La mañana en Dubái amaneció con un sol inmisericorde, pero en la suite del piso 78 del Burj Al Sarah reinaba un silencio glacial, quebrado solo por el sonido del reloj marcando los segundos.
Jared Davenport no dormía más de cuatro horas.
Esa mañana había dormido tres.
Se encontraba de pie frente a la ventana, con la camisa desabrochada en los primeros botones, la mirada clavada en el horizonte como si estudiara las líneas que formaban la ciudad.
Y en su mano derecha sostenía un dossier negro co