Diego permanecía imperturbable, su rostro era una máscara indescifrable. Nadie sabía qué cruzaba por su mente en ese momento.
La fortuna de Diego había sido calculada por expertos en miles de millones de dólares.
La mitad residía en acciones del Grupo Ferrer; la otra mitad, en inversiones personales y propiedades repartidas por todo el mundo, desde rascacielos hasta haciendas privadas.
Como su esposa legítima, Natalia podría haber exigido una tajada de cientos de millones sin el menor esfuerzo