CINCO

El murmullo creció como una ola asesina. Primero fue un susurro sutil, casi elegante, como si los invitados intentaran conservar una pizca de compostura; pero rápidamente se convirtió en un estruendo contenido, un horror colectivo imposible de disimular.

Todo ocurrió en segundos. Un segundo para que las flores blancas parecieran marchitarse.

Un segundo para que la luz dorada del salón perdiera su calidez. Un segundo para que los ojos de todos se fijaran en Enzo y Elizabeth como si hubieran presenciado un crimen.

La revelación había caído en medio de la ceremonia como un rayo que parte una catedral en dos. No hubo gritos... lo cual era peor. Hubo silencio.

Un silencio tan denso que oprimía el pecho, que destruía la dignidad, que exponía las miserias humanas sin necesidad de palabras.

Elizabeth temblaba.

Enzo parecía una estatua rota.

Y alrededor de ellos, los invitados tenían expresiones que jamás podrían olvidarse: labios abiertos en shock, manos cubriéndose la boca, ojos llenos de incredulidad, de rechazo, de ese juicio feroz que lastima más que cualquier golpe.

Las mujeres mayores intercambiaban miradas severas, las jóvenes se aferraban a los brazos de sus acompañantes, los hombres mascullaban comentarios que se mezclaban con sus respiraciones tensas.

Era un desastre. Un espectáculo del que nadie quería formar parte pero del que nadie podía apartar la mirada.

Los Portal fueron los primeros en reaccionar.

La familia entera se levantó con una sincronía que solo el orgullo herido puede coordinar.

Los hermanos, rígidos.

Los tíos, con miradas que ardían.

Y los padres... los padres tenían el tipo de expresión que se forma después de una traición que ya no admite defensa: una mezcla de vergüenza ajena y una furia que apenas se mantenía bajo control.

El padre de Amanda tomó a su esposa del brazo, firme, sin necesidad de hablar.

Ella asintió, con los labios apretados, como si estuviera conteniendo el deseo de gritar, de llorar, de destruir la escena que acababa de presenciar.

Los Portal salieron del salón con un porte digno, casi elegante, pero su paso urgente revelaba la gravedad del momento.

La humillación no se exhibía.

Se arrastraba con ellos.

Detrás, los Carrasco no sabían dónde esconder el rostro.

La madre de Enzo tenía las manos juntas contra el pecho, respirando rápido, como si estuviera a punto de desmayarse.

El padre intentaba mantener la compostura, pero el temblor en su mandíbula lo traicionaba.

Cada mirada que recibían era un golpe directo, un recordatorio de que todo lo que habían construido socialmente estaba—en ese exacto instante—desmoronándose.

Porque no era solo un escándalo.

Era un escándalo público.

Y lo público, una vez expuesto, ya no se borra.

Amanda se movió como un fantasma entre la multitud.

No miró a nadie.

No respondió a nadie.

Solo avanzó, siempre con la cabeza erguida, porque la última fuerza que le quedaba era la dignidad.

Pero dentro de ella... dentro de ella algo ya había empezado a quebrarse.

Sus padres la siguieron inmediatamente.

No podían dejarla sola.

Sabían que lo visto no era solo una traición romántica.

Era una traición de sangre.

De confianza.

De familia.

El pasillo hacia la planta superior parecía interminable.

Cada paso resonaba como un latido doloroso.

Cada respiración era una cuchillada.

Y cuando finalmente llegó a la habitación que le habían asignado para arreglarse antes de la ceremonia, cerró la puerta de un golpe.

Lo hizo sin pensar.

Lo hizo porque si la dejaba abierta... si la dejaba abierta, temía que su fortaleza se escapara por allí.

Se apoyó contra la puerta, y por primera vez desde que descubrió la verdad, no pudo sostenerse más.

Su cuerpo se deslizó lentamente hacia el suelo.

Y allí, en esa soledad que pesaba más que cualquier compañía, las lágrimas estallaron.

No las delicadas, no las silenciosas, no las dignas.

No.

Fueron lágrimas crudas, afiladas, que parecían arrancarle la piel desde dentro.

Lágrimas que no pedían permiso, que no buscaban consuelo, que no pertenecían a una mujer débil, sino a una mujer que había amado con una intensidad que ahora la destrozaba.

Se cubrió el rostro con las manos, intentando contener el llanto... pero era inútil.

El dolor era demasiado grande.

Demasiado hondo.

Demasiado injusto.

—¿Por qué...? —susurró, su voz rota, apenas audible.

Porque no entendía.

Porque no quería entender.

Porque había dado todo lo que tenía, todo lo que era, a alguien que había decidido traicionarla con la misma sangre que ella llamaba familia.

La traición de la pareja ya era terrible.

Pero la traición familiar...

Ese era un dolor que se clavaba en la médula.

Que te dejaba sin aire.

Sin brújula.

Sin hogar.

Y Amanda sintió exactamente eso:

Un vacío que le comía el pecho.

Una herida que no sabía si algún día cicatrizaría.

Un abandono que se sentía como una puñalada en el alma.

Afuera, escuchó la voz de su madre.

—Amanda, amor, ábrenos... por favor...

Pero Amanda no podía.

No podía enfrentarlos.

No podía ver en sus ojos la lástima, la decepción, la tristeza.

Porque ella no era la culpable...

pero aun así se sentía marcada.

Humillada.

Expuesta ante todos.

Golpeó el piso con la palma abierta, una, dos, tres veces, como si con eso pudiera expulsar la angustia.

Pero solo logró que el llanto creciera.

—¿Cómo pudieron hacerlo...? —sollozó entrecortada—. ¿Cómo...?

Su mente repetía imágenes como cuchillos:

Enzo diciéndole te amo,

su hermana sonriéndole con complicidad,

las promesas, los sueños, las madrugadas compartidas.

¿Y para qué?

Para que todo terminara así.

Para que la dejaran como una ingenua frente a todos.

Para que la engañaran en silencio mientras ella confiaba ciegamente.

No era solo el fin de una relación.

Era el fin de una etapa entera de su vida.

Un derrumbe emocional que no había pedido, que no había buscado, que no merecía.

Afuera, su padre hablaba con voz grave, contenida.

—Déjenla llorar.

Tiene derecho.

Y esas palabras, filtrándose por debajo de la puerta, hicieron que Amanda llorara aún más fuerte.

Porque sí.

Tenía derecho.

Tenía derecho a romperse.

Pero también dolía que su padre lo entendiera.

Dolía que su madre llorara junto a la puerta.

Dolía que la familia entera estuviera viviendo ese momento por culpa de dos personas que nunca pensaron en las consecuencias.

El amor traiciona.

La sangre traiciona peor.

En el suelo, con el vestido arrugado y el maquillaje corriendo, Amanda se abrazó a sí misma, como si eso pudiera mantenerla unida.

Como si de esa soledad naciera una nueva fuerza.

Como si al final del llanto pudiera volver a respirar.

La habitación quedó impregnada de su dolor.

Un dolor silencioso y devastador, que estremecía todo lo que tocaba.

Pero también era un dolor que marcaba un antes y un después.

Ese día, Amanda Portal aprendió la lección más cruel de su vida:

Que a veces, quienes más amas, son quienes te arrancan el corazón sin temblarles la mano.

Y allí, entre lágrimas, comprendió algo más. Que ese dolor, ese mismo dolor...sería el fuego que un día la transformaría. La habitación seguía sumida en un silencio que dolía en los huesos.

Un silencio espeso, casi material, que cargaba con cada lágrima que Amanda había derramado sobre el suelo frío. Su respiración era irregular, apenas sostenida por la delgada fuerza de voluntad que quedaba en ella. Había llorado hasta perder la noción del tiempo, hasta que sus pulmones ardían y la garganta era una herida viva.

Pero de pronto, en medio de ese vacío desgarrador, algo dentro de ella empezó a endurecerse.

Una semilla de determinación nace en lo más profundo de su pecho. No era fortaleza todavía.

Era rabia. Rabia limpia. Rabia justa. Rabia nacida del amor traicionado… y de la sangre corrompida.

Amanda apoyó las manos temblorosas en el suelo y, con un esfuerzo casi doloroso, se levantó.

Cada músculo protestó. Cada parte de su cuerpo parecía cargada con el peso de su propia desilusión. Pero aun así se puso de pie.

El vestido blanco, ese que debía haber sido símbolo de ilusión, de futuro, de sueños compartidos, colgaba pesado y ajeno sobre su cuerpo.

De pronto lo sintió sucio.

Contaminado.

Insoportable.

—Ya no… —murmuró, casi sin voz.

Sus dedos, agarrotados por el llanto, buscaron los broches del corsé.

Le costó. Le ardió. Pero siguió. Uno a uno, los botones cedieron.

La seda se abrió como una piel falsa que se desprende.

Los encajes cayeron. Y con cada pieza del vestido que tocaba el suelo, Amanda sentía que también caía un poco del dolor que la estaba ahogando.

Cuando quedó libre de la tela blanca, jadeó como si hubiera nadado hasta la superficie después de horas sin aire. Se miró en el espejo. Los ojos hinchados.

Las mejillas manchadas. El cabello revuelto por la desesperación.

Y aun así… una chispa oscura brillaba en su mirada.

La chispa de una mujer que ya no soportaría más mentiras.

Entonces, la puerta se abrió.

Carlos y Lucía entraron casi al mismo tiempo, con el alma hecha trizas.

El impacto los golpeó de inmediato.

Cuatro paredes impregnadas del olor a lágrimas, a maquillaje corrido, a un dolor tan reciente que casi podía escucharse. El lugar aún conservaba la fragancia floral del perfume de Amanda, mezclada cruelmente con el aroma salado de la angustia.

Sus padres se quedaron inmóviles.

Verla así…

Verla sin el vestido…

Verla rota…

Fue una de las peores escenas de sus vidas.

Lucía llevó una mano al pecho, sintiendo que el corazón se le partía.

Carlos apretó los labios, intentando contener la ira que hervía dentro de él.

No una ira hacia su hija, no hacia ellos mismos…

sino una ira feroz, peligrosa, hacia quienes la habían destruido.

—Amanda… —susurró Lucía con la voz quebrada.

Pero Amanda no respondió.

Se dirigió al armario con pasos firmes, respirando entrecortado pero decidido.

Sus manos temblorosas buscaron algo entre la ropa colgada.

Y entonces, al girarse, ambos padres dieron un paso atrás.

Amanda estaba vestida de negro.

Un negro absoluto.

Oscuro como una noche sin luna.

Elegante, pero devastador.

Un color que no celebraba nada.

Que no prometía nada.

Un color que simbolizaba exactamente lo que ella sentía:

Luto.

Luto por el amor que murió.

Luto por la confianza que le arrebataron.

Luto por la hermana que ya no existía en su corazón.

Carlos tragó saliva, conmovido ante la imagen de su hija transformándose en algo nuevo, algo herido pero indomable.

Lucía, en cambio, sintió que las lágrimas volvían a quemarle los ojos.

Amanda respiró hondo.

No para calmarse.

Sino para hablar.

—No quiero escuchar nada… —dijo con firmeza, sin levantar la voz, pero con un tono que heló la habitación—. Nada de lo que saldrá en París. Nada de lo que dirán los medios. Nada de lo que inventará la gente.

Lucía abrió los labios, quizá para intentar ofrecer consuelo, pero Amanda levantó una mano para detenerla.

—No puedo respirar el mismo aire que ellos —continuó—. Ni el de Elizabeth… ni el de Enzo.

Carlos sintió un pinchazo en el pecho.

Nunca la había visto hablar así.

Con tanto dolor.

Con tanta lucidez.

Amanda entrecerró los ojos.

La rabia volvía, pero esta vez envuelta en una calma peligrosa.

—Me da asco… —admitió, y su voz tembló, pero no perdió fuerza—. Me da asco pensar en ellos. En lo que hicieron. En cómo lo hicieron.

Lucía bajó la mirada, incapaz de soportar el sufrimiento de su hija.

Amanda respiró hondo otra vez.

Era un suspiro lleno de una dignidad rota pero no extinguida.

—Aun así… —sus labios se curvaron en una triste mueca— les deseo la mayor felicidad del mundo. Una felicidad que construyeron con mi confianza. Con mi lealtad. Con mi cariño.

Carlos cerró los ojos un instante.

Esa frase lo perforó.

Amanda no solo estaba herida.

Estaba decepcionada.

Vacía.

Despojada de toda inocencia.

Cuando los abrió, dio un paso hacia ella.

No para abrazarla… aún no.

Sabía que Amanda era como un cristal recién roto: un solo apretón podría convertirla en polvo.

—Amanda… —dijo despacio, con la voz grave de un padre que está a punto de tomar una decisión irrevocable—. Te escucho. Te veo. Y te entiendo.

Amanda levantó la mirada hacia él.

Carlos continuó:

—La decisión que tomes… será la decisión que yo respetaré. Lo que necesites. Lo que quieras.

Lo que te haga sentir capaz de respirar otra vez… lo apoyaré.

Amanda cerró los ojos un segundo, luchando contra un nuevo oleaje de lágrimas.

Pero esta vez no eran de dolor.

Eran de alivio.

Carlos avanzó un poco más.

—Si quieres estar lejos de aquí… —su voz bajó, convirtiéndose en una promesa— eres libre de hacerlo. Puedes irte hoy mismo si así lo deseas. Yo me encargaré del resto. No tendrás que verlos. No tendrás que escucharlos. No tendrás que soportar ni un solo comentario.

Lucía, con la voz temblando, añadió:

—Mi amor… tu paz vale más que cualquier ciudad, que cualquier apellido, que cualquier escándalo.

Amanda abrió los ojos, y sus padres vieron en ellos un dolor que parecía infinito… pero también una fuerza que recién empezaba a tomar forma.

—Sé que estás vulnerable —dijo Carlos—. Pero eso no te hace débil. Te hace humana. Te hace mi hija. Y te prometo… que no voy a permitir que esta traición te destruya.

Amanda dejó caer los hombros, como si esas palabras hubieran aflojado un nudo que llevaba horas tensando su cuerpo.

Lucía se acercó despacio, muy despacio, y esta vez Amanda no retrocedió.

La abrazó. Y Amanda hundió el rostro en su hombro.

El llanto volvió, pero ahora era diferente: más suave, más contenido, menos desesperado.

Era un llanto de despedida.

De cierre. Posteriormente una camioneta ya estaba esperando por ella, la Familia Portal se había retirado de manera inmediata, mientras que los Carrasco se llevaron a Elizabet con ellos, no hubo palabras mucho menos disculpas, la Familia Ferreiro al igual que los Portal se retiraron.

¿Qué pasará a partir de ahora con las renombradas familias Parisinas?

HORAS DESPUÉS

La noche había caído sobre Dubái como un manto de terciopelo oscuro y brillante, y en el horizonte, los rascacielos parecían lanzas iluminadas que perforaban el cielo.

Pero para Amanda Portal, esa belleza oriental no era bienvenida… era solo un escape.

Seis horas antes, había abordado el avión privado de la familia, escoltada por el silencio respetuoso de los pilotos y el vacío de un corazón recién roto. No habló durante todo el trayecto.

Solo miró por la ventanilla, dejando que las nubes pasaran como fragmentos de una vida que ya no le pertenecía.

A mitad del vuelo, su móvil vibró. Ella no tenía intención de revisarlo, pero la pantalla se encendió sola, reflejando un nombre que hizo que la sangre se le helara.

Enzo.

Amanda apretó los dientes. Los nudillos se le pusieron blancos.

El corazón, todavía sensible, dio un salto doloroso en su pecho.

La llamada insistió.

Insistió.

Insistió.

Amanda respiró hondo, como si contuviera un grito, y deslizó el dedo por la pantalla.

Desviar.

El silencio no tardó en romperse.

Un mensaje llegó, luego otro, luego otro más.

Amanda, por favor atiende…

No sabes cuánto lo siento…

Elizabeth no significa nada, fue un error, un capricho… un impulso…

Pero yo te amo a ti. Siempre te amé a ti.

Amanda sintió una punzada ácida en la garganta.

Capricho.

Impulso.

Error.

Así, con palabras sucias, quería lavar la traición que la había destrozado frente a decenas de personas.

Ella apagó el móvil.

Lo lanzó sobre el asiento contiguo como quien arroja algo contaminado.

Miró la ventana una vez más, como si el reflejo de la luna pudiera rescatarla.

Pero nada pudo.

Llegó a Dubái cerca de las nueve de la noche, cuando el calor empezaba a suavizarse y un viento tibio acariciaba la ciudad.

A pesar del dolor, del temblor en las manos, de ese vacío profundo que se extendía como una grieta en su pecho, Amanda caminó con la espalda recta.

Era Amanda Portal.

Y nadie le arrebataría ese nombre.

El chofer asignado por la familia la llevó hasta un rascacielos de vidrio oscuro en el corazón financiero de la ciudad.

Allí, en el piso cuarenta y tres, la esperaba un departamento reservado para visitas de alto nivel.

Minimalista.

Elegante.

Frío.

Ideal para alguien que no quería sentir.

Amanda recorrió el lugar sin realmente verlo.

Dejó su bolso.

Se arrojó agua en el rostro.

Se miró en el espejo.

Sus ojos seguían hinchados, pero ya no lloraban.

Las lágrimas se habían secado como un lago roto.

—No más —susurró.

Se quitó la ropa del viaje, abrió una de las maletas que Carlos ordenó preparar y buscó algo, cualquier cosa, que no la hiciera sentir una novia abandonada ni una hija traicionada.

Entonces lo encontró.

Un vestido rojo.

Rojo intenso.

Rojo como una herida recién abierta.

Rojo como un grito.

Lo tomó sin pensarlo.

Era atrevido, demasiado elegante para una noche cualquiera, con un corte profundo en la espalda y una caída que abrazaba la figura como una caricia peligrosa.

Mientras se lo colocaba, notó algo extraño:

Se veía fuerte.

Cruel.

Nueva.

El color la transformaba.

Soltó su cabello, dejando que las ondas cayeran sobre sus hombros.

Se pintó los labios de un rouge oscuro.

No para seducir.

Sino para recordarse que todavía existía.

Al bajar al lobby, los empleados del edificio la miraron con respeto y cierta fascinación.

No sabían quién era, pero sabían que no era común.

Fuera, Dubái la recibió con su mezcla de lujo y misterio.

Autos de alta gama, luces que parecían flotar en el aire, música de clubes privados que vibraba desde calles ocultas.

Amanda respiró hondo.

Quería dejar de pensar.

Quería ahogar el dolor.

Quería desaparecer por unas horas.

Pidió un taxi y dio una dirección sin decir palabra.

The Scarlet Mirage.

Uno de los bares más exclusivos de la ciudad.

Y el más discreto.

Cuando entró, el mundo pareció detenerse un segundo.

Luces bajas.

Paredes cubiertas por espejos oscuros.

Un aroma a madera, whisky y perfume caro.

Sombras que se movían como secretos.

Amanda caminó hacia la barra con pasos lentos, la mirada perdida pero feroz.

Se sentó en un taburete alto y apoyó los codos sobre la superficie de mármol negro.

—Whisky —dijo sin emoción—. Uno fuerte.

El bartender, impresionado por la intensidad de sus ojos, obedeció sin preguntar.

El primer trago quemó.

Ardió como si quisiera limpiar el dolor desde adentro.

Pero no bastó.

Pidió otro.

Y otro.

Botella tras botella, copa tras copa, mientras la música envolvía el ambiente como un susurro tentador.

La gente la miraba.

Observaban su vestido rojo, su aura de devastación y poder, la sombra de tristeza en su mirada.

Algunos hombres pensaron en acercarse, pero algo en ella —algo frío, algo peligroso— los detuvo.

Amanda solo bebía.

Solo bajaba la mirada.

Solo dejaba que el alcohol adormeciera una parte de su alma.

Pero no estaba sola.

Desde un rincón elevado, casi oculto entre sombras y reflejos, un par de ojos intensos la observaba.

No solo observaban.

Estudiaban.

Analizaban.

Adivinaban el temblor bajo su piel.

Eran ojos que no pertenecían a un hombre común.

Unos ojos que estaban acostumbrados a ver el mundo doblegarse.

Ojos que nunca contemplaban… a menos que algo —o alguien— captara su atención como un fuego inesperado.

Amanda no lo sabía.

No podía sospecharlo.

Pero cada movimiento suyo, cada gesto, cada sorbo, cada exhalación…

estaba siendo registrada por una mirada que era tan afilada como un arma.

Una mirada peligrosa.

Una mirada que rara vez se posaba en alguien.

Una mirada que podía cambiar destinos.

Amanda apoyó la frente sobre su mano, cerrando los ojos un segundo.

El alcohol subía.

El corazón dolía.

El mundo parecía girar lentamente.

Y desde la oscuridad, esa presencia siguió observándola con una calma casi felina.

Ella no levantó la vista.

No advirtió el riesgo.

No vio cómo la figura se inclinó hacia delante, interesado.

No escuchó el roce casi inaudible de un anillo contra el cristal del vaso que aquella sombra sostenía.

Pero sintió algo.

Un escalofrío leve.

Una vibración extraña.

Una sensación en la nuca que la obligó a enderezarse… como si algo o alguien estuviera tocando su destino con la punta de los dedos.

Abrió los ojos.

Miró su copa.

Miró el espejo detrás de la barra.

Nada.

Nadie.

Pero el aire había cambiado.

—Otra —susurró al bartender, aunque sabía que ya debía detenerse.

La copa llegó.

Amanda la tomó entre sus manos, pero esta vez no bebió de inmediato.

Miró su reflejo en el cristal oscuro.

Los ojos rojos por el llanto, el maquillaje ligeramente corrido, el vestido abrazando su piel con una insolencia que ella misma no se reconocía.

Y entonces lo sintió otra vez:

Esa mirada.

Ese peso silencioso.

Esa presencia.

Un par de ojos intensos, ocultos en la penumbra, que la seguían observando como si ya la hubieran reclamado incluso antes de conocer su nombre.

Amanda no levantó la vista.

No giró la cabeza.

No buscó a la sombra que la vigilaba. Pero allí estaba Jared Davenport.

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