La noche se desplegaba sobre París como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de luces que titilaban con arrogancia. Desde lo alto de su pent-house, Jared Davenport contemplaba la ciudad con una quietud engañosa. Sus ojos azules, fríos como el invierno que rozaba los ventanales, estaban fijos en la silueta luminosa de la Torre Eiffel, que se alzaba majestuosa, indiferente al caos interior del hombre que la observaba.
La copa de cristal descansaba en su mano, el licor ámbar reflejando destell