La madrugada se disolvía lentamente sobre París, pero en el Pent-house Davenport el tiempo parecía haberse detenido.
Las pantallas seguían encendidas, mapas marcados, líneas rojas cruzando países, nombres que aparecían y desaparecían sin ofrecer respuestas. Ninguna coordenada llevaba a Amanda. Ninguna pista se transformaba en certeza. Cada informe concluía con la misma palabra que empezaba a volverse insoportable: nada.
Jared permanecía de pie, inmóvil, con la mirada fija en la ciudad que des