Capítulo 6
Diego también bajó la mirada al notar en qué se fijaba Natalia.

Lo entendió de inmediato.

Frunció el ceño con más fuerza, dejando ver una expresión de profundo desagrado.

A decir verdad, estos últimos días sin Natalia habían sido un desastre.

Al terminar una junta virtual en su despacho y volver a la recámara, se dio cuenta de que su celular no tenía batería.

Pero, ¿dónde estaba el cargador?

Lo buscó por todas partes sin éxito.

Él siempre desayunaba un café, un Americano con mucho hielo; había sido su ritual por años.

Pero el café que le servían las empleadas no sabía a nada conocido. Cambiaron el grano, cambiaron la cafetera, incluso contrataron a un barista profesional, pero el sabor seguía siendo ajeno.

Como resultado, Diego se sentía agotado en el trabajo, incapaz de concentrarse.

Y ni hablar de la ropa.

Antes, Natalia dejaba listo el conjunto que usaría al día siguiente: planchado a la perfección, colgado junto al espejo del vestidor.

Las corbatas, las mancuernillas, los calcetines, el reloj, el cinturón... ella preparaba cada accesorio.

Ahora, Diego básicamente se vestía a ciegas, agarrando lo primero que encontraba.

En este momento, sentía la punzada de una vergüenza sutil al ser descubierto.

Deshacerse de Natalia era lo que más deseaba y estaba convencido de que era la decisión correcta.

"Son solo nimiedades", pensó.

Pronto se acostumbraría y su vida volvería a la normalidad.

El papel de Natalia era tan básico que cualquiera podría reemplazarla.

No era más que una sirvienta.

Antes de que ella hablara, Diego atacó primero:

—¿Qué estás mirando tanto?

Natalia se quedó desconcertada.

—¿Te gusta quedarte viendo a tu exmarido? —insistió él, mordaz—. Dices que no me amas, pero tus ojos son muy honestos.

Natalia retrocedió tres pasos grandes de inmediato.

—Solo pensaba que tienes muy mal gusto —respondió ella—. Aunque, bueno, tu gusto nunca ha sido nada del otro mundo.

El rostro de Diego se ensombreció.

—¿Qué dijiste?

—Si te fijaste en Camila, es obvio que no tienes buen gusto.

La cara de Diego se puso lívida, mientras Natalia se daba la vuelta para irse.

—No te preocupes, yo tampoco quiero que la abuela se ponga mal —dijo ella despidiéndose con la mano—. Lo de actuar como la pareja perfecta se me da muy bien, después de todo lo hice cinco años. Pero tú deberías ensayar más, no vaya a ser que la abuela te descubra.

Natalia se sentía radiante.

Así que esto era lo que se sentía cuando el amor moría y uno finalmente lo soltaba.

"Mantén esta actitud", se dijo a sí misma.

Antes, si Diego le hablaba así, ella habría pasado horas de angustia, casi deprimida, llorando en la soledad de la noche.

Pero ahora, su estado de ánimo se resumía en una sola palabra: Libertad.

Diego observó esa silueta elegante alejarse y entornó los ojos.

¿Cuántas facetas de Natalia le faltaban por conocer?

La sumisa, la de lengua afilada, la que amaba con locura y la que sabía soltar.

Cuando ella vivía pegada a él, ni siquiera se molestaba en mirarla bien; solo le resultaba estorbosa.

Pero hoy, cuando entró corriendo a la habitación, Diego por fin notó su belleza.

Tenía un aire fresco y elegante, facciones exquisitas, un rostro pequeño y unos ojos brillantes y cristalinos.

Recordaba vagamente que Natalia había sido la reina de belleza de su universidad.

Era una belleza limpia, casi pura.

El maquillaje en ella parecía algo innecesario.

Dentro del carro.

—A la oficina —ordenó Diego secamente.

—Sí, señor —respondió el chofer.

Diego tomó unos documentos para revisarlos, pero se detuvo en seco. Había un olor a cuero fuerte, faltaba ese aroma a jazmín que solía percibir. Diego era un maniático de la limpieza; su carro debía estar impecable y no permitía que extraños subieran.

—¿De dónde viene ese olor? —preguntó con voz gélida.

—¿Eh? Señor, yo no huelo nada. —el chofer buscó frenéticamente y pronto halló el problema—. Debe ser que el aromatizante se acabó.

—Consigue más.

El chofer tartamudeó:

—Es que, señor, ese aromatizante lo preparaba la señora.

Diego azotó los documentos contra el asiento y se presionó las sienes con frustración.

Natalia. Otra vez Natalia.

Se había ido, ¡pero había dejado demasiados rastros en su vida cotidiana!

—Busca uno igual, pregunta en todas las tiendas de lujo, ¿acaso es tan difícil? —Diego frunció el ceño con fuerza —. ¿Ahora resulta que necesito a Natalia hasta para comprar un aromatizante de carro?

—Señor, es que me parece que la señora lo hacía a mano.

Diego se quedó mudo.

***

Debido a la visita a la abuela, Natalia llegó a la empresa del señor Santos hasta el mediodía.

—Perdón por la demora —dijo Natalia en la recepción, con mucha cortesía—. ¿Se encuentra el señor Santos?

La recepcionista la miró de arriba abajo:

—Ya has venido cinco veces y las cinco veces le he avisado. El señor Santos no quiere verte, deja de insistir.

—Tengo algo muy importante que tratar con él, solo quiero una oportunidad para colaborar.

—El señor Santos solo trabaja con las grandes empresas de la Ciudad del Norte. Un changarro desconocido como el tuyo no le interesa.

Natalia intentó decir algo más, pero la empleada empezó a echarla:

—¿Es que no entiendes? Debería decirle a los de seguridad que se aprendan tu cara para que ni te dejen entrar... ya vete, ándale.

Natalia no se rindió. Mientras retrocedía, intentó darle el sobre con documentos a la recepcionista.

—Es mi propuesta de colaboración, por favor, pida que el señor Santos le eche un ojo, estoy segura de que le interesará...

La mujer manoteó el aire:

—¡El jefe no tiene tiempo para esto! ¡Lárgate!

El sobre cayó al piso y las hojas se desparramaron.

Eran el resultado de noches enteras de desvelo.

Mientras se agachaba a recogerlas, Natalia vio por el rabillo del ojo que las puertas del elevador se abrían.

El señor Santos salió de ahí.

A Natalia se le iluminaron los ojos.

Recogió todo rápido, se escabulló bajo el brazo de la recepcionista y corrió hacia él.

—Señor Santos, mucho gusto —dijo Natalia poniéndose frente a él—. Soy Natalia Rojas, la que ha estado buscándolo estos días. Aquí tiene mi tarjeta y mi propuesta, por favor revísela, sé que le va a gustar.

El señor Santos era un hombre de unos cuarenta años, algo bajo y delgado, pero con una mirada astuta que destilaba ambición.

—¿De dónde sacó Isaac a una empleada tan guapa? —dijo el hombre recorriendo a Natalia con la mirada—. Ese inútil no sabe hacer negocios, pero qué buen ojo tiene para las mujeres.

Natalia se sintió sumamente incómoda bajo esa mirada lasciva.

Pero aguantó el tipo.

—Mi jefe está decidido a trabajar en serio ahora, señor Santos. Denos una oportunidad.

—Ja, ja, ja, te puedo dar una oportunidad —rió el hombre—. Esta noche hay un evento donde irán los peces gordos de la ciudad. Ven conmigo. Ellos tienen mucho más poder que yo; intenta cerrar un trato con ellos. Si lo logras o no, dependerá de tu talento.

—Está bien, acepto. Muchas gracias, señor Santos.

Él la miró un par de veces más con morbo.

Natalia abrazó el sobre contra su pecho para cubrirse, forzando una sonrisa. Tenía que prepararse bien; con suerte, algún empresario se interesaría en su proyecto esta noche.

El primer paso siempre es el más difícil. Pero ahora que ya lo había dado, el resto tendría que ser mucho más sencillo.

Apenas salía de la oficina, su celular sonó. Era del hospital.

—¿Hola? ¿Hablo con Natalia Rojas?

—Sí. ¿Quién es?

—Hablamos de Ginecología y Obstetricia. ¿Ya tiene firmado el consentimiento para la cirugía? —preguntó la voz—. Entre más pronto se haga, mejor. Si deja pasar más tiempo, el embrión crecerá y el daño a su cuerpo será mayor.
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