basurero.

Isaac estaba desparramado en el sofá, roncando profundamente, con una mujer en tirantes dormida sobre su brazo.

A Natalia se le encendió la sangre. Agarró una botella vacía y la estrelló con furia contra la mesa de centro.

—¡Boom!

El estruendo despertó a la pareja de golpe.

Isaac se incorporó sobresaltado, con los ojos hinchados por el sueño.

—¿Qué pasó? ¿Qué explotó?

—Yo voy a explotar —dijo Natalia, fulminándolo con la mirada.

—¿Ah? ¿Natalia? —Al ver que era ella, Isaac se relajó—. Ya volviste, siéntate donde puedas.

Intentó echarse de nuevo, pero Natalia se lanzó sobre él, lo agarró por la solapa y lo obligó a sentarse.

Luego, miró a la mujer.

—¿Todavía no te vas?

—¿Y tú quién eres? —replicó la mujer con fastidio—. Isaac, me dijiste que solo estaba yo...

—Ya lárgate. Es mi hermana, mi hermana de sangre.

La mujer se fue con la cola entre las patas. Isaac, aún medio borracho, bostezó mientras se desplomaba en el cojín.

—¿Viniste sola? ¿Dónde está Diego? ¿No te acompañó?

—Nos divorciamos.

—Ay, no juegues —Isaac hizo un gesto de desdén—. Si lo amas desde que eras una niña, te morías por él. ¿Cómo lo vas a soltar?

—Esta vez va en serio.

Isaac abrió los ojos de par en par, mirando fijamente a Natalia.

—¿Se te secó el cerebro?

—¡A ti es al que se le secó! —estalló ella—. Viviendo cada día entre botellas y mujeres, organizando fiestas y perdiendo el tiempo. ¿Así piensas pasar el resto de tu vida? ¿Esperando a que nuestra familia se pudra en la miseria?

Cuando su tío se hizo cargo de todo, usó la excusa de que ellos eran menores y no sabían manejar una empresa.

Esperaron a cumplir la mayoría de edad, pero resultó que Isaac era un "bueno para nada".

Proyecto en el que invertía, proyecto que se iba a la quiebra.

No sabía nada de negocios, pero era un experto en parrandas.

Como Natalia se casó justo al graduarse, su tío Ricardo alegaba que, una vez casada, ella ya pertenecía a otra familia y, por lo tanto, no tenía derecho a meter las manos en los negocios de los Rojas.

—Yo también quiero ser alguien —respondió Isaac—, pero no tengo madera para esto. ¿Qué quieres que haga? Además, Diego se quedó de brazos cruzados. En todos estos años no me ayudó ni una vez. ¿Por qué no te analizas tú misma? ¡En lugar de ayudar a su cuñado, se desvivió ayudando a los Navarro!

Ese comentario fue un golpe directo al estómago para Natalia.

Con el poder de Diego, solo con las migajas que dejara caer, cualquiera se habría hecho millonario.

Pero él se negó rotundamente a levantar a Isaac.

El resentimiento de su hermano era tal que decidió simplemente rendirse al vicio.

—Y esa Camila, aunque le haya salvado la vida, ¿qué? Tú eras la esposa legítima de Diego. ¿Por qué no le susurraste al oído en la cama para conseguirme una oportunidad? Se conocen desde niños, ¿es que no tiene ni un poco de consideración?

—Camila regresó al país —dijo Natalia.

—¿Qué? —Isaac se asustó—. ¡Se acabó! ¡Estamos fritos! Sin el título de cuñado de Diego y con esa mujer ocupando tu lugar, ya podemos sentarnos a esperar la muerte.

—¡Isaac! —Natalia apretó los dientes—. Uno mismo se labra su camino. Todavía no llegamos a ese abismo.

—¿Quieres intentarlo por tu cuenta?

—Sí —respondió ella—. Quiero que me des todos tus contactos, tus recursos y la situación de tus proyectos. Hazme un informe detallado. Los negocios que tú no pudiste cerrar, los cerraré yo.

No se creía menos que nadie. Isaac la miró de arriba abajo.

—¿Sabes lo que estás diciendo? No solo te enfrentarás al veto de Diego, sino también al acoso de Ricardo.

—Solo dame la información.

Le dolía no ser hombre; de lo contrario, ya habría recuperado lo que le pertenecía por derecho.

Le dolía aún más haber dejado que el corazón le nublara el juicio, regalándole a Diego cinco años de su vida que nunca volverían.

Pero aún no era demasiado tarde.

Pasó tres días enteros poniendo orden en el desastre de Isaac.

Siguió de cerca los proyectos que aún tenían esperanza y desechó los que estaban muertos.

De día, Natalia corría de un lado a otro: visitaba gerentes de bancos, responsables de obras... no le importaba que le cerraran la puerta en la cara; insistía una y otra vez para conseguir una oportunidad de hablar.

De noche, organizaba todo frente a la computadora hasta que sus ojos no aguantaban más.

¿Estaba cansada?

Sí.

Pero sentía que no era nada comparado con el cansancio de amar a Diego.

Esa mañana, cuando se disponía a salir, recibió una llamada del mayordomo de la mansión Ferrer.

—Señora —dijo el hombre—, la anciana tuvo una crisis anoche y la llevaron a urgencias. Acaba de despertar y no deja de preguntar por usted. Por favor, venga cuanto antes.

—Voy para allá.

Natalia salió disparada hacia el hospital.

La abuela Ferrer la quería de verdad; después de todo, ella fue quien arregló aquel matrimonio.

En el fondo de su corazón, siempre deseó que Diego y Natalia fueran felices.

Al abrir la puerta de la habitación del hospital, lo primero que vio Natalia fue a Diego de pie junto a la cama.

Él también estaba ahí.

Diego le lanzó una mirada gélida, con los labios apretados, manteniendo esa postura de aristócrata distante.
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