La madrugada se disolvía lentamente sobre París, pero en el Pent-house Davenport el tiempo parecía haberse detenido.
Las pantallas seguían encendidas, mapas marcados, líneas rojas cruzando países, nombres que aparecían y desaparecían sin ofrecer respuestas. Ninguna coordenada llevaba a Amanda. Ninguna pista se transformaba en certeza. Cada informe concluía con la misma palabra que empezaba a volverse insoportable: nada.
Jared permanecía de pie, inmóvil, con la mirada fija en la ciudad que despertaba ajena a su tormento. París seguía viva, elegante, indiferente… mientras su mundo se desmoronaba en silencio.
—Señor… —Sebastián dudó—. Por ahora no hay avances.
Jared no respondió.
No había gritos. No había golpes. Solo una quietud peligrosa, esa que precede a la tormenta. Asintió una sola vez, dando por terminada la conversación, y abandonó la sala sin mirar atrás.
Subió las escaleras con pasos lentos, pesados, como si cada peldaño lo llevara más profundo a un lugar del que no querí