Mundo ficciónIniciar sesiónElla huyó del altar. Él compró su libertad para convertirla en su prisionera. A los dieciocho años, Mia López cometió el error de enamorarse del hombre más peligroso de la élite empresarial. Tras descubrir un secreto que hacía sangrar su conciencia, Mia dejó a Antonio Sepúlveda plantado en el altar, desapareciendo con un corazón destrozado y una promesa de no volver jamás. Dos años después, la realidad ha golpeado con fuerza. Con su familia al borde de la ruina y una deuda impagable, Mia se ve obligada a caminar hacia la boca del lobo: solicita el puesto de asistente personal en Sepúlveda Holdings. Antonio ya no es el hombre que ella amó. A sus treinta años, el CEO es ahora un bloque de hielo implacable que ha esperado cada segundo para cobrar su venganza. Él no la contrata por su talento; la contrata para someterla. Bajo el título de "Asistente Secreta", Mia es arrastrada al oscuro Proyecto Fénix, donde descubre que los secretos de Antonio son mucho más letales de lo que imaginó. En una oficina donde las paredes de cristal lo ven todo, Mia deberá decidir: ¿Sobrevivirá a la obsesión de un hombre que jura odiarla pero que se niega a dejarla ir, o terminará consumida por las cenizas de un amor que nunca murió? "Hace dos años, Mia le quitó a Antonio su orgullo frente al altar. Hoy, Antonio le quitará a Mia hasta su último suspiro de libertad. En el juego del CEO, la única regla es que ella le pertenece... por contrato, por deuda y por obsesión."
Leer másEl jardín de la casa frente al mar olía a sal y a romero. Antonio Sepúlveda, con las manos manchadas de tierra y el rostro surcado por las arrugas que solo la paz y el sol pueden esculpir, observaba a su nieta de cinco años correr hacia la orilla. La pequeña, llamada Esperanza, tenía los ojos de Mia y la curiosidad insaciable que, en otros tiempos, habría sido peligrosa en un Sepúlveda.Antonio se sentó en el porche, dejando que sus viejos huesos descansaran. A veces, en el silencio de la tarde, todavía escuchaba el eco metálico de las celdas o el zumbido de los laboratorios, pero esos sonidos eran ahora como fantasmas sin fuerza, sombras que se disolvían con el sonido de las olas.Mia salió con dos tazas de té y se sentó a su lado. Se miraron sin necesidad de hablar. Habían pasado veinte años desde su liberación, y el tiempo les había otorgado el regalo más caro de todos: la cotidianidad. No había crisis que resolver, ni juntas de accionistas que aplacar, ni códigos de seguridad q
Diez años habían pasado desde que Antonio Sepúlveda cruzara el umbral de la prisión, y el mundo, aunque seguía girando con su habitual caos, lo hacía bajo una frecuencia distinta. En la antigua capital, lo que antes era la imponente y fría Torre Sepúlveda ahora se conocía simplemente como "El Pulmón". Las paredes de hormigón y cristal que una vez albergaron conspiraciones para dominar el futuro genético de la humanidad estaban ahora cubiertas por jardines verticales hidropónicos que filtraban el aire de la ciudad.Leo, a sus treinta y cinco años, caminaba por los pasillos de cristal del nivel 14. Ya no era el adolescente frágil que dependía de inhibidores. Su presencia era magnética, no por el poder heredado de su apellido, sino por la calma absoluta que emanaba. Se detuvo frente a un gran ventanal que daba a la plaza central, donde una estatua no de un hombre, sino de una doble hélice de ADN entrelazada con raíces de roble, recordaba a los ciudadanos que la ciencia debía estar al se
El día de su liberación, el cielo sobre la prisión estaba despejado, de un azul tan intenso que hería los ojos de Antonio, acostumbrados a la luz fluorescente y al gris perpetuo del patio. Llevaba quince años soñando con este momento, imaginando cada detalle, pero la realidad era abrumadoramente sensorial. El olor del césped recién cortado, el sonido del tráfico lejano y la sensación del viento real golpeando su rostro lo dejaron inmóvil durante varios minutos frente al portón principal.Llevaba una maleta pequeña con sus pocas pertenencias: algunas fotos gastadas, las cartas de Mia y un par de libros que le permitieron conservar. No había cámaras de televisión. No había manifestantes. El mundo se había movido, y Antonio Sepúlveda era ahora un nombre que solo aparecía en los documentales de historia antigua.A lo lejos, bajo la sombra de un gran sauce llorón, vio un vehículo familiar. Una mujer bajó del coche. Era Mia. Su cabello ahora tenía hilos de plata que brillaban bajo el sol
El tiempo en la prisión de alta seguridad de Blackwood no se medía en días, sino en el goteo constante de la conciencia sobre la piedra. Para Antonio Sepúlveda, los primeros cinco años fueron una travesía por un desierto de remordimientos. Su celda, un cubo de hormigón de tres por tres metros, se convirtió en el laboratorio donde diseccionó su propia existencia. Ya no había secretarias, ni juntas de accionistas, ni el zumbido de los servidores del Proyecto Fénix. Solo estaba él y el eco de sus decisiones. Antonio se convirtió en un fantasma dentro del sistema penitenciario. Rechazó cualquier intento de las antiguas facciones leales a su madre para contactarlo. Sabía que Elena, incluso desde la tumba, había dejado tras de sí una red de "durmientes" que buscaban restaurar el imperio. Pero Antonio fue tajante: cada vez que un abogado con corbata de seda intentaba visitarlo, él lo enviaba de vuelta con un mensaje claro: "El apellido Sepúlveda ha muerto. Dejen de buscar un cadáver". A
La sala de vistas del Tribunal Internacional no era el escenario de gloria que los Sepúlveda habían imaginado durante décadas. No había mármol pulido ni estatuas heroicas, solo el frío gris del hormigón y el silencio sepulcral de la justicia global. Antonio Sepúlveda permanecía en el banquillo de los acusados, vestido con un traje que no gritaba poder, sino una sobriedad casi penitencial. El cristal blindado que lo rodeaba era un recordatorio constante de que, para el mundo, él seguía siendo una de las figuras más peligrosas del siglo: el heredero de un imperio que había jugado a ser Dios con la salud de millones. A su lado, su abogado defensor amontonaba folios de alegatos, pero Antonio apenas le escuchaba. Sus ojos recorrían la galería, buscando el único anclaje que le impedía desmoronarse. En la última fila, lejos de los flashes de la prensa, estaba Mia. Sostenía la mano de Leo con una fuerza silenciosa. Ver al niño allí, con sus ojos claros y su respiración tranquila, era la úni
El sol nació sobre la ciudad con una timidez inusual, filtrándose a través de una neblina que ya no era química, sino el simple vapor de la lluvia evaporándose sobre el asfalto. Antonio, Mia y Leo estaban sentados en la parte trasera de una ambulancia a unas manzanas de la planta de San Pedro. El lugar estaba rodeado de periodistas, fuerzas de seguridad internacionales y ciudadanos que exigían respuestas. Antonio sostenía un pequeño dispositivo de memoria, el que Leo había logrado compilar durante su conexión con el núcleo. Contenía cada contrato, cada análisis de sangre y cada confesión digital de Octavio y Elena. —Es el momento —dijo Mia, poniendo una mano sobre el hombro de Antonio. Ella se había limpiado el rostro, pero sus ojos conservaban la dureza de quien ha sobrevivido a una guerra. Antonio se levantó. No buscó a la policía local, a quienes sabía todavía infiltrados por los restos de la fortuna de su madre. Caminó directamente hacia la corresponsal de la prensa internac










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