Mundo ficciónIniciar sesiónAmanda Portal Carrasco, una joven arquitecta de 26 años de edad. Heredera de una de las familias más influyentes de París, cree estar en las puertas del amor eterno.Ha construido un futuro entero y comprometida con Enzo Ferreiro, el brillante Empresario Español. Pero la noche previa a la boda, Amanda describe una verdad muy dolorosa, su prometido mantenía una relación clandestina con la persona menos inesperada, Elizabeth Carrasco, la tía de Amanda. De la madrugada al altar, Amanda recorre un viaje íntimo por la desolación, la rabia contenida y la máscara impecable que debe de sostener para no romper el Legado de los Portal. París, la ciudad del Amor, se convierte en un escenario cruel donde cada luz, cada flor y cada sonrisa esconden la amarga ironía de una traición. Con el vestido como un sumario y el corazón convertido en ruinas Amanda Portal deberá decidir que hacer mientras camina por el altar ¿Callar o destruir la imagen de Elizabeth Carrasco por ende también la de su familia?
Leer másPRESENTE
—Escúchame bien, Amanda Portal —la voz de Jared Davenport era un filo helado rozándole la piel—. Aquí tu apellido no vale nada. Aquí no eres heredera, no eres intocable… no eres nadie. Y el jeque Joaan Al-Nayef lo sabe. Tú lo desafiaste anoche, lo humillaste frente a su corte, y en su mundo eso se paga con sangre. O te convierte en una de sus tantas posesiones… o desapareces. Jared dio un paso más, atrapándola entre su sombra y el muro, sin tocarla, pero haciéndola sentir atrapada. Yo soy tu única salida. Entrégate a mi. Cásate conmigo, entrégate a mi protección, y lo mantengo lejos. No aceptes… y él te llevará antes del amanecer. Su respiración rozó la de ella. —Elige, Amanda. Conmigo… o con él. Pero no hay tercera opción. 3 DÍAS ANTES París parecía sostener la respiración aquella noche. El cielo, cubierto de un velo azul oscuro salpicado de luces, se reflejaba sobre el Sena como una cinta de seda líquida. Los puentes, centenarios y dorados, brillaban bajo el titilar de los faroles, y las fachadas de piedra parecían dormidas en un silencio expectante. Las últimas hojas del otoño danzaban al compás del viento y se arremolinaban frente a las vitrinas de los cafés aún abiertos, donde las voces en francés se mezclaban con el tintinear de las copas. Desde el ventanal de su apartamento en el octavo Piso, Amanda Portal contemplaba la ciudad con una mezcla de nerviosismo y dulzura. París era su escenario favorito, el lugar donde los sueños y las decisiones se entrelazaban como los reflejos de la Torre Eiffel sobre el río. A un costado, sobre el maniquí blanco de su habitación, reposaba su vestido de novia. La seda marfil caía con una delicadeza que parecía respirar. Había sido diseñado por una de las casas más exclusivas de Francia, y cada pliegue parecía guardar una promesa. Amanda, con su piel morena y sus ojos verdes de un brillo casi mineral, lo observaba en silencio. Mañana, cuando el sol asomara por los tejados parisinos, caminaría hacia el altar tomada del brazo de su padre, el gran Carlos Portal, mientras las campanas de Saint-Germain-l'Auxerrois repicaban anunciando su unión con Enzo Ferreiro. Cuatro años de amor, de viajes, de risas y proyectos compartidos. Enzo, el hombre que había aprendido a navegar los negocios con la misma naturalidad con que sabía pronunciar un juramento. Heredero de la poderosa familia Ferreiro, CEO del F. Group, un nombre que resonaba en la bolsa de valores tanto como en los círculos más elegantes de Europa. Amanda dejó escapar un suspiro. Todo parecía perfecto. El vestido. La ciudad. La vida que se abría ante ella como una avenida iluminada. Mañana sería la esposa de Enzo Ferreiro. Se sirvió una copa de vino blanco y caminó descalza por el piso de madera. El reloj marcaba las once y media. París se deslizaba hacia la medianoche y, sin embargo, algo en el aire parecía distinto: una vibración leve, un presentimiento que ella no supo nombrar. El silencio de aquella fría habitación se vio interrumpido por el suave sonido de una notificación. Amanda giró la cabeza hacia su escritorio. Su computadora portátil, olvidada entre bocetos de planos y fotografías de la boda, mostraba en la esquina inferior una pequeña alerta: "Nuevo correo recibido." Frunció el ceño. Nadie de la empresa debería escribirle a esas horas. Había dejado instrucciones precisas: vacaciones sin interrupciones. El día siguiente sería su boda, su mente debía descansar. Pero el correo insistía, parpadeando como un ojo abierto en la oscuridad. Amanda dejó la copa sobre la mesa, el cristal vibró apenas. Cruzó la cama, el maniquí donde reposa el vestido, el eco de sus pasos resonó en la madera. El monitor iluminó su rostro con un resplandor frío, casi lunar. El remitente era desconocido. No había asunto, solo una dirección de correo anónima, extrañamente cifrada. Durante unos segundos dudó. Podría ignorarlo. Podría apagar la computadora y volver a mirar su vestido, pensar en el beso de mañana, en las flores blancas que cubrirían la iglesia. Pensaría en como sería su noche de bodas, la noche en la que entregaría su pureza y su virginidad a Enzo. Pero la curiosidad esa fuerza que siempre la había guiado en su trabajo y en su vida le ganó la batalla. Hizo clic. El correo se abrió. Y entonces, el mundo pareció detenerse. El corazón de Amanda dio un vuelco tan violento que el aire se volvió pesado. Su rostro, segundos antes encendido por la calidez de la lámpara, se tornó pálido, casi translúcido. El pulso le martilló las sienes y una presión aguda le atravesó el pecho. Tragó saliva, pero su garganta era un nudo. En la pantalla había no solo una sola imagen. Eran fotografías. Y en ella, inconfundible, Enzo Ferreiro. Él. Su prometido. Su futuro esposo. El hombre que le había dicho te amo todos los días. Estaba en una habitación que no reconoció de inmediato, envuelto entre sábanas blancas, el torso desnudo, la piel iluminada por la penumbra de una lámpara. A su lado, una mujer. Estaban totalmente desnudos, era evidente lo que allí ocurre, tuvieron sexo. Amanda parpadeó. No podía ser. El cabello oscuro, la piel clara, los labios pintados de rojo carmesí. Elizabeth Portal. Su tía. La hermana menor de su madre. Amanda retrocedió un paso, como si la imagen tuviera el poder de empujarla físicamente. Sintió un zumbido en los oídos, un rugido ahogado que la desconectó del mundo exterior. El vino sobre la mesa tembló. El reloj del muro siguió marcando el tiempo con una crueldad metódica. La ciudad allá afuera continuaba brillando, indiferente, hermosa, mientras en el interior del apartamento de Amanda el aire se espesaba hasta doler. Una oleada de náusea le subió desde el estómago. Le temblaban las manos. El cursor titilaba sobre la imagen como un ojo que la vigilaba, como si la obligara a mirar. Pero el horror aún no había terminado. Apenas unos segundos después, otro mensaje entró. Un nuevo correo, del mismo remitente. Amanda lo abrió, casi sin aliento, impulsada por una mezcla de temor y necesidad. Y esta vez, no era una foto. Era un video. El archivo tardó en cargar. La barra de progreso se movía lentamente, y con cada porcentaje que aumentaba, el pecho de Amanda se contraía un poco más. El silencio se volvió insoportable. Cuando la imagen finalmente apareció, el aire se escapó de sus pulmones. Dos cuerpos entrelazados. El mismo cuarto, las mismas sábanas. Las sombras se movían en un vaivén que no dejaba espacio a la duda. Se escuchaban gemidos, respiraciones entrecortadas, una voz masculina que ella reconoció de inmediato: la voz de Enzo, pronunciando el nombre de Elizabeth con una pasión escalofriante. Amanda cerró los ojos, pero el sonido seguía allí, latiendo en la habitación como un eco venenoso. Las lágrimas no salían aún; estaban contenidas en algún lugar profundo, donde el dolor todavía era incredulidad. El video terminó, pero no el infierno. Tres nuevos archivos se descargaban automáticamente. Fotografías. Más fotografías. En una de ellas, Enzo y Elizabeth se besaban frente a una ventana abierta, los cabellos de ella desordenados, el cuerpo de él inclinado con urgencia. En otra, estaban en un restaurante, las manos entrelazadas, las miradas cómplices. Y en la última, la que pareció arrancarle el alma, Elizabeth —su tía, su sangre— llevaba el mismo collar de perlas que Amanda había comprado semanas antes para su boda. Eran de un diseño Perlado, hermoso y distinguido, en otras fotografías Elizabeth tenía algunos vestidos de Amanda, eran vestidos que ella tenía en resguardo en la oficina de Enzo para cualquier evento, había videos de su prometido y su tía teniendo sexo con las prendas de ella en la oficina de él, así como en la casa de la familia Carrasco. El corazón de Amanda se contrajo con un dolor sordo. Por un instante pensó que el mundo se había quedado sin oxígeno.La noticia había alterado por completo la expresión de Fadh. Hasta hacía unos minutos había contemplado cada movimiento de su plan con una seguridad casi absoluta, convencido de que tenía el control sobre Amanda, sobre Jared y sobre la familia que durante años había considerado responsable de su desgracia. Sin embargo, aquella llamada había introducido una variable que no había previsto: Jared Davenport estaba luchando por su vida. Fadh permaneció inmóvil frente al teléfono, procesando la información mientras su mirada se perdía en algún punto de la habitación. No sentía compasión, pero tampoco satisfacción. La muerte de Jared podía destruir su propio objetivo, entonces entra en la habitación en la que tenía a Amanda.Fadh estaba verdaderamente preocupado, su rostro se volvía inexpresivo. No mostraba miedo ni ansiedad; simplemente desaparecía cualquier emoción visible. En aquel instante, sin embargo, Amanda pudo percibir algo diferente. Era apenas una variación en sus ojos, un cálculo
La habitación permanecía en silencio cuando el teléfono de Johan comenzó a vibrar sobre la mesa. El sonido insistente rompió la quietud y provocó que el hombre levantara inmediatamente la mirada. Había pasado las últimas horas supervisando personalmente las investigaciones relacionadas con Amanda, mientras una parte de su atención permanecía puesta en la habitación donde Jared continuaba luchando por su vida. Johan tomó el teléfono y respondió sin siquiera preguntar quién llamaba. Al otro lado encontró la voz de uno de sus investigadores, tensa y cuidadosamente controlada, como si las palabras que estaba a punto de pronunciar pudieran cambiarlo todo.—Señor, acabamos de obtener una información que requiere su atención inmediata. Hemos conseguido establecer una conexión entre el ataque al hotel y la desaparición de Amanda Portal, pero existe algo mucho más preocupante. Todos los indicios apuntan hacia una persona que, según nuestros registros familiares y oficiales, lleva años muerta.
Fadh permaneció frente a Amanda con una tranquilidad que resultaba mucho más perturbadora que cualquier grito. Ella seguía intentando procesar todo lo que acababa de descubrir, pero había una pregunta que comenzaba a crecer dentro de su pecho con una fuerza insoportable: ¿qué clase de hombre podía guardar tanto resentimiento durante tantos años y, peor aún, descargarlo contra un niño que jamás había tenido responsabilidad alguna sobre las decisiones de su familia? Fadh parecía disfrutar del silencio, como si supiera que Amanda todavía no estaba preparada para escuchar la verdadera historia que había decidido contarle.—Quieres saber qué le hice a Jared, ¿verdad? —preguntó finalmente, observándola con una expresión casi satisfecha—. Quieres comprender por qué ese hombre que duerme a tu lado se despierta algunas noches empapado en sudor, por qué evita hablar de su infancia, por qué se niega rotundamente a tener hijos y por qué, cuando alguien menciona la palabra familia, parece levantar
La clínica privada permanecía sumida en una actividad silenciosa y frenética. Detrás de las puertas restringidas, médicos y enfermeros se movían con rapidez alrededor de Jared, mientras los monitores continuaban registrando cada variación de su estado. Sebastian permanecía junto al pasillo, con el teléfono en la mano y la mandíbula tensa, esperando una respuesta que pudiera cambiar el destino de su jefe. Entonces las puertas del ascensor se abrieron y Johan Al Nayef apareció acompañado únicamente por uno de sus hombres. Su presencia provocó un silencio inmediato entre quienes lo reconocieron, pero Johan no se detuvo ni respondió preguntas. Caminó directamente hacia el área médica con una decisión que no admitía obstáculos.—He venido a donar sangre para Jared Davenport —declaró Johan con absoluta serenidad, entregando los documentos necesarios al personal médico—. No necesito explicaciones adicionales ni quiero que conviertan esto en un acontecimiento. Háganlo rápido, porque no pienso





Último capítulo